Sara y Luis avanzaban por el ocaso de una rutinaria
celebración de sentimientos, y se percibía en sus rostros una significante confrontación de distintas percepciones. Iban caminando con la duda que les dejaba la sensación del comportamiento llevado a cabo, de la escasa atención prestada hacia el otro en determinado momento de la noche, y la falta de ingenio mostrada en la solución de la situación
a la que los había conducido la mala comunicación, la terquedad en los
planteamientos, las miradas sin respuesta, las sonrisas sin brillo ni alegría.
Su paso por el camino, aunque firme y tenso, marcaba el desánimo, que hacía vislumbrar un estado de alteración en las verdaderas emociones que sentían recíprocamente. Obligados por la cercanía, la unión a la que estaban sometidos, alojaba con certeza una distancia difícil; o cuanto menos, reticente para
intentar suprimirla.
El enojo era manifiesto. La intranquilidad
se mantenía, aún cuando el transcurso del paso del tiempo la disipaba levemente, y según disminuía la tensión en la que estaban sumidos, se hacía más
patente la moderación del pensamiento.
La reflexión se fue haciendo hueco entre las olas de
la turbulencia y otros parámetros de los que hasta ese momento no se pusieron en cuestión, entraron en escena con sutileza y elegancia, borrando hábilmente la nube de tristeza que ambos habían alimentado.
Era una noche clara, iluminada por la luna grande y
redonda, acompañada por la belleza de incontables estrellas de una fresca y
vecina madrugada, donde la contemplación invitaba a una pausa, sin ser aprovechada por los contendientes de criterio respecto a una situación banal e intrascendente; y sin embargo, transformada en notable discrepancia por
diferentes puntos de vista. El sol escondido tras la montaña esperaba impaciente el asalto diurno de los
colores.
Se rozaban sin querer, o queriendo; pero no
se encontraban satisfechos con los acontecimientos que habían sucedido. En ningún
momento reflejaban alegría, debido a la confusión que albergaba el interior de
ambos, exteriorizado con un leve resquemor hacia el otro.
La exigua luz de la senda por la que
entregaban sus reflexiones al desconcierto, que los tenía inmersos en una
hipótesis desconcertante; daba un aspecto lúgubre, como el sombrío y escaso análisis de los
juicios expuestos, que circulaban por vías de la escasa empatía mostrada.
Unas farolas isabelinas acogieron con agrado, el
acompañamiento al que se veían obligadas por la irrupción pacífica y testimonial, que ejercía la pareja en la intersección entre el camino que dejaban atrás con la
avenida y calle principal, que servía de unión a los cercanos núcleos urbanos de
la comarca.
En el cielo estrellado dominaban a sus
anchas los diminutos luceros, numerosos y resplandecientes en el manto oscuro
de la noche, donde la luna presidía su efímera estancia en el trono de los
astros.
Rodeados por las sombras, que hábilmente se
desplazaban sin inquietar la placidez del silencio, se percibían al instante, los deseos reales que se interpretaban en aquellos corazones heridos, pues nada había que no pudiera superar la situación.
En la penumbra se captaba cualquier variación
en el razonamiento, descubriéndose la intensa necesidad de la presencia de una
caricia. Expresando con el tacto un deseo, ofreciendo con la mirada comprensión y el corazón libre de agravios, con un pensamiento tenaz y definitorio, insinuando la reconciliación.
El deseo de una, era la ambición del otro.
La satisfacción de uno, era la pretensión de
la otra.
Un abrazo querido, que redujera la lejanía
manifiesta de los sentidos, que habían estado subordinados al imperio de la
confusión y a la falsedad de la desconfianza.
Preciosa arboleda majestuosa, que resaltaban
unos troncos hercúleos, para soportar la gran cantidad de ramificaciones de unas hojas siempre dispuestas para cualquier aviso del viento
interpretando la partitura dispuesta en cada movimiento. La brisa acompasaba una melodía sutil, nada perturbadora de la
quietud en la que se encontraba el follaje. Brotaba un resquicio de alentadora
moderación, surcando los recovecos y laberintos que formaba la hojarasca, intentando alcanzar el
paraje donde se mezclan los colores, la savia, la intención, la fantasía y la
quimera, para engendrar los sueños.
