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miércoles, 17 de junio de 2020

MIRANDO A LOS VENCEJOS

                 
           https://codigoespagueti.com/noticias/ciencia/aparece-estremecedor-arco-iris-horizontal/

                                                     


Hoy me he levantado con ganas, con más brío y estímulo emocional.
Aun sin saber lo que estoy dispuesto a hacer, y teniendo un reducido abanico de posibilidades, estoy decidido a emplearme en algo que me satisfaga, que me haga sentir bien; por supuesto, superando el ánimo que arrastro lapidariamente con mi pensamiento, que en ocasiones me hunde en el fango de la incertidumbre y la apatía.
Mientras me visto, pienso en si voy a teclear sobre el escritorio del ordenador, lo que se me ocurra de ésta situación que vivimos, llegando a la conclusión más lógica de iniciar dicha idea cuanto antes, mejor.
Veremos lo que sale.
Llevamos una semana en estado de alerta decretado por el gobierno, para intentar ponerle freno al contagio masivo de un virus, que viene de China.
Después de lo que pasó allí, nadie pensaba que nos íbamos a tragar la misma mierda. No hicieron lo adecuado para evitarlo. Y así, y aquí, estamos. De los nervios.
Confinados en casa y con los desplazamientos restringidos salvo, para entre otros, el aprovisionamiento de alimentos y medicinas.
Algo impensable, con el sistema actual en el que nos desenvolvemos como sociedad de tan avanzada civilización.
Bueno, por pensar, se puede hacer sobre cualquier cosa que sea posible, y será posible porque ocurra en mayor o menor medida y frecuencia. De ahí, que solo imaginemos a partir de algo ya existente.
Estoy flipando. Veo la televisión, siendo la pandemia ocasionada por el puto bicho, el único tema de debate, opinión y centro de toda atención informativa. Abro internet en cualquier portal de información o red social, con el mismo panorama que en la televisión, al igual que en la radio.
Mi comprensión sobre esta trama va en aumento, ayudado por los comentarios y conversaciones que mis padres, hacen al respecto; pues ahora, claramente mi interés se desarrolla y es capaz de causar en mí un pensamiento más racional, sin llegar a darle la relevancia que seguro tiene.
Antes del confinamiento, todo lo que tenía relación con el coronavirus, era causa de cachondeo con mis amigos, (lo sigue siendo por redes al comunicarnos) o un asunto casi sin importancia en mi familia, barajando hipótesis y conspiraciones de ciencia ficción.
Estamos enclaustrados mis padres y yo; único hijo de la unidad familiar, que formamos "un plano con tres puntos" de apoyo mutuo...
Las mates y el dibujo técnico, que me salen por las orejas.
Ana, mi madre; se ha traído el trabajo a casa, por vía telemática y está más relajada, al no tener que andar de arriba a abajo con las movidas del coche. Es cojonuda, relativiza cada situación de la vida de tal manera, que ante un determinado problema, nos lleva a tener una visión reflexiva, relajada, positiva. Y claro, de esta pandemia también tiene un discurso, con el que nos convence, dirigiéndonos hacia la calma necesaria que requiere el confinamiento.
Pedro se llama mi padre, y el encierro le ha pillado de baja por enfermedad. Él ya tiene muchos kilómetros hechos en espacios reducidos y agobiantes, como es la cabecera del tren de metro que conduce, o las salas de espera y consultas médicas, habitaciones de hospital; de tiempo encamado también, por las adversidades que le han llevado a pasar así, circunstancias de su vida.
Ambos conforman sus caracteres sobre bases que facilitan nuestra convivencia, sobre todo ahora que estamos encerrados.
Mi padre no es muy hablador, pero como suele decir: -"Si debo meter la gamba en las conversaciones, saco el cazo y reparto".
Tiene unas reflexiones curiosas para argumentar hipótesis del futuro mas cercano que nos va a dejar después del virus.
Cree que la pandemia ha sido un movimiento encabezado por un poder en la sombra, ese que maquina y dirige todo lo que se menea en un nivel superior. Y tiene como único fin, la creación de una revolución industrial.
Me lo explicó así, después de comer, tomando un café junto a mi madre: 
- El mundo necesita parar Javi. - Dijo tras dar un sorbo de café.
- ¿Para qué? - Le pregunté.
- Hay que reconducir el modelo de producción basado en el petróleo; y también influir sobre el pensamiento del individuo, así como el de la sociedad en su conjunto; e introducir las nuevas tecnologías ecológicas que rompan la tendencia a la que nos lleva el cambio climático. La única manera de involucrar a todos, es metiéndonos en casa por el miedo al virus.
Han creado una alarma social mundial que tiene daños colaterales, pero que el tanto por ciento al que afecta es mínimo y menos dañino socialmente. Ésta gripe hace mella de distinta manera a personas asintomáticas, con leves cuadros médicos, y a mayores, que con patologías previas, por estadística son los que más fallecen.
- Pero papá, ¿cómo va a ser tan retorcida la movida?
- Date cuenta de que nos han encerrado, y han movilizado a todo el planeta sobre un objetivo común; nadie pregunta, todos acatamos silenciosamente y con el temor de vernos infectados, siendo lo más importante y crucial, el que los gobiernos se lo han tragado con más  o menos resistencia, pero han pasado por el aro. Y ésto va para largo, si no tiempo al tiempo.
Mi madre, escuchaba como si oyera caer la lluvia, supongo que, porque sería la duodécima vez que oía tal cantinela.
- Pero, si ya está demostrado que el virus no tiene su origen en un laboratorio. - Replicó ella.
- Eso es una bola que forma parte de todo el pastel. - Siguió mi padre, tras morder un trozo de chocolate.
- El petróleo tiene los días contados, y cambiar toda la infraestructura de la sociedad basada en él, con el consiguiente caos que puede provocar, si no aceptamos esa situación, creo que pudiera tener consecuencias nefastas para el planeta. - Dijo entre otras cosas, que intercalaba tras alguna pulla que mi madre o yo mismo le metíamos, para sacarle sentido a sus palabras.
El caso es que no he escuchado ni leído muchas teorías de conspiración, aparte claro, de aquellos que quieren romper el sistema democrático culpando a los gobiernos de los fallecimientos ocasionados por el virus.
La racionalidad de mi madre, me conduce por sus pensamientos críticos, pero, dentro de una lógica normal en concordancia con el sentido común.
Mi edad y formación, no me dan aún para postularme sobre una idea tan elaborada como la de mi padre, menos aún, contando con el asesoramiento de mi madre, que me quita los pájaros de la cabeza solo con un gesto.
Estoy terminando el bachillerato, y aunque mis notas son buenas (diría que excelentes, modestia aparte) no me considero aún con criterio suficiente como para dar por cierto, algo de lo que no tengo ni idea.
Entramos en la cuarta semana de confinamiento con una rutina a la que nos hemos acomodado, resultando fácil de llevar por la sintonía que mostramos en nuestra forma de relacionarnos, salvo los piques clásicos que ocasionan las discrepancias y roces de la convivencia, aumentados por no poder salir. Nada que no se pueda solucionar.
El silencio que inunda la plaza que es aledaña a nuestro piso, solo se rompe cuando el vuelo de los vencejos muestra su presencia con los chillidos breves y agudos que emiten cuando se juntan, formando un numeroso grupo que parecen jugar alegremente unos detrás de otros.
También es característica la ausencia del jolgorio infantil con la algarabía de sus juegos, las voces gritonas de las correrías persecutorias, la disputa de un balón sin control, de los cánticos  saltarines y acompasados de cualquier juego. Ni siquiera es común oír el llanto de algún bebé pidiendo atención, algo que recibo con una sonrisa cuando lo escucho, o la conversación de un niño pequeño con su madre al salir a la terraza a merendar, haciendo normal lo que ahora es excepcional.
Se ha instalado la costumbre de aplaudir en balcones y terrazas de las viviendas a las ocho de la tarde, para reconocer y apoyar el esfuerzo de los sanitarios, así como aquellos que por su actividad, están al frente del operativo ayudando a la ciudadanía. También sirve de ejercicio liberador de sensaciones y tensión a tanto sentimiento, producido por esta situación que se está cobrando un gran número de vidas, principalmente entre los mayores de 60 años.
Aflora una sensación de vulnerabilidad en la sociedad, que nos hace tomar una actitud responsable y solidaria, concienciando a todos de la importancia de aislarnos quedándonos en casa, evitando los contactos personales, junto a medidas higiénicas, de cuya principal medida es el lavado de manos con la asiduidad que la ocasión lo requiera. Las mascarillas de protección de nariz y boca se han convertido en indispensables y necesarias para evitar los contagios, que junto a la distancia de separación entre personas para movernos en la calle, en el transporte público, son medidas eficaces y necesarias.
Hoy es sábado, de no sé, de no sé cuántos. Menudo rollo de fechas. Si no miro el calendario, no llego a saber ni cómo me llamo.
He estado hablando con Isa. La frase de "nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes", me viene a huevo para expresar mi sentimiento hacia ella. Claro que no la he perdido, pero la separación y la falta de contacto personal, nos está cambiando la sintonía de nuestra relación.
La música ha cambiado de compás y vamos de un concierto al principio del confinamiento, a una sesión unplugged en éstos últimos días. Bueno, tal vez me he pasado y quizás, el concierto es una banda tocando en una plaza de un pueblo en fiestas.
Me está dando mal rollo, e incluso me estoy imaginando que por medio de las transmisiones de comunicación, algún listo se puede estar montando alguna película para levantarme de la silla y sacarme del plano que Isabel rueda conmigo.
La verdad es que no tenemos querencias imposibles de romper, porque eso se nota en la barriga y no tengo hormigueos que me hagan pensar que es el amor de mi vida, pero sí me enrolla mucho estar con ella.
Me propuse escribir con más regularidad, sobre todo aquello que nos iba pasando, pero "entre pitos y flautas" (como dice mi padre) ni me acordaba que tenía ésta hoja aquí, abierta entre otras gilipolleces que me ha dado por hacer.
Y parece que fue ayer, o hace un momento; pero no, llevamos enclaustrados ya dos meses. Y sigo escribiendo como si alguien fuera a leer mis "memorias", cuando seguro que ni yo mismo voy a hacerlo, que lo mismo me da un rebote y lo borro. Que puede pasar.
Y parece que todo sigue igual, por el largo tiempo de confinamiento relativizando la espera, del momento que no llega viendo pasar el tiempo.
Y parece que las letras con las que relato esta vivencia, no han derramado ninguna lágrima, y los sentimientos de rabia e impotencia parecen diluidos entre éstas palabras inocuas y vacías.
Y todo parece lo que verdaderamente no es, pues los corazones rotos por el dolor y la desesperación, no lo puedo mostrar aquí por mucho que intente hacerlo. 
La cuarentena está siendo muy dura.
Llevamos nueve días siguiendo los protocolos, debido a la infección del virus en mi padre, que mostró los síntomas con fiebre y tos. Le hicieron un seguimiento en casa, pero empeoró su estado y tuvieron que ingresarlo en el hospital.
El tiempo pasa muy lentamente y cada día es una losa que intentamos levantar con más esfuerzo, y no me veo capaz de animar el espíritu de mi madre, que vaga como un fantasma arrastrando unas cadenas difíciles de soltar.
No sé qué hacer. No puedo ayudarla, no tiene consuelo. Mis abrazos no bastan para recoger el sufrimiento que desprende entre sollozos.
Las noticias que nos llegan del hospital, cada vez son mejores.
Crece nuestra esperanza y mi madre...
Vamos a formar otro plano. Hoy viene mi padre a casa.

