Fot. Qarsis, cerca de Jimena, Jaén. "Mar de olivos". Panoramio
Como todas las tardes, una vez pasada la calima, y tras asomar una pequeña brisa haciendo desplazarse a tan agobiante sensación e incómoda calentura ambiental, Cándida aparecía abriendo la puerta de su casa y miraba el viejo nogal como muestra de que nada había cambiado; el árbol mas próximo de entre todos aquellos que formaban el pequeño parque de la plazoleta, donde solía pasear y reunirse con su pequeño grupo de supervivientes de tantos años de penurias y distintas etapas de la vida que con mayor o menor fortuna habían ido surcando cada arruga y diferentes tonalidades pictóricas que dibujaban la piel de cada una de aquellas ancianas, signos externos en rostro y manos, que eran las únicas partes del cuerpo descubiertas a la luz para regocijo del tiempo, al verse representado tan esplendorosamente. Tras comprobar que el peligro de una exposición ambiental superior a la permitida y acostumbrada por el conjunto de toda aquella integrante del grupo, había ido alejándose; lentamente cerró la puerta y encaminó sus pasos hacia el interior de la casa para recoger los utensilios que sacaria para hacer mas cómoda y entretenida la velada que por rutinaria nada dejaba a la improvisación. Manolo esperaba con impaciencia en el bar que junto a viviendas y otros locales, parapetaba la calle que lindaba al jardin circular que envolvia la plaza, coqueta con sus cuatro bancos en piedra y alargados para mayor ocupación, dispuestos en distintos arcos equidistantes del circulo que tenia como centro un pequeño surtidor de agua. Abrian la plaza cuatro ramales que permitian cruzarla en las direcciones del sentido geografico en el que estaban orientados. - Pon otro cubata Pepillo, que como tarde en llegar el Joaquín, me la voy a cojer de campeonato. Dijo Manolo arrastando su vaso vacio aún con el hielo redondeando sus aristas, por la barra. Varias mesas ocupadas por jugadores de dominó y cartas, hacían los vítores correspondientes de alegría o decepción, según la jugada; dándole al local el vocerio y soniquete característico de aquél donde la reunión es amena y agradable para tomar algo y charlar. Se tornaba apacible la conversación que en la única mesa ocupada de la terraza del bar, mantenían Manolita y su marido Alfonso consumiendo ambos unas cervezas. Amália, cerraba la puerta de casa y despacio dirigía sus pasos hacia el banco de la plaza donde se debatía y conmemoraban fechas ya lejanas que las componentes del grupo hacían querer ver como si del día anterior hubiesen sucedido. Alfonso se levantó para besar a su anciana madre, cuando llegó a donde estaba, y dirigiéndose a Manoli, su suegra le preguntó por la madre de aquella, pues hacía unos días que no la veía, siendo la respuesta tranquilizadora al decirle que estaba pasando unos días con su hermana, en otro barrio del pueblo. Siguieron diciéndose cuestiones mantenidas normalmente cuando se veían, hasta que Amália se despidió al ver aparecer a Cándida caminando hacia la plaza. Mientras tanto, Joaquín aparcaba su moto de baja cilindrada no sin antes haber anunciado su llegada con la escandalera del motor que producía la expulsión de los gases al salir por el tubo de escape de la motocicleta. La niñería tomaba posiciones en la amplitud del parque y plaza, una vez levantado el toque de queda en todas las casas, que permitía la salida a todo aquél que tenía el derecho restringido por la temperatura solar. Manolo recibió a su amigo con alegría y alguna que otra broma en relacion a su tardanza con su llegada, y tras pedir Joaquín un cubata, empezaron a tratar el asunto que les había reunido allí. El grupo de ancianas formado además de las mencionadas más Dolores, que era la más joven de ellas, pudiendo ser por edad hija de cualquiera de las otras, ya se habían reunido iniciando la tertulia. Cerraba el cuarteto Felisa, que de las tres mayores era la única que aún convivía con su marido, el mas fastidiado por la vejez que casi no le permitía el movimiento de la cama al sillón, y unido a la botella de oxigeno por medio de la mascarilla que le hacía aliviar la respiración de sus dañados pulmones. El tiempo corría lentamente, sin prisa; cualquiera podría decir que no corría, sino que andaba cojeando; causando en el personal una placidez agradable al hacerles la conversación amena y alegre por permitrles estar juntos con la sensación de quietud agradandoles la estancia en los distintos sitios donde cada uno se encontraban, ayudando también la climatología que suavizaba y templaba el aura ambiental que sobre la tarde se cernía. A la vez que el sol prolongaba las sombras, la plaza y calles aledañas se llenaban de sonidos con el griterio de los crios jugando, de algún que otro susurro que con discrección se comentaban las ancianas, como si el miedo a ser escuchadas revelara el secreto mejor guardado, de coversaciones amenas y hasta de otras malsonantes que empezaban a formarse en el bar. Aumentó el paso de vehículos, en su mayoría ciclomotores estridentes, algunos trucados en su potencia y haciendo insoportable el seguimiento de las charlas iniciadas, alterando el carácter e icendiando las críticas hacia la mencionada circulación de las motos. Los clientes del bar iban en aumento según coincidia el horario con la salida de los empleados de sus respectivos trabajos mas cercanos al local y eran habituales de su entrada en él. Quizá la cantidad de clientes y mayor bullicio, hacía aumentar el tono de las conversaciones; y el que empleaban Manolo y Joaquín estaba tomando unos tintes agresivos, tal vez ocasionado por la cantidad de bebida ingerida y del tema que trataban, que al ser relacionado con una deuda monetaria; hacía temer en los más cercanos a ellos que aquello no pudiera terminar bien. Los gritos y las correrías se centraron en el bar al darse la alarma por la situación de Joaquín que yacía junto a todos los desechos de las tapas en el suelo ensangrentado por las puñaladas que Manolo le había dado, antes de salir como un loco descolocado, intentando correr sin conseguirlo al cogerlo entre algunos hombres que al darse cuenta del suceso salieron tras él, tirandole al suelo y sujetándolo mientras otros llamaban a urgencias sanitarias y policia. La plaza cubierta por la sombra de los altos edificios que tapaban los rayos solares, también encubría el asombro, los sollozos y las lamentaciones de las mujeres al enterarse del asesinato cometido.