Sueños despedazados por las garras de la
incomprensión, descompuestos por la intolerancia, desordenados por el equívoco
de la actitud y escondidos por la mano de la apatía.
Se oía el suspiro de las flores. El
acompasado aliento de los pétalos embargaba las emociones caprichosas y
contradictorias que deambulaban sin consentimiento de la lógica establecida por
la pasión. Aroma embriagador de los lamentos, que las rosas se encargaban de
arrastrar hasta donde ardían las suspicacias, malentendidos y demás congéneres
de la desidia.
En la bóveda de los afectos quebrantados
reposaban también unas lágrimas que surcaron la delicada piel de la dama,
abrumada por tanta incoherencia y desfachatez.
El agua se desparramaba con arrogancia al
verse recompensada con la gratitud de la tierra. Esperando a los primeros destellos de luz estaba el rocío,
desplazándose lentamente, tan sinuoso en su movimiento que el aire no advirtió su presencia.
Aún con los ánimos relajados, el
discernimiento se mostraba esquivo, haciéndose de rogar para conceder la
absolución. Todavía deseaba recrearse en la maraña de las conjeturas, dándole
ocasión a la cobardía, a regodearse en el fango de la torpeza, cabalgando a
galope, contrarrestando la fuerza del raciocinio.
Una tímida sonrisa era disimulada en el
rostro masculino, escondiendo una intención de conformidad con la postura hasta
el momento mostrada por la fémina. Había una predisposición hacia el
reconocimiento de la pasividad mostrada.
Al atravesar el ajardinado paseo, una fuente
de dos caños ofrecía el agua que manaba turbando el místico sosiego del cambio de
poderes que iba a crear la entrada de la alborada, apoyándose lentamente sobre
las torres y murallas que coronaban la explanada.
Con un cruce de miradas, se habilitó la primera
conexión de entendimiento, que de por sí misma, no era suficiente todavía para
la manifestación de la palabra, afligida por la congoja del ingenio, humillado
y vilipendiado por tan insensata demostración de recursos. Sin embargo, el
letargo en que se vio postrada la voluntad se hallaba inquieto, impidiendo a ésta
un reposo absoluto.
Acercándose a los caños de la fuente, y tras
beber agua, refrescando los labios y la garganta para estimularlos hasta el
momento en que actuara la voz, la chica se dirigió hacia el conjunto de bancos,
todos ellos solitarios y deseosos de proporcionar el asiento,
reposo, serenidad y el cobijo de los troncos que circundaban el castillo. Tras ella siguieron los
pasos del hombre, que sopesando teorías, aún no se atrevía a poner en práctica
alguna de ellas, dejándolo todo al devenir de postreros acontecimientos.
El entorno idílico del paraje resurgió de
entre el crepúsculo, que poco a poco irradiaba lucidez en los propósitos de
ambos. Con el propósito para afrontar el arreglo del menosprecio causado, tratando de
dejar claro que fue sin la mínima intención de que pasara lo que sucedió, el
chico se aproximó hasta tocar con el cuerpo al de la joven. Ésta sintió el contacto
como un inicio esperanzador, mas su enfado siguió siendo evidente, por lo que evidenció todavía alguna reticencia a la apertura de un acercamiento sentimental,
dejando la iniciativa a su pareja, que fue quien alentó la discordia.
La claridad iba borrando la noche al igual
que el escepticismo afrontaba el paso hacia la expectativa de una favorable
comunicación, auspiciada por la inmediatez de la proximidad. La frialdad del
alba penetró en los cuerpos impulsándolos a juntarse y aguardando la acción del
primer pronunciamiento que él estaba a punto de realizar.
Apoyando el brazo sobre el hombro de ella,
la atrajo hacia sí notando la relajación de los músculos que se entregaron
solícitos a su voluntad. Sara entendió la circunstancia, inclinando la cabeza
sobre el pecho de Luis, escuchando los latidos del corazón, que estimuló la
conciencia pidiéndole perdón y ofreciéndole todo su cariño.