  
 



 

lunes, 23 de octubre de 2017

CRÓNICAS DESAPRENSIVAS. La primera.

  
              Alfred Sisley. Boote bei Bougival. wikimedia.org 
                            

                                 
Cierro la puerta. Pulso el interruptor de la luz.
Y aparece mi más cruda realidad. Atrás, queda una de tantas fantasías por las que transcurren los pasos dubitativos que doy a lo largo del día.
Solo recuerdo el último momento que fue testigo de otra pérdida de la dignidad, que se me supone tengo.
No sé si el alcohol ha conseguido distorsionar mis percepciones de tal manera, que me hace dudar de lo que creo ha sucedido, lo cuál, me hunde cada vez más en la podredumbre intelectual por las que han pasado mis actuaciones sociales al cabo del tiempo.
Voy por el pasillo dando bandazos y golpeándome con ambas paredes que delimitan el distribuidor de las distintas habitaciones que conforman la vivienda. Retrocedo, aturdido y averiguando con dificultad la puerta que me conduce hasta la cocina. La luz blanca se expande atacando los ojos e incrustándose como cuchillos en el interior de mis pupilas, haciendo que los cierre con rapidez y con un movimiento rápido los cubro con una mano.
Seguro que es la espesa sensación empalagosa y pegajosa de la boca, la que hace de la lengua una tira de tasajo, y busco agua en la boca del grifo del fregadero. Meto la cabeza en su oquedad, saciando mi sed y empapándome la cabeza, levanto ésta resbalándome el agua por el cuello, mojándome el pecho y la espalda.
Siento alivio al comprobar que aún puedo mantener el equilibrio y no caigo como un trapo sucio sobre el suelo, empapado por el agua que desborda mi pelo. Apoyo una mano en la mesa, que alimenta el impulso que tomo para salir de aquél habitáculo semejante a una inhóspita sala quirúrgica con las herramientas de corte preparadas para actuar en materia específica para ellas, amparadas bajo la blanca luz celestial camino del matadero.
No tengo decidido si apalancarme en el sofá del salón televisivo, o tirarme en la cama mientras expando el aliento allí por donde paso. Tropiezo torpemente y caigo por tiempos, intentando evitar un mayor trompazo, apoyo las rodillas de milagro, sobre la gastada moqueta que cubre el suelo, evitando milagrosamente darme con la puerta del dormitorio al estar ésta entreabierta y desplazarla ligeramente por la inercia de la caída.
Me daño la muñeca de la mano izquierda, no por evitar golpearme la cabeza, como así ha sucedido; sino por la mala postura que adquiere el brazo debajo del cuerpo que aplasta con su peso junto al costado. Estoy tendido un leve espacio de tiempo y recupero la posición de la mano hasta posicionarla a la altura de la cabeza y compruebo su movimiento normal, aunque con un pequeño dolor emito un soplido de alivio al no habérmela roto.
Con gran dificultad consigo levantarme. Miro la oscuridad del fondo del dormitorio, con la cama en penumbra por la escasa luz que le llega del punto de luz del pasillo, y decido dar la vuelta hacia el salón, sin ganas de acabar la velada tumbado como un guiñapo babeando en la cama.
Enciendo la luz. Recojo el mando de la televisión y le doy vida a la pantalla que refleja los colores en el fondo del espejo colgado de la pared opuesta. Voy hacia el mueble donde guardo las botellas de bebidas alcohólicas junto a algunos vasos. Me sirvo una copa.
La deposito en la mesa tras beber un trago estimulante del expectante gaznate ávido de sabores apreciados. El sofá me acoge con un impacto brusco al tirarme sin cuidado sobre él. Miro hacia la televisión sin interés alguno sobre lo que emite y seguidamente pasan por mi mente escenas inconexas e incompletas de algunos hechos sucedidos durante las horas anteriores.
Constato sin dudas ni lamentos, la mierda de vida que llevo.
Cambio sin reparo ni orden los canales de programación hasta dar con uno deportivo. Lo dejo y continúo bebiendo enumerando algunas de las películas tan raras que tengo que montarme para poder subsistir.
Empieza a atormentarme la idea de que todo lo ocurrido hace unos instantes sea cierto. Aunque insisto en convencerme para conservar la esperanza de que mi imaginación esté jugándome una mala pasada.
Pero en realidad, me estoy intentando engañar sin conseguirlo, a pesar de que mi lucidez esté trastocada por los efluvios alcohólicos. 
Sé que esta noche marcará mi futuro y debo recordar qué y cómo pasó, para saber a qué atenerme.
Llego pensando y tras muchas vueltas hasta el momento en el que coincidimos. Dentro del mismo edificio en el que ambos vivimos. Ella estaba esperando el ascensor; guapísima, sensual y atractiva. Cerrábamos las fiestas de la que cada uno habíamos disfrutado.
La habitual conversación auspiciada por la desinhibición del vacile y descaro que a esas horas propician la excitación y alegría de una noche de desparrame, alientan el roce, los tocamientos, y de una manera natural y deseada, la pasión.
Lo uno lleva a lo otro y entre pitos y flautas, ya en su piso, no sé si antes o después de una penetración, ni en qué cuerpo se produjo, me ví entre las manos un rabo como la manga de un abrigo.
Por las sensaciones que siento donde termina la espalda, me temo lo peor. O quizá no fue tan malo.
No recuerdo mas detalles. O no los quiero rememorar.
¿Ahora, soy homosexual o bisexual?
Joder, no tengo remedio. Me meto, o me meten, en todos los berenjenales. 
Visto desde la perspectiva del consuelo, otra puerta se abre. Vamos; que ya se ha abierto.


    



domingo, 30 de abril de 2017

OTRA VEZ


                             Miquel Barceló. Ramo  inclinado.
                                    www.banrepcultural.org



                                 


Miraba fijamente la pantalla del ordenador. Números abundantes en columnas verticales, aparecían y desaparecían con la velocidad impronta del desplazamiento del cursor sobre los cuadros de ejecución del programa. En un determinado momento, alguno de ellos llamó especialmente su atención y clickeando sobre el mando de control, detuvo la caída libre de aquéllos, que en cascada se arrojaban sobre la base del luminoso cristal. Aumentó el tamaño de la zona donde esperaba el guarismo que había sido avistado.
Acercó el rostro para comprobar si la parada efectuada era acertada, tras observar determinada cifra. Cotejando con miradas a un documento que sobre el escritorio y junto al teclado estaba​, se cercioró de que los datos corroboraban la acción ejecutada, y apareció en su rostro un leve gesto de satisfacción por haber dado con el enigma que con paciencia supina, buscaba.
Realizó un apunte sobre el papel, también lleno de números y varias anotaciones más; reclinándose después en el sillón que lo acogió como amigo entre sus brazos.
Se relajó.
Miró el horario que marcaba la pantalla de la computadora.
Vio que le restaban unos minutos para la llegada del momento en el que terminaba su jornada laboral. Una vez desprendida la tensión ocasionada por la actividad de esa tarde, comenzó a divagar sobre cuestiones diarias sencillas y superficiales, como la charla mantenida por teléfono con Sara, su mujer; la comida de mediodía junto a otro compañero de trabajo, o en la sencilla manera de explicar cualquier asunto por el que era preguntado Pedro, el recepcionista de la empresa, un bufete de abogados.
El tiempo delimitaba espacios y eventualidades capaces de sortear peculiaridades de situaciones a los que de una manera u otra no se esperaban ni imaginaban.
Isabel, se encontraba en el despacho de recursos humanos de una empresa situada unas plantas más arriba en la misma torre de oficinas, y cuya actividad se dedicaba a la importación y exportación de productos manufacturados. Su entrevista para optar a un puesto de administración, acababa de finalizar y estaba entregando los documentos que le habían solicitado, para así completar las condiciones que le exigían. 
Salió con la misma sensación que hasta ese día, le habían ocasionado otras más por las que después de mantener casi el mismo tipo de entrevista, le comunicaban el consabido, "ya le avisaremos si decidimos contar con sus servicios".
Harta de oír siempre la misma cantinela, salió de dicha empresa con un ánimo indiferente y sin ilusiones de verse elegida para ese puesto.
Esperó en el pasillo, frente a las puertas de los ascensores, la llegada de alguno de ellos.
Centrado de nuevo en su estado secuencial de tiempo, Álex inició las oportunas y rutinarias tareas para dejar la oficina en condiciones para el trabajo del dia siguiente, con vistas a la inmediata salida de su puesto de trabajo.
Tras saludar a Pedro, se dirigió a la zona de ascensores para abandonar el edificio.
La primera persona que se encontró de frente al entrar en la caja metálica era una mujer, causándole tal impresión su visión, que le sobresaltó el corazón, alterando el ritmo cardíaco.
No podía ser, pero su parecido era mayúsculo con alguien que ya había pasado por una etapa de su vida, muy lejana en el tiempo, aún cuando nunca abandonó su recuerdo y sentimientos hacia ella. Se posicionó cerca, inundando el sentido olfativo de la agradable fragancia que esa mujer desprendía, pensando mil cábalas, mientras pasaban por los distintos pisos donde iban entrando más personas.
La cuestión de plantearle una pregunta sobre su identidad, pasó por la cabeza, pero ante una respuesta negativa sopesó la inconveniencia de la situación desechando cualquier iniciativa.
Isabel, al ver entrar a Álex en el ascensor, no pudo por menos que sorprenderse, reaccionando con una primera impresión que paralizó todo sentido que en ese momento hacía en ella ser consciente de ante quien se encontraba.
El ascensor paró en la planta baja, donde estaba​ la salida del edificio. Isabel abandonó el ascensor, con un pensamiento dubitativo martilleando una decisión; girarse y afrontar lo que deparase el destino del que estaba segura, sería posiblemente, inquietante; por las consecuencias que podría ocasionar en las vidas de los dos. También sopesaba seguir hacia la salida y no dejar que el azar influyera en el futuro.
Llegó al sótano el ascensor, al salir los que aún quedaban en él, se dirigieron a por sus coches que estaban aparcados en el garaje.
Ya en ruta, en la gran avenida con dirección a su casa, Álex no dejaba de pensar en Isabel. Sabía con total seguridad, que se trataba de ella. Aparcó el coche lo más rápido que pudo y salió corriendo en busca de esa mujer que creía ser el gran amor adolescente que perdió por un cúmulo de equivocadas circunstancias.
Al salir del edificio, y una vez en la calle, sintió el buen ambiente que la tarde otorgaba, tanto climatológico como social, dado el gran número de personas que recorrían la avenida.
Isabel, se sintió decepcionada por la elección que tomó al dejar pasar la oportunidad de volver a sentir su presencia. Caminó pensativa, rememorando los años de juventud donde Álex, significó tanto en su percepción del amor y la vida en común.
Entró en el coche que tenía aparcado en una calle adyacente a la avenida, sin dejar de pensar en lo que pudo haber sido y no fue, años en los que sintieron que nunca se les acabaría la vida, en los que cada momento era una esperanza, una ilusión, un destello de luz, donde no podía caber más amor; y sin embargo, la distancia olvidó, formó diferentes costumbres y ambientes sociales en ambos y acabó desembocando tristemente en el pozo apático de la indiferencia, donde la luz y brillo se apagaron ocultos por la indolencia.
Con lágrimas resbalando por su cara, abandonó aquella zona donde no pensaba volver jamás, en dirección a casa, donde esperaban Sandro su pareja, con el hijo de ambos.
Desesperado, y fuera de sí; la rabia se apoderó de la lógica normalidad en su comportamiento, y gritando el nombre de Isabel, no paraba de adentrarse en distintas calles y mirar en todas direcciones, buscando aunque solo fuera el olor de su fragancia.

   
  

viernes, 24 de marzo de 2017

RONDA DE ROSAS

                   Murcia, Plaza Circular. https://blog.ledbox.es  


                                   