Ya se asomó el día rozando las crestas de
las grandes arboledas, que al contacto de la luz se encumbraron de alegría. Los
ojos volvieron a mirarse complacientemente, colmados de colores. Se cruzaron las
sonrisas entusiasmadas por volver a jugar. Los gestos se hicieron tiernos, desterrando la tensión y las manos mimaron los cabellos pretendiendo no
turbarlos. Sin encontrar motivos para pronunciar una sola palabra, el silencio
aconsejó sellar los labios con un beso sincero y prolongado para olvidar la
desavenencia, guardada en el cajón de las divergencias.
Cuando el tren hizo su aparición en la estación, la noche adormecía a sus pasajeros al lento ritmo del traqueteo metálico del convoy. El suave deslizamiento en las vías del gran reptil inquebrantable, hizo rechinar las entrañas según los frenos presionaban con energía las articulaciones rodantes que se desplazaban sobre las guías que encima del terreno reposabantendidas. . Los pocos viajeros que a esa hora esperaban el inicio de su travesía, o aquellos que con impaciencia deseaban la venida del ser querido o estimado, ya mostraban sus movimientos respectivos en función de las expectativas relacionadas con el viaje que en ese momento invadía el espacio. Las maletas, bolsos, mochilas, eran levantados en vilo superando el esfuerzo que su peso ocasionaba en algunos casos con mas firmeza de lo que pudiera parecer por la magnitud de la valija. Miradas ocasionales a cada paso de vagones encadenados, lentamente aparcando su gran maquinaria junto al anden, se cruzaban los rostros ocultando los sentidos y faltos de expresión, dirigían los pasos hacia los accesos de subida a los coches, la mayoría en sus puestos centrales. Pocos viajeros se apearon, haciendo la entrada en el tren a los que esperaban a subir, mas fácil y con mayor agilidad que en un horario mas concurrido. Algunos sueños seguían dormidos, otros lo hacían despiertos, en pie; apoyados los brazos sobre las ventanas del pasillo interior, inhalando el humo de un cigarrillo sujeto entre finos dedos de manos alargadas. Lorena observaba plácidamente cómo se abrían puertas, se subían por las escalerillas y en voz baja, casi inaudible; para no acuchillar la calma que la oscuridad consiguió robar al sol; entre besos y abrazos se despedían los que allí quedaban y poco a poco veía cómo se vaciaba el anden, mientras se alejaban los destinados en esa parada y se acomodaban los nuevos viajantes. Un joven alto, de pelo corto y bien parecido, con vestimenta vaquera, dentro ya del compartimento, colocaba una gran mochila verde con insignias y emblemas de estilo militar, sobre el estante que vacío, servía para tal fin, mientras que en el lado opuesto del departamento en el estante inferior se hallaba un bolso de viaje de mediana capacidad, esperando compañía. Las últimas palabras audibles en la noche se fueron diluyendo con la fresca tiniebla que escondía la noche, siendo sustituidas por el sonido de los pasos que el jefe de estación, que con parsimonia y observando ambos lados del anden, hacía sonar el silbato que anunciaba a pasajeros, y con mayor intención al maquinista conductor de la gran caravana rodante, de su inminente salida; cuya prontitud vino determinada con el aumento del bocinazo proporcionado por el tren, al tiempo que con la habitual templanza en sus movimientos, las ruedas empezaron a rodar, trasladando la maquinaria fuera de la estación como si nunca fuese a volver, casi llorando. . Juan, ya estaba acomodado junto a la ventana y con un cigarro entre los dedos, llenando el habitáculo del humo desvanecido, cuando la puerta se desplazó lentamente, entrando Lorena y