Sin saber a ciencia cierta lo que le puede deparar el próximo instante, contempla plácidamente desde la terraza de la cafetería, el devenir cotidiano del momento.
Sentado en una postura informal, relajada, rozando la impostura, echado sobre la silla como si se hubiese precipitado desde una altura considerable y tomado esa forma alargada al caer tras quedar inmovilizado como pose de alguna ilustración fotográfica. Casi recostado sobre la horma de un cuerpo esbelto, musculoso, pero refinado en las lineas marcadoras del perfil corporal, define su silueta.
Entre los dedos un cigarrillo a medio consumir y humeante, la pierna izquierda cruzada sobre la otra, con una sonrisa pícara en los labios y los ojos, entornados por el peso de los párpados. Encima de la mesa junto a la silla que ocupa, una copa de ginebra con tónica, y a su lado una pequeña caja de las utilizadas para obsequiar con joyas, bisutería o cualquier presente que se estime oportuno en el momento y persona a quien vaya dirigido. 
El tiempo no se detiene, pese al empeño que muestra Andrés porque así sea. Su estado emocional relativiza las percepciones, adquiriendo sensaciones placenteras, mas allá de cualquier reflexión ecuánime con un pensamiento determinado y coherente. 
Se deja llevar junto a la brisa.
El murmullo de voces que son desplazadas junto a aquellos que las emiten, entonan un acompasado compás en sus oídos, musicando la sensibilidad receptora de cualquier sonido.
Transcurre la tarde a mayor velocidad de la deseada al comprobar con cierta inquietud, cómo la franja horaria desde que se sentó en aquella silla de la terraza del bar, ha variado irremediablemente sin percatarse de que la hora que espera su llegada, se acerca a él sin pausa ni motivo que la detenga.
Recompone la postura tomada sobre el asiento que ocupa, bebe de la copa y saca otro cigarro de la cajetilla que coge del bolsillo de la cazadora que lleva puesta, junto a un mechero tipo zippo. Enciende el pitillo y exhala una bocanada de humo, transmitiendo el cambio de actitud ante la mostrada anteriormente al mirar el reloj.
Ya no es el ser despreocupado por los acontecimientos, ahora; se prepara para protagonizarlos.
Al cambiar la interpretación, con ella lo hacen las apreciaciones que del lugar y personas que cubren su entorno de ese instante. Es consciente de la marea de gente que pulula en ambos sentidos de la amplia acera que también es ocupada por él. Las voces que se oyen, se convierten en indescifrables sonidos guturales sin compás ni melodía.
La atención encuentra los sentidos dispuestos a adquirir otro tipo de sensaciones.
Está decidido a afrontar lo que con tanto empeño persigue, sin haber sido capaz de dar el paso decisivo; hasta el momento en que se dijo: - De hoy no pasa. 
Siendo ya el tercer día en el que se vuelve a repetir dicha frase, al haber fracasado anteriormente en dos ocasiones. Convenciéndose ingenuamente con la célebre acepción de: "A la tercera, va la vencida". 
Tal vez la ingesta de alcohol le ayuda en afianzar la decisión tomada. Seguramente aumenta su autoestima y valor para facilitar la dicción en el establecimiento del diálogo a emplear, e incluso puede que fije su seguridad en los sentimientos que le arrastran a plantear una postura determinante de la que espera salir airoso y con la certidumbre de que todo lo pensado se reproducirá con la fijación y voluntad deseada.
Sin duda, valora como positiva la bebida de alguna que otra copa; afianzando la decisión tomada, sin posibilidad de retornar en el argumento de la idea inicial.
Mientras tanto, sortea amargamente el sol la mirada, dibujando sombras amenazadoras con perfiles de aristas escabrosas de un pesaroso atardecer , que ante el ocaso de la luminosidad en un horizonte de hormigón, los edificios aparecen delineando una figura quebradiza en el fondo del barrio; se perciben también con notoria sensación, los rápidos desplazamientos de la gente, que acaso están llenos de intranquilidad por llegar a un destino en el que hay esperando impaciente el deseo de una ilusión, o la inquietud de una duda, puede que de una explicación ansiosa por saber hasta qué punto es cierta la sospecha; también la confianza de ser acogido con afecto, cariño, amor presuroso del encuentro y ser recibido entre unos brazos poseedores de la tranquilidad en la que uno se siente protegido.
Ya sea por ver terminada la jornada agobiante y cansina también, donde el hartazgo supura lleno de rabia por tanta incomprensión en los distintos ámbitos laborales que se ven pisoteados por el abuso y el poder.
La querencia que tanto espera a lo largo del día, una sonrisa amable llena de besos conciliadores. 
Gente que a esas horas se mueve en todos los sentidos que bordean la plaza; allí se abren las calles que circundan tan concurrida glorieta. 
Las sombras se van alargando en el parque situado en el centro de aquella agradable zona central ocupada por un coqueto jardín con un bello parterre custodiado por una arboleda en la que unas palmeras, cubriendo las alturas de otros frondosos compañeros de planta, figuran como majestuosas reinas de un pequeño oasis del asfalto.
Acompañan al bello jardín unos coquetos bancos de madera, ocupados por gente variada en su edad, vestimenta y animosidad ante las representaciones que se ejecutan con más o menos énfasis.
Unos niños, alborotan los silencios de algunas personas en su paciente estancia; mientras alegran las sonrisas de las madres en las conversaciones que mantienen en sus corros de reunión, ajenas al estrépito que causan los automóviles en su circulación alrededor de la plaza.
María, junto a una compañera de trabajo, llega hasta una de las intersecciones con la plaza, provenientes de la calle donde esta el edificio de oficinas en el que trabajan ambas chicas. Su amiga, tras despedirse de María con dos besos, toma un autobús y ésta continua hacia la ronda central cruzando un paso de cebra. Se adentra en el parque por medio de un camino, donde las farolas isabelinas ya han dado su punto de luz artificial para ir acompañando la huida de los rayos solares, ocupando su lugar poco a poco, hasta que les llegue el momento de quedarse a solas cubriendo junto a las estrellas toda ilusión o sueño que aflora entre dulces pensamientos.
Andrés está situado junto a una farola cerca del parque donde los niños, poco a poco van abandonando los juegos, cogiendo las manos de sus madres o en grupo intentando alargar la algarabía que mantenían en la arena o en algún elemento del conjunto de diversas atracciones para jugar que tiene la zona del parque.
Lleva la pequeña caja en las manos, y Andrés duda al aumentar su nerviosismo cuando ve acercarse a María.
Continúa junto a la farola, y ella pasa a su lado mirándole de soslayo con una leve sonrisa.
Tras dejar unos pasos de distancia, comienza el avance de Andrés, con la gran incertidumbre que atenaza sus movimientos y causándole una ansiedad que le hace ver otra derrota de sus intenciones.
Pero de pronto ve los ojos de María que con un giro de cabeza, le mira y disminuyendo la velocidad de sus pasos, va esperando que llegue Andrés a su altura; pues éste, una vez realizada la operación de avistamiento entre las miradas llenas de deseo y esperanza, con pasos rápidos y seguros, se coloca junto a la chica saludándola.
- Hola, me llamo Andrés y tu?
- Soy María, yo te conozco. Eres el mensajero que vas donde trabajo a llevar correspondencia.
- Si, así es. También me había fijado ya en tí, cuando voy por allí. Lo que pasa es que como voy tan rápido y con prisa, no me da tiempo a hablar con nadie.
- Ya, supongo que tendrás mucho trabajo que repartir en poco tiempo. Le respondió María.
Andrés le contó cómo sabía el camino que tomaba después de salir del trabajo y cómo había decidido esperarla allí para poder hablar con ella e invitarla a tomar un refresco o una copa, según su gusto.
Tras mantener una amena y simpática conversación, decidieron entrar en una cafetería para seguir hablando y conociéndose.
Después de tomarse la confianza como para sentirse relajados, Andrés le ofreció la caja que llevaba en las manos.
A lo que María, visiblemente emocionada al abrirla, comenzó a sonreír dándole las gracias por tan bonito detalle.
Andrés al ver iluminada la cara de la chica para redondear la entrega del regalo le dijo:
- Son los pétalos que desprendías y he ido recogiendo por donde ibas, cada vez que me acercaba a ti y no me atrevía a entregártelas, hasta hoy. 

 

martes, 20 de septiembre de 2016

AL OTRO LADO.

                                         
     Huéscar, casas cueva. Archivo "Huéscar en el recuerdo", pagina de facebok.                                      




Aún alumbraba la luna el viejo camino. Techado por la infinita pléyade estelar de astros brillantes; y libre del continuo paso de animales, personas transitando tanto a pie como a lomo de sus mulas, borricos y algunos que otros carros, con el fruto del trabajo realizado o material para ejecutarlo, así como también de carretas vacías. 
Vía principal de comunicación para entrar o salir de tan singular núcleo poblacional, donde las principales viviendas eran cuevas.
Situado casi al final de la pendiente del cerro, cerca de la unión de las vaguadas, que guiaban en tiempos de lluvia un río; convertido en riachuelo con agua estancada, mientras la tierra seca dividía en porciones, el serpenteante discurrir de la convergencia de aguas venidas de las tierras altas.
Empezaba la jornada para aquellos que, principalmente, debían sacar y llevar a los animales hacia las zonas de vegetación para su alimentación. 
Ya se oía el trasiego en los corrales, el movimiento de las ovejas y cabras con el característico campanilleo, alertando de la inminente puesta en marcha hacia los pastos.
Sobre la polea del pozo se desplazaba la cuerda, que sujetando la cubeta metálica, sacaba el agua para consumo y aseo de Juanillo, que se encargaba de llevar al rebaño hacia el lugar donde se encontraba la pastura.
También se hallaba con la cabeza gacha y comiendo los restos de la noche anterior, junto al recipiente del agua, Sultán; el perro guía del rebaño. Un pastor alemán que con tanta diligencia y empeño dirigía a los animales, manteniendo los márgenes que Juanillo le marcaba.
A pesar del diminutivo de su nombre, Juanillo ya era un hombre maduro, tanto como para no tener que ser identificado como un chiquillo, al nombrarle en cualquier conversación en la que alguien no le conociera.
Vivía sólo en la cueva que daba al camino, junto al pequeño barranco que desembocaba en el río.
La vereda de acceso a la cueva la limitaban un corral y un pequeño huerto con dos almendros, protegidos ambos por setos de espino.
El huerto lindaba con un espacio cerca de la cueva, donde había un poyete junto al pozo, y otro pequeño corral, con aperos y lugar de residencia de Cascote, una vieja tortuga que tenía Juanillo desde su infancia. En el lado opuesto del poyete, se encontraba la puerta de entrada a la cueva. 
Aquél lugar, estaba definido por la cavidad en el interior del cerro, donde toda la elevación del terreno estaba horadado, conformando un entramado de ramificaciones  en las cuales vivían familias pobres y una notable población de etnia gitana.
Dicho asentamiento del pueblo, los mantenía alejados de la posibilidad de ocupar viviendas dignas, dada su condicion monetaria y marginal. 
Aun con las dificultades obvias de la falta de servicios elementales para una convivencia plena, las cuevas según su amplitud, constaban de las básicas estancias para la habitabilidad mínima y confortable, según las necesidades familiares, que no siempre se adecuaban a las exigencias de ocupación.
Con una temperatura estable, hacía del verano un lugar ideal para huir del calor y en invierno, el sitio adecuado para protegerse del frío, junto a la chimenea que la mayoría de ellas poseían.
El ganado estaba en distintas cuevas acondicionadas para esa circunstancia y por regla general, eran compartidas entre varios propietarios o encargados de su custodia, y según el número de animales del rebaño, hacía posible guardarlas en sitios con mas capacidad que las utilizadas para viviendas.
Se dirigía Juanillo junto al perro, camino a la nave donde tenía encerrado el rebaño que cuidaba; cuando subiendo por la carretera hacia las primeras viviendas que delimitaban la urbe, se encontró con "el torero", un gitano que por su afición a las corridas de toros y otras características que le definían, le habían puesto ese apodo.
Eran muy conocidos, pues la amistad se desperdigaba muy fácilmente en según qué situaciones, y ellos no tenían la complicidad exigible a una relación amistosa, más sí el continuo contacto, que hacía compartir la vida en común, al ser desde pequeños parte del mismo hábitat. Juande, que así se llamaba el gitano, se dirigía a postularse entre los comerciantes que tomaban parte de los puestos que se montaban en el mercado. Participaba en el trabajo que se requería en aquél singular teatro, semanalmente representado.
El mercado se formaba en una plazoleta y calles adyacentes del pueblo, al que venía gente de toda la comarca a comprar y vender productos de la zona.
Se despidieron en la plaza, pues la nave del ganado que Juanillo debía transportar estaba situada en la carretera opuesta con destino al suroeste y de allí debía subirlo cerca de las primeras lomas que iniciaba la sierra que parapetaba el flanco de aquella parte del pueblo.
Cuando llegó a la era, junto a la nave que guardaba las ovejas, Julia ya las tenía fuera, esperando su llegada. La mujer habitaba una casa junto a la nave que había compartido con su marido, ya fallecido; y se encargaba de las labores que en el eral debían hacerse, las propias del cereal y demás temas relacionados con la vida en el campo.
Vivía sola Julia, pues sus hijos ya emancipados, hacían uso de sus vidas con las familias propias en otros lugares del pueblo y fuera de él; disponiendo aquella de una vida libre de ataduras y obligaciones que no tuvieran que ver con sus normales quehaceres diarios. Lo cuál la llevaba a disponer de una predisposición a entregarse, sexualmente hablando, a Juanillo cuando así lo convinieran ambos.
Le tenía preparado el atillo con la comida y una bota de vino, que agradecido, éste recogía con una sonrisa de complicidad y que tras mantener una pequeña conversación sobre los planes diarios sobre el lugar donde llevaría al ganado se despedían deseándose buen día.
En el mercado que ya estaba levantando sus puestos, el ambiente se iba animando y dando el colorido clásico por cada producto en venta; tenderetes, personal variopinto, los animales que transportaban pequeñas cargas, los vehículos que traían a todo tipo de personas y mercancías. El pueblo empezaba a bullir con la puesta en escena tan singular instalada en sus calles y plazas, haciendo salir a la gente a romper rutinas y monótonas actitudes, convirtiendo los encuentros en felices momentos, para empatizar aun mas y establecer vínculos que incluso en distintas circunstancias no se daban.
Juande ya estaba manos a la obra, dado el conocimiento que tenía con la mayoría de comerciantes, no tenía problemas a la hora de emplearse en distintos puestos, para según qué ocupación se le requería. Además de un buen jornal para llevar a la familia, también conseguía distintas prebendas en especie que valoraban su trabajo y simpatía con los empleadores.
La mañana pasaba según los cánones rutinarios establecidos, donde los encuentros en bares y establecimientos contiguos o cercanos al mercado, otorgaba una gran sensación festiva y alegre, aún cuando las relaciones mayoritariamente eran comerciales, la bulla creada mostraba la plenitud de las acciones por las que Juande el torero, se levantaba todas las mañanas para buscarse la vida en las distintas oportunidades que se le ofrecían, ya fuera allí en el mercado, o en distintos puestos que el ayuntamiento se encargaba de ofrecer algunos días a los menos favorecidos. 
Según avanzaba el día, un soleado mes primaveral que otorgaba un colorido distinto, que los diferentes visitantes de la comarca, de los cortijos y de la propia población local, que cambiaban o añadían a su vestimenta alguna prenda o accesorio, que diferenciara la común puesta en escena diaria, dando a entender que el día de mercado podría ser comparado al domingo sin misa, donde el horario matinal era el empleado en el aumento de la socialización de relaciones, que con tan buen empeño se empleaba todo aquél que rondaba los bares o comercios aledaños al lugar donde se centraba toda aquella actividad y bullicio.
Mientras, Juanillo mantenía conversaciones ficticias con el ganado o le hacía diferentes apuestas a Sultán, proponiéndole algunas operaciones de aptitud con los animales en custodia, cosa que el perro tenía bien aprendido y ganaba las afrentas con gran facilidad. 
No participaba del desarrollo comercial que en el pueblo se mantenía, pues su actividad le alejaba de cualquier acontecimiento que tuviese lugar cuando se dedicaba a cuidar de los animales. Su plácida convivencia con los animales le hacía mantener hábitos de entretenimiento y conocimiento de la flora y fauna por los distintos sitios donde se movía, llevando documentación sobre las materias que le interesaban para la recolección de hierbas y hongos que después vendía entre sus vecinos y conocidos, adquiriendo la fama de clásico curandero, aunque sin llegar a proponerse tal posición respecto a sus congéneres.
La tarde caminaba al ritmo que marcaban los pasos del ganado dirigido por Sultán, bajando de los cerros donde ya habían dado cuenta de la hierba capaz de alimentar sus estómagos, y por donde los riachuelos y manantiales habían servido para saciar a la vez su sed.
Una vez hecha la despedida de Julia, tras pasar un rato de charla y encerrado el ganado, Juanillo pasó a tomar un vaso de vino al bar donde tenía por costumbre hacerlo.
Allí se encontraba el torero, gitano de alto porte y simpatía, que nada más ver entrar al pastor, fue hacia él con la alegría natural de quien ve por primera vez después de mucho tiempo a un hermano, pues el respeto que se profesaban hacía que la dignidad de su trato confiriera la cordialidad que mostraban al verse.
Tomaron el vino juntos contándose las vicisitudes que principalmente había protagonizado el gitano durante su jornada fructífera, dados los beneficios adquiridos y que con tanta ilusión llevaba a la cueva para darle el sustento a su familia. Era un hombre de bien y honraba al prójimo como le habían enseñado a hacer y él pretendía inculcar a sus hijos.
Salieron juntos del bar tras saborear un par de vinos. Cogieron sus enseres, se despidieron del personal presente, salieron como dos caballeros y tras darle la voz a Sultán para iniciar camino, tomaron la calle rumbo a la carretera que les acercaba a sus respectivas cuevas.
    


viernes, 27 de mayo de 2016

UN DÍA CUALQUIERA

 Fot. Pelicula "Another brick in the wall"yo. Pink Floyd. Columbia. 