dirigiéndose al joven le deseó buenas noches. Aunque la capacidad que otorgaban los ocho asientos en el compartimentos era amplia para dos personas, ella eligió sentarse también cerca de la ventana, enfrente del chico, pero a un lado. - ¿Que tal el viaje, hasta donde vas?. Le preguntó él. . - Bien, el viaje hasta ahora ha sido muy tranquilo; nadie ha ocupado ningún asiento y he estado sola. Voy a Madrid, ¿y tu?. - También voy hasta Madrid. A casa de permiso. Le contestó Juan, mientras cruzaba las piernas, mostrándole la punta de las botas camperas que calzaba bajo sus vaqueros. Le ofreció un cigarro del paquete que tenía sobre la repisa, y Lorena pese a haber consumido pocos minutos antes uno, aceptó de buen grado y sonriendo le dio las gracias. El encendido del mechero, hizo que instintivamente ella abrigara la llama tocando la mano de él y electrizando su cuerpo, que como corriente de alta tensión explosionó en las puntas dactilares de pies y manos, sonrojándose el rostro. La llama dio luz a sentidos que naturales afloraron, sin cohibirse ante la timidez, el rubor declarado en la expresión de la mirada, la sonrisa escondida del corazón. Aunque la banalidad de la conversación rastreó por todos los caminos predecibles para hacer ameno el conocimiento de gustos y simpatías de la otra persona, no hubo espacio para los obligados silencios de incertidumbre entre diferentes temas de la charla que mantenían; muy al contrario, ésta se desarrolló con bromas y sonrisas desde el primer momento, como si mas que un encuentro fortuito, fuese un reencuentro pactado con antelación, únicamente para mirarse a los ojos. El diálogo entretenido que mantenían, hizo pasar las estaciones junto al tiempo, sin apenas apercibirse de la presencia de ellos. El silencio y la quietud rondaban por el pasillo. La tenue luz del habitáculo y las cortinas tapando la cristalera, cobijaban la intimidad. Los gestos se hicieron dulces, las miradas serenas, las sonrisas se convirtieron en besos golosos, y el tacto cortejó ambos cuerpos, hasta hacerlos partícipes del común sentimiento amoroso. La luz solar quebrantó los resquicios que obstaculizaban la visión, coloreando impunemente la desnudez de las figuras que al despertar enlazadas, motivó de nuevo los sentidos, prolongando la sensibilidad placentera del deseo. Clareando los sueños estaba la realidad, dispuesta e intentando aclarar las ideas puestas en juego, preguntando por el posible futuro ilusorio, planteando las dudas surgidas de las caricias, resolviendo inquietudes que los abrazos dejaron. Entre ríos de asfalto se entrecruzaban los raíles que encauzaban el acercamiento al mar de cemento y hormigón moldeado, edificado; testificando la llegada a Madrid, dispuesta a acoger entre sus brazos, cualquier iniciativa en común que surgiera de ese romance. El destino se había conjurado de tal manera que aún tenía algo mas que decir para ambos. El bolso sobre el asiento, junto a la mochila que también esperaba y anunciaba la inevitable bajada del tren. - Adiós. Por favor, espera aquí hasta que me aleje y no me veas. Dijo Lorena mientras besaba los labios de Juan. Últimos abrazos, besos sabrosos, tiernas caricias. . Pocas palabras, ningún intercambio, una triste sonrisa. Se vislumbró en Juan una última mirada de resignación, aceptando la situación, y acompañando la salida de ella del compartimento, dirigiéndose hacia la escalerilla que la haría abandonar el tren. Asomado a la ventanilla del pasillo, Juan contemplaba los pasos de Lorena por el anden. La vio detenerse al lado de un hombre que junto a un niño, se unieron los tres entre abrazos mientras se besaban.