Otro día más que se cargó el macuto sobre el hombro, en bandolera. Antes de abandonar la habitación, echó una ojeada por la ventana para ver cómo se presentaba el día. Salió con media sonrisa, pues vio que estaba soleado y limpio de nubes el cielo; aun así, escondía dentro de sí la certidumbre de tener el corazón desolado, y sus pasos, no eran todo lo enérgicos que pudieran llevarle con un estado de ánimo alegre. Abrazó con un beso a su madre y salió de casa.
Bajó las escaleras al trote, sin formar la escandalera que otras veces ocasionaba, cuando iba deprisa y saltaba sobre los escalones como si el diablo le persiguiera, retumbando cada pisada, en el pequeño espacio que cobijaba las escaleras del edificio de cuatro plantas donde vivía.
Una vez en la calle, observó el continuo trasiego de compañeros, amigos y otros chavales; acompañados de algún que otro adulto o hermano mayor; tambien los que iban solos, en grupo charlando, corriendo otros; se desplazaban todos hacia la puerta del colegio, que se encontraba en el inicio de la calle.
Poco a poco, se iban aglomerando alrededor de la puerta de entrada los familiares. Juntos, agrupados melancólicamente por la separación, veían entrar a sus niños, al centro del patio de recreo, limitado por dos edificios que albergaba cada uno las aulas de chicos y chicas respectivamente.
Según se dirigía Alberto hacia la escuela, se juntó con José Luis, que ya se estaba acercando a la entrada, y se paró para esperarlo. Éste, hacía cada día un gran desplazamiento desde el barrio donde vivía, pues a pesar de habitar junto a otro centro escolar, no encontró plaza allí, donde por proximidad le pertenecía. Era el chico más simpático, cercano y bromista de todos; a la par que imaginativo y fantasioso. Siempre conseguía una sonrisa de cualquiera que estuviera en su radio de acción, por una u otra causa.
Ambos se alinearon junto a sus compañeros, en la fila de séptimo curso.
Los profesores esperaban la llegada de sus alumnos, bajo el soportal del edificio donde se ubicaban la sala de profesores y la de dirección. Allí, los chavales daban forma a las filas, que por cursos se ordenaban antes de la entrada a las aulas. En el frente, se colocaba el profesor que tutelaba el curso, a lo que después de situar al guía, recorría la cola e iba corrigiendo la actitud del alumnado, con capones y algún que otro tortazo.
Y comenzaba la liturgia patriótica. Al cerrarse la cancela principal, se procedía al cántico generalizado del "cara al sol", que con tanto fervor entonaba el director, mandando la formación. Una vez entonado el himno, se procedía a entrar por orden de clases y filas corriendo a las aulas, entre golpes de algún profesor pidiendo celeridad.
El orden que se requería en la formación, se diluía a la vez que los pasos ligeros resonaban entre las paredes y sobre los escalones de las escaleras, hasta llegar a las aulas.    
Se entraba en clase y cerraban las puertas.
Alberto ya estaba sentado frente a su pupitre. Esperaban la inminente llegada de don Jesús, que todas las mañanas daba la asignatura de lengua y literatura a primera hora.
Mientras tanto, se gastaban pequeñas bromas, se reunían grupos para ver alguna novedad o cuchicheaban sobre hechos pasados. Otros, se preparaban para afrontar lo que pudiera venirsele encima, al no haber hecho deberes ni preparado la lección que tocaba.
El bullicio se hizo estanco, al ser sustituido por el corrimiento de sillas y la toma de posición del alumnado, de pie; al ver entrar al profesor.
Don Jesús era un hombre venido de Valladolid, de cuarenta y tantos años, culto, trajeado, y un estilo con porte de caballero del régimen, del que siempre adoctrinaba con gestas franquistas de las que hacía similitudes de obras literarias. Vivía cerca del colegio, en una de las calles del barrio donde una parte de alumnos residían, por lo que era mas conocido y respetado que otros, por su habitual roce casi diario en la calle. En clase era muy autoritario y si tenía que dar algun que otro bofetón, lo daba sin reparo, o un tirón del pelo de la patilla, con cierto cachondeo para hacerlo mas enternecedor o cercano.
Esa mañana, Alberto pasó contando cada minuto plomizo como una losa cargada a la espalda, sin nada que le hiciera atender con interés a las clases que se dieron hasta llegar a la hora del recreo.
Como siempre, se rompió la calma con el murmullo que hizo acto de presencia tras el sonido de la campanilla que daba por terminada la clase, alertando a todos del inicio del recreo.
En el patio, se formaron los equipos para golpear y disputar balones, en sus diferentes modalidades de juego. Aquellos que se emplearon en otros divertimentos, corrían unos tras otros, charlaban gesticulando alegremente, saltaban cuerdas al aire, y otros, que teatralizaban apasionadamente alguna situación vivida o digna de contar.
Alberto buscaba sigilosamente y con timidez a Isabel. Quizás no deseaba encontrarla, pues creía saber de antemano, la situación que se iba a producir y, nada había que le infundiera esperanzas para sentirse feliz.
Unos días antes del fin de semana, el grupo donde se juntaban fuera del colegio se había disuelto. Malas interpretaciones de gestos y peores palabras dichas por algunos de ellos, salpicó la relación grupal de todos, rompiendo la relación que en distinto modo creció en los más románticos.
Las bonitas palabras, los gestos amables, los besos robados, los sueños inacabados; se fueron con las ilusiones perdidas, las esperanzas rotas y la alegría frustrada.
Sabía el lugar por donde generalmente jugaba ella con sus amigas y fue hacia allí, dubitativo. Nada más verla, se le pobló el estómago de hormigas, no sabiendo qué hacer. Intentó dar la vuelta, pero cerrando los ojos pudo sobreponerse y se acercó a Isabel.
- Hola Isa. - Le dijo esperando una respuesta amable, simpática o cuanto menos una sonrisa.
- Hola. - Se limitó a decir ella, sin nada más que incitara a seguir una conversación.
Se quedó apoyado en la valla que cercaba el patio, al lado de donde el grupo de chicas se encontraba, mirando simplemente la actividad de las niñas y otras que por allí pasaban; pues también el recreo se dividía por sexos, y era muy raro ver juntos a niños y niñas jugando, dado el poco tiempo que hacía desde que compartían el mismo espacio, ya que hasta ese año, lo hacían en distinta hora.
Los pensamientos, deseaban configurar una manera de responder a una situación, que para ambos era dificil de encauzar y se decidieron por la espera. Como si el tiempo arreglara los deseos sin formar, aquellos que se imaginan sin actuar para desarrollarlos.
Y esperaba sobre la verja.
Solo la cercanía de Isabel ya le colmaba, y se encontraba a gusto allí, mirándola como corría, como sonreía o cualquier gesto que expresaba al jugar.
Alberto, sintió un gran vacío cuando comprendió que su valor, acobardado, había desaparecido. Isabel casi ignorándolo, no le concedió ni una sola muestra de empatía.
Se vio sorprendido por la gran rapidez con la que se extendieron los acontecimientos, los cuales dieron lugar a la ruptura del grupo, como una gran bola de fuego, que arrasaba cualquier brote de algún pasto que asomara sobre el horizonte;  una pandilla formada por sus amigos del barrio y aquellas chicas con las que se juntaron, por medio de amigos comunes.
No llevaban más de tres semanas yendo a jugar, y saliendo los domingos al cine o a pasear por la plaza, entre risas y comadreo.
La timidez había impedido en ese espacio de tiempo, que fluyeran y exteriorizara sus sentimientos hacia aquella chiquilla. Se mostraba abatido por la realidad que se había producido por tan lamentables sucesos, en los que no tuvo participación e influyeron tan negativamente para sus intereses. Al ser un hecho consumado, todos entendieron que no debían seguir viéndose.
Pero Alberto ya percibió que esa chica le estaba trastocando el pensamiento; que su dulce sonrisa, se reflejaba en cada rostro de cualquier niña que mirase; que su voz, resonaba en cada entonación que susurraba cerca de su oído; que su mirada, le inquietaba cada vez que soñaba con ella.
Mas ella, se mostraba lejana, impasible ante su cercanía e indiferente cuando al cruzar las miradas, su rostro denotaba frialdad y dejadez.
No le faltó mucho tiempo para comprender, que aquella chavala, no iba a ser la luz de su recuerdo, la niña que le hiciera fantasear con el futuro, a la vera de su deseo.
Abatido y sin más opciones de respuesta que la resignación, Alberto intentó integrarse en el grupo que jugaba al futbol, pero no pudo ser posible por la negativa de los jugadores. Sin ganas ni motivos por los que seguir en el patio, subió al edificio donde se encontraba su clase y tras mirar por la ventana un momento, se dirigió a su mesa, desplazó la silla y sentándose en ella, reflexionó con una aceptable conformidad de la situación, valorando positivamente la experiencia que aunque le había sumido en la tristeza y el desconsuelo, tambien concluyó con un sentimiento que le hizo aflorar sensaciones que el espíritu tenía escondidas y le fue agradable saber de su existencia. 
Aún faltaban unos minutos para el comienzo de la próxima clase de francés, que impartía don Vicente, un espigado profesor venido desde Canarias, ya con el curso iniciado, para sustituir a otro que abandonó el colegio; y el chico decidió entretenerse con las pinturas que sacó de la mochila, y allí estuvo dibujando con los colores entre los dedos.
Cuando ya estaban todos dispuestos en sus asientos, una vez terminado el recreo, la apatía hizo acto de presencia dado el poco entusiasmo que dedicaba el profesor en el desarrollo de los temas a tratar, entonando un suave y meloso acento, que Alberto captaba con una somnolencia cabezona y nulo interés, algo que a la mayoría de compañeros no les ocurría, pues su propósito era percibir la gestualidad y actitud tendente al general cachondeo de los chavales entre reprimidas risas y cuchicheos, sin que pudieran involucrarse en la dinámica del aprendizaje de la lengua de Rousseau.
Mientras tanto, la clase ya daba sus últimos coletazos entre frases y giros con entonaciones afrancesadas, y Alberto se movía en sus pensamientos por canales llenos de duda e inseguridad, con el sentimiento mostrado hacia Isabel, cuando se escuchó en una pausa en la disertación del profesor, el mugido alto y claro de una vaca.  
El sonido animal, salió procedente de un pequeño bote que se vendía como artículo de bromas, que tras voltearlo de su posición vertical, éste emitía un bramido como si una vaca, avisara de su presencia.
La sorpresa resultó impactante, descomunal y hasta paralizante. El silencio implantó su más severa huella, aumentada con el estado cataléptico que cubrió los rostros y gestos de todos.
El rostro del profesor se tornó de un rojo intenso, cual tomate en plena madurez, quizá causado por la ira y cabreo que sintió, al sentirse como el objetivo de tan tamaña barbaridad realizada en su clase.
- ¿Quién ha hecho la vaca? preguntó enérgicamente indignado y con una rabia supina el profesor.
A la vez que intentaba descubrir al ejecutor de tal afrenta, se desplazaba rápidamente de un sitio a otro entre pupitres, esquivando mesas y sillas como si persiguiera a la vaca para trocearla.
Cuando parecía que recorrería toda la clase entre obstáculos, se puso en pie un alumno.
Ignacio respondió en consecuencia a su acto y responsabilidad, contestando a la pregunta generalizada del profesor, con su confesión. 
Don Vicente se fue directo hacia el chico, superando la distancia que los separaba con una velocidad, que solo podía augurar la paliza que denotaba la intención de hundirlo a golpes en el momento que lo pillara. Acción que comenzó con un hostión en la colleja al llegar a su altura y aventurando los demás leñazos, Ignacio se protegió con ambos brazos, viendo soltar la mano y prever una ensalada de guantazos; sonó escandalosamente la agitada carcajada de José Luis, que no pudo contener la risa ante la expresión burlesca y caricaturesca del profesor y la situación creada. 
El maestro se giró hacia el lugar de donde procedía la risotada y presto, dejó a Ignacio con los brazos protegiéndose la cabeza, y dirigiéndose hasta el pupitre en el que estaba José Luis, que cesó su alborotada risa cuando vio venir el larguirucho cuerpo del profesor, con las venas del cuello hinchadas y las manos dispuestas a hostiarle; y como erizo en peligro, enrolló la cabeza entre sus brazos, suponiendo que hacia ella dirigiría los golpes, agachado sobre el pupitre dispuesto a recibir la zurra que después recibió.
 - No, no, no me pegue por favor, auxilio, socorro, don Blas, don Blas. - Repetía una y otra vez José Luis, llamando al tutor para que detuviera la solfa de tortazos que le estaban cayendo encima, sin que por ello, acudiera el mencionado profesor en su ayuda.
Una vez terminado de golpear a José Luis, entre gritos y lágrimas de la gran excitación a la que estuvo sometido, el profesor le quitó el bote sonoro a Ignacio, dando por terminada la clase con un gran portazo al abandonar el aula.
Ante el espectáculo representado y sin la autoridad del profesor que menoscabara cualquier reacción a lo sucedido, todos los alumnos explosionaron y liberaron la tensión con risas, gestos alegóricos de la función y grandes carcajadas, después de comprobar el buen estado físico de Ignacio, así cómo de José Luis, y comentando con alborozo la jugada, e imitando jocosamente la gran actuación de los actores implicados en la escena.
Aquella situación fue la distracción perfecta para que Alberto, orientara el pensamiento hacia el pitorreo y jolgorio en el que participó con sus amigos, olvidando la tristeza e inseguridad que le ocasionó aquella decepción sentimental.
Aunque no lo sabía, aquella experiencia detalló y enseñó las sensaciones que su corazón sentiría en posteriores situaciones que la vida le ofreciera, cuando sus sueños rondaran los amores de una mujer.
Al llegar a casa, después de toda la emotiva mañana que le nubló el pensamiento, se fue a su habitación a por la fotografía que tenía de Isabel guardada en un cajón. Al cogerla, la miró y sin pensarlo la rompió. Creyendo que con aquél acto, se evaporaría de su mente como si nunca más volviera a existir.
Acto seguido, se dio cuenta del error, pues ya no tendría su imagen para recordar su bonita sonrisa.