Sigo jugando con las posibilidades y combinaciones que me dan las letras en su libre albedrío para alternarse y juntarse a la hora de decidirse a contarnos cualquier concepto, idea, argumento o conjunción de planteamientos, favorecedores todos ellos de una clara exposición de hechos o circunstancias que durante el discurrir del tiempo nos causan pensamientos para poder expresarnos. Y me entusiasma, me complace y también me facilita la vida, porque la fuerza de la expresión es un valor tan poderoso que me gratifica y satisface de tal manera que me hace sentir las palabras como algo propio y necesarias para mi existencia, (ésto es una obviedad, son propias y necesarias para todos; es como si dijera: las inventé y me pertenecen). En realidad, las letras y palabras forman un galimatías tremendo sin control, todas perdidas entre ramales lobulares del entramado neuronal, pero la forma de distribuirlas es una concepción personal y meritoria que requiere una exposición de tal magnitud que puedan ser leídas con una determinada coherencia y coordinación. Adcjnteqsmo lku ñeqwn, gtramñli, ¿verdad? que la califú de contumeña es tal, Pascual. Está claro que no es pretensión mia el otorgarme ningún derecho ni declaración que me conceda algún merecimiento con mi escritura, pues si yo mismo no me la atribuyo, no lo voy a exigir a los demás; hasta el punto que ni a cuento viene el párrafo que aquí acaba, con éste de abajo, el chiquitín. Para escribir, al igual que en todas las facetas de la vida, como en la creación de cualquier forma o estilo de expresión, ya sea del tipo que fuere; se requiere preparación, estudios y sobre todo inspiración para poder desarrollar cualquier cosa digna de ser exteriorizada por el intelecto. Me conformo con lo que escribo y con lo que expreso. Claro que quiero más, la ambición escrituril está latente, pero sin muestras interiores de notoriedad, pues si tal ocasión se produjera y quisiera llevar a cabo, me tendría que esforzar en tal medida que rompería o variaría mi karma. Y no lo deseo. Mi karma es mio y no lo cambio por ningún otro. El karma que nos administra las variaciones emocionales de la conciencia, ésta que nos lleva a dormir con todas nuestras acciones diarias, con la certeza de haberlas acometido con la mejor intención posible y carentes de malicia, habiendo resultado a disposición de la coyuntura que se hubiese dado en cada momento. El que nos hace soñar con un mundo mejor, y con el cariño de los que nos rodean. El karma es una palabra para expresar el estado sensorial determinado por nuestras acciones; eso es, una palabra que engloba y determina nuestras sensaciones. Pero no tiene mayor trascendencia, solo se trata de una palabra; ni más ni menos. Podría haber utilizado otra que diera a entender lo mismo sin la facilidad de comprensión a como lo ha hecho ésta. Es tan conocida y usada, que solo su escritura da significado a todo un párrafo por muy extenso que sea, aún sin aclarar el concepto. Expresa las mismas sensaciones que cuando te despiertas del sueño y no tienes nada detrás que te haga recordar lo que debes enmendar, porque ya soñaste con la conciencia limpia y tranquila. Y no vas a dejar nada sin resolver, algo que te inquiete no haber realizado. Aunque siempre habrá un beso que te reproche el no haberlo dado y el abrazo que no diste, se te echará encima apretandote el corazón hasta hacerlo llorar.
Hallé múltiples caminos por los que transitar, cuando los pasos me llevaron a descubrir, todo aquello que el pensamiento reclamaba. Las inquietudes, preguntas y certezas, agitaron las dudas que hacían retener escondida la voluntad.
El viento sopló planeando sobre verdes terrenos escarchados, brillantes por el resplandor del rocío. Algunas tierras formadas por superficies escarpadas, alternaron con paisajes de planicies luminosas, cubiertas por laboriosos campos de labranza. La brisa siguió el itinerario marcado por ríos serpenteantes de aguas bravas, y sinuosos arroyos de mansa corriente también.
Crucé por la dehesa, vadeando largas cañadas cubiertas de sol, rozando el encinar, el ganado entre alcornoques, dulce llanura coloreada por la jara.
Anduve hasta verdes praderas junto a lomas arbóreas, durmiendo al raso con grandes rebaños de estrellas.