lunes, 29 de febrero de 2016

TACIRUPECA JARO

              
                      Ilustración www.musicabebes.com

                                       
Bai Tacirupeca por el quebos, dotancan, "ralatra, ralatra, ralatra". Doancu de topron se traencuen un bolo roefi y menore, que del tosus rreco a sedercones tras nosu lesboar.
El bolo tan loquitran y sin mandea de latarsusa, le cedi:
- Dedon vas Tacirupeca?.
A lo que taes dadiprensor le tatescon: -Ñoco, Ñoco; un bolo que blaha.
Ya con zaanficon, lesa de su tedicones y le deponres:
- Bai a saca mi talibuea, a levarlle taés taces con anu tator y llaquiteman.
El bolo la alí rapa ir por nosmica tesrenfedi a saca de la talibuea, con jataven rapa el bolo, doganlle teés tesan tahas la saca.
Llía se zohi sarpa por Tacirupeca doñangaen a la labuea, rope sin sedar taencu que un dorzaca lo abíha tovis doto.
- ¿Énqui es?, tótescon la talibuea.
- Yso yo, Tacirupeca. - Jodi el bolo.
- Que enbi, jahi amí. Sapa, sapa.
El bolo tróen lasedoenmico de un docabo, sedoennipo su sónmica y se ótime en la maca.
Al garlle Tacirupeca a la saca, mólla a la taerpu.
- ¿Énqui es? tógunpre el bolo donanfia la zov.
- Yso yo, Tacirupeca, gotrai anu tator y un torrita de llaquiteman.
- Qué enbi, jahi amí, Sapa, sapa.
Doancu Tacirupeca tróen, óvi terenfedi a la talibuea.
- ¡ Talibuea, qué joso sám desgran neseti!
- Sí, son rapa tever jorme, jahi ami
- ¡ Talibuela, qué jasreo tan desgran neseti!
- Rocla, son rapa teiro jorme...
- Rope talibuela, ¡ qué tesendi más desgran neseti!
- ¡ Son rapa temerco jorme !
En toancu jodi soe, le bolo sezólann breso Tacirupeca y se la ómico énbitam. Su gomatoes bataes tan nolle aue el bolo se dóque domidor.
En see tomenmo tróen el dorzaca en la saca y óvi al bolo con la zapan dachahin, se nógimai lo dorricuo llía, sía que ógico su llochicu y óbria l patri del malnia rapa carsa a Tacirupeca y su talibuela.
- Yha que ledar un enbu goticas a teés bolo, sópen el dorzaca.
De domo que le nólle l patri de drasepi y se la óvivol a serco. Doancu el bolo tóperdes de su taessi, se cócera al ori y ¡zas!, se yóca troden y se góhoa.
Tacirupeca óvivol a ver a su drema y talibuela, y dedes cestonen ótimepro cerha preemsi soca a lo que le rajedi su drema. 
"Ralatra, ralatra, ralatra".



martes, 1 de diciembre de 2015

OTRA PIEDRA, LA PENÚLTIMA

                     Joaquín Sorolla. El boyero castellano. 1913
http://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?txtSimpleSearch=Sorolla


                                        
Había salido antes de hora de la oficina, tenía una cita para hacerse una prueba médica y le preocupaba más el trabajo que debía realizar, que por causa de su marcha a la clínica; debería hacer horas extras para recuperar y ponerse al corriente de la situación, pues nadie se ocuparía de sustituirle en su puesto, cosa que le mosqueaba mucho porque en otras ocasiones, para otros empleados siempre utilizaban a algún becario que suplantara la falta del que abandonaba su puesto.
No ponía en discusión las decisiones de su jefe, pero no mostraba hacia él ninguna simpatía al tener una relación de simple contacto laboral, aunque Manolo tampoco empleaba sus dotes para empatizar con el director de la oficina. 
Al coger el coche se sintió abatido por los pensamientos que las distintas reflexiones, una vez tomado conciencia de hacia donde iba y para qué le encaminaban esa mañana sus pasos hacia la clínica.
Llevaba unos días con sensaciones anormales en la forma en que el cuerpo mostraba los síntomas para sentirse uno tranquilo con el desarrollo de todos sus sentidos.
Al notar dicha anomalía del funcionamiento del cuerpo y tras consultar con su médico de la empresa, éste sin dudarlo le mandó hacerse la prueba clínica que ese día iba a llevar a cabo. 
María le esperaría en el centro médico, pues la prueba necesitaba sedación y para la vuelta a casa necesitaba que ella condujera, además de la inquietud que  la mantenía preocupada por las posibles consecuencias del resultado de la exploración a la que se iba a someter su marido.
Se encontraron en la entrada del hospital y tras abrazarse se dirigieron palabras de cariño y tranquilidad mientras traspasaban la sala de recepción.
Una vez le indicaron donde debían dirigirse para someterse a la prueba que aclararía las anómalas manifestaciones de sus órganos digestivos, esperaron en la sala designada a tales efectos, con una intranquilidad en aumento, según pasaba el tiempo sin que le llamaran a él, aún cuando la conversación que mantenían trataba de quitarle importancia al motivo por el que estaban allí, engañándose ambos pues sabían de las posibles causas que producían dicha irregularidad en su normal comportamiento corporal.
Al nombrarle, le indicaron que pasara y le preguntaron si había puesto en práctica la preparación que necesitaba para el normal desarrollo de la prueba, contestándole que así había sido, y sin mas dilación pasó a la sala donde le esperaban los encargados de efectuar el análisis que le mostraría si había porqué preocuparse o no hacerlo, o en menor medida de la que creía.
Al terminar y salir a la sala de recuperación, se sentó en un cómodo sillón, adaptandose a él y reclinando la cabeza hacia atrás, lo primero que recordaba era la sensación de encontrarse en un lugar desconocido y con las percepciones alteradas que la sedación le causaba, vio entrar a María para sentarse a su lado, seguida de la doctora que se encargó de practicarle la prueba. No tenía demasiada conciencia de lo que estaba pasando y menos de las palabras que la doctora les estaba comunicando, pero sí se percató con gran nitidez, de cómo lloraba María desconsoladamente y oía su llanto en lo más profundo de su ser, intentando quitarle las lágrimas que sin pausa se desprendían y resbalaban por el rostro de María, la abrazó, tratando de tranquilizarla diciéndole que todo iba a salir bien.       




miércoles, 18 de noviembre de 2015

UNA INCERTIDUMBRE

Huéscar. Peñón del toro. Facebook M Rock Martinez.

                                        
El frío instalado en la bruma, paseaba de un lugar a otro sin falta de continuidad. Raspando los abrigos, las pellizas y los rostros cubiertos por bufandas, recogían la escarcha incrustada en el cabello, que a tan baja temperatura ocasionaba en el ambiente.
Todas las características se daban para iluminar los tiempos, cercando al final de año se encumbraba la navidad, resaltando la ilusión de los niños, la fantasía de la fiesta enquistada en los corazones, hacía que en cada familia y con ocasión de la llegada de otros miembros familiares, la alegría fuese completa. 
Con la celebración anticipada de los hombres en los distintos bares que dispuestos del adorno navideño para otorgar calidez y la humanidad necesaria del festejo, cubrían la necesidad de encauzar la amistad y reunión para desprenderse de las malas actuaciones, que durante el año sitúan estas fechas para olvidar y reconciliar las diferentes afrentas entre vecinos, amigos y compañeros de trabajo, que  la bebida se encarga de allanar.
Y las mujeres ocupándose del avituallamiento preceptivo para la común reunión donde estaba la máxima concepción del festejo anual y mas esperado por su máximo carácter y entrañable festividad, que se celebraba en las casas familiares, donde la llegada de las personas esperadas por consanguinidad y amistad, hacían recaer sobre ellas la mayor sensación de esperanza por la venida de tales circunstancias.
El tiempo transcurría entre cantos y alegorías de la buena expresión sentimental, colándose los primeros copos de nieve para dibujar las condiciones óptimas de la postal que las fotografías necesitaban para inmortalizar la alegría del nacimiento del niño adorado.
En todas las casas se ultimaban los preparativos para una buena velada; tanto de almuerzo como de cena, donde aparecería el colofón del festejo principal de dichas fechas. 
La sensación de bienestar, ocultaba las carencias, programaba las distintas veladas con más o menos cantidad, situando la falta o necesidad material en un segundo plano, haciendo de la ilusión motivo de alegría, por distintas causas.
Y en casa de Alberto, la chiquillada  ya se encargaba de alborotar lo suficiente como para tener el bullicio y el jolgorio dispuesto para hacer enloquecer a la madre junto a las hermanas mayores encargadas de preparar todo el avío para el condumio. El padre de familia celebraba con los compañeros de trabajo, rondando entre faena y alterne por los bares donde la ocasión propiciara la oportunidad.   
La esperada llegada del hijo mayor, se alargaba en el tiempo y la inquietud llegó cuando a la madre, la avisó una vecina, que había recibido una llamada telefónica del hijo que esperaban para llegar a la cena de nochebuena, diciéndole que se había quedado en un pueblo sin medio de transporte para llegar a casa. Se le encargó a Alberto la búsqueda del padre, para comunicarle la eventualidad, e intentara éste solucionar el problema. El chico tras preguntar en el lugar de trabajo y tras confirmar la información del paradero de su padre, le encontró poniéndole al tanto de la situación.
La intranquilidad de Fernando, ante la posibilidad de quedarse en aquél pueblo sin posibilidad de llegar a casa, después de tres meses sin salir del cuartel, con el permiso de navidad de una semana, y verse a las primeras de cambio con dificultades para llegar a casa, le hizo desesperarse y confiar en su padre para que le sacara de allí.
José, se puso en movimiento rápidamente para ir a por su hijo y que nada enturbiara la fecha que fijaba una reunión familiar, que por esperada traía consigo más alegría y bienestar a la rutina que deshacía la fiesta que otorgaba el último mes del año.
Salieron con prontitud del taller, donde el jefe conducía un seat 1500 negro, que no dudó en ponerse rápidamente al servicio de su empleado para recojer al hijo de éste en un pueblo no muy lejano, donde esperaba Fernando sin saber verdaderamente qué iba a suceder pues no tenía comunicación después de haber hecho la llamada para avisar de su estado.
El encuentro de padre e hijo, además de emocionante y lleno de sentimientos, resolvió la situación creada, disponiendo su marcha hacia casa nada mas desprenderse del abrazo y sin darle tiempo a Manolo ni siquiera a quitar las manos del volante, tomaron el rumbo de vuelta tan rápido como pudieron dadas las precarias condiciones atmosféricas que la nieve en pequeña escala, hacía presagiar problemas en la conducción hasta el final de trayecto. Transcurrido el viaje con menos dificultades de las esperadas, la llegada fue anunciada con varios toques de claxon para avisar a la familia que la misión se había completado con éxito. Bajando del coche y tras agradecer a Manolo su acción deseándole unas felices fiestas, éste abandonó el lugar dejando a padre e hijo enfrente de casa, por donde ya empezaban a salir los demás miembros de la familia para unirse todos en un abrazo lleno de ternura y alegría, con lágrimas y sollozos contenidos.
Alberto ya estaba dándole patadas a un balón que su hermano le puso en sus manos nada mas verle y abrazarle.