Busqué distintas rutas ideadas por la ilusión, fantaseando con la aventura, y acatando la aplastante versión de la realidad, que hacía de la travesía, una apuesta por recorrer. Encontré vivencias por donde la imaginación pudiera interpretar la historia que escribiera mi proceder, recogiendo enseñanzas de cada detalle que una nueva alborada mostraba, y llenando el zurrón de diversas flores que adornaron la ruta. No todos los pasos que di, por la linde siguieron, mas los que llegaron encauzados, no sin desbordamientos previos de incertidumbre y confusión lo hicieron, alterando así la dirección del itinerario, ocasionando el giro de rumbo que la razón recomendaba. Mi orientación cambió como los vientos, danzando entre copas de altos abetos y sobre los perfiles de distintos arbustos, vislumbrando paisajes despejados y coloridos, como los nublados y grises tambien. Fui dejando vivencias fortuitas, que la casualidad convirtió en rutinas entrañables y sentimientos difíciles de ignorar. De igual manera, aparecieron emociones distintas en complejas circunstancias que hicieron mella en la compresión de los afectos establecidos. Mas no por lejanas en el tiempo las he de echar en el olvido. Y ahora, a mi recuerdo asoman, enredados entre caricias, aquellos besos que nunca di, al sortear los senderos que nunca pude pisar; quebrados, partidos y llenos de dolor, por la discutible elección del albedrío; lloran desconsolados por tal desprecio, pidiéndome cuentas. Sí, lo recuerdo. Unas miradas. Unos gestos, unas sonrisas, unas palabras cariñosas, un abrazo, y una ilusión. Recuerdo una mano tendida y una canción. Quizás la añoranza del tiempo que antaño pasó, en nada supere a aquél que no logró traspasar las barreras para que sucedieran las circunstancias que pudieron ser, de otra manera.
Se acerca la mañana. Escondiéndose va la tiniebla. La mirada de la noche enciende los astros y resurge el color en tu sonrisa. Que dentro de tu ilusión vagan mis anhelos, iluminados por la llama del cariño, escrito debe estar en algún lugar de mi conciencia, aun cuando todo se me nubla y el susurro de tu cercanía, se me hace eco con la distancia que nos separa. Qué próxima está la mañana. Quiere ocultarse la luna. En el horizonte aparecen tus ojos, empapados por el rocío y brotan las flores en mi corazón, que alocadas se entremezclan por el gusto de verse entre tus brazos, arropadas ante la fría alborada que poco a poco, despierta del pequeño letargo en el que lo sumió el atardecer con tus caricias. Va apareciendo la mañana. En tus manos anidó la luna. Adormecida por una leve caricia sobre la piel y el susurro de la voz que la envuelven, sin apenas darse cuenta. Gran cantidad de placer recorre mis sentidos, solo con escuchar el sigilo de tus pasos, se agranda la dicha en mi amor, explayándose por el raciocinio que dando saltos, se libera de las cadenas arrastradas por la duda. Pausadamente germina la mañana. Con tus sueños marchará la luna. Envuelta en un manto con matices de alegría, somnolienta, después de protegerla con dulzura en la mirada, y esperando la llegada de la luz, que lentamente se esparce por la comisura de tus labios, sin apenas inquietar el apacible descanso en el camino, que llevará con gozo, al retiro entre tonalidades de brillo. Asoma cautelosa la mañana. Reposa dulcemente la luna. Se augura una esplendida irrupción de tonos entre los destellos luminosos, que irrumpen generosamente a través del desorden, ocasionado por la maravillosa armonía de tus gestos, envolviendo cariñosamente a las pequeñas porciones de cielo, que ha bajado a recibir la puesta de largo del universo. Acaricia la mañana a los almendros. Adormecida está la luna. Aunque no puede sustraerse a la gran representación que ofrecen tus ojos, entre las finas ramas de cabello, que sin saberlo adornan la silueta de la belleza, cortejando al azahar en el recibimiento que se le tributa al lucero legendario, que celoso de tu amor, ilumina mi vida.
En tus brazos se acuna la esperanza junto a un aliento vuela mi ilusión dichosa y alegre por ésta canción compondrán los sentidos una danza Cada rosa con un beso me alcanza quiero recoger en mi corazón sacio el alma con placer y pasión cada día quererte es mi confianza Fuera espinas clavadas, en la ausencia se disuelve la sospecha que nace pena que se aleja con tu presencia Mi amor compartir contigo complace estar juntos y amarnos es la esencia de la vida que a tu lado renace.