Claude Monet. Est. de S. Lázaro. www.trenvista.net
Perdida la mirada, volando los sueños, inquietos los sentidos y el corazón brincando entre emociones; una tras otra. A través del cristal de la ventana, se percibía el dibujo en una imagen, de lo que con el tiempo dejaría de ser una rutina para sus ojos. Y pensaba que algo de ella, se acurrucaba abrazando a todo lo que se iba a quedar sin su presencia. Hacía recuento mental de las prendas y enseres que llevaría en su partida, hasta el nuevo rumbo al que dirigía las secuencias mundanas relacionadas con el domicilio, las costumbres y experiencias que la trasladaban con el viaje a la capital. Numeraba mentalmente la ropa interior, la de abrigo también, algunos complementos y vestuario imprescindible para no tener que volver la vista atrás, lamentando su olvido y transportando la melancolía por el camino de las añoranzas. Útiles de aseo. calzado, correaje y objetos que por su valor, tanto para uso como sentimental, nunca se desprendería de ellos. Tarjetas de crédito, documentación y libros; de éstos dos o tres para el comienzo de llenado en los tiempos muertos, duermevelas y momentos en los que por sus características, se encargaran de estimular las neuronas emplazandolas a un envite con la reflexión. Creía que lo indispensable quedaba amarrado en el interior de la maleta, el bolso y neceser; utensilios éstos que no deberían aumentar en cantidad, mas bien por la incomodidad que suponía el desplazamiento con un número elevado de objetos; pero nunca era suficiente lo que se deseaba llevar, y siempre quedaba olvidado, aunque únicamente fuese la evocación de un suspiro. Rondaba el pensamiento por vertientes de la memoria, que a través del recuerdo intentaba clasificar, y por orden de prioridades, destacaba los más importantes. llevando tras ellos a juicios e intenciones secundarios o nimios. Mil vueltas redundaron una tras otra, todas las ocurrencias que afloraban sin dar tregua, repasando todo lo hecho hasta ese instante. La intranquilidad se hacía más patente, según avanzaba la caída del tiempo ; rígido e impasible, demostrando la regia potestad del que nunca pierde, del que pasen los sucesos que acontezcan, sean cuales fueren; siempre acaba ganando; transcurriendo por las percepciones sin importarle lo más mínimo , qué sentimientos se transmiten en su camino. En apenas unos momentos, encaminaria su vida hacia otra ruleta, diferente mesa de juego con nuevas cartas. Distinto salón con jugadores extraños; en donde quizás le tocara una apuesta con clase, de categoría profesional; o tal vez entraría en una timba con las cartas marcadas y los dados trucados. De cualquier manera, el envite era fuerte. Aún no tanto el riesgo, pues nada llevaba que la hiciese temer algo para empezar de nuevo. Recorría su estómago una excitación agradable por la aventura emprendida, que lentamente hacía aflorar en el rostro, signos de euforia que contrastaban con un pequeño desánimo ante lo desconocido. Probablemente, no tenía todo controlado, y sin embargo, la preocupación ante los prolegómenos de la salida del viaje, era escasa. Los planes trazados, aunque tal vez un poco precipitados, estaban afianzados a una determinación inequívoca y casi irrenunciable. Con el camino iniciado ya, iban quedando atrás, como plasmados con óleo sobre tela, la gran avenida y el bulevar central, donde paseara tantas veces arriba y abajo, la cómplice sonrisa de las miradas esquivas, el inocente vuelo de los ademanes tímidos y asustadizos, ante la perspectiva de una leve insinuación, correspondida con el frágil deseo de la ensoñación, amedrentada por la duda; o la alocada carrera de una ilusión, empujada por el perfume encubridor de la adolescencia incipiente, de los jóvenes corazones, refugiados en la ingenuidad de los sentimientos. Cada lugar por donde transitaba, la golpearon los recuerdos que tan escondidos estaban, alborotándolos de tal manera, que la excitación se hacía presa de los sentidos, confundiéndolos. Varios giros entre el laberíntico callejero, la apercibieron de su paso por el parque, donde el inconfundible olor de las flores y la vegetación, la retrotraernos a los juegos de la infancia; bellos, pulcros y cándidos; como el primer acercamiento sugerente de la fantasía, como la mano que ofrecía una caricia de terciopelo y revolvía el cabello bajo el aliento del cariño. Las persecuciones interminables detrás de la fábula del cuento, donde la princesa era agasajada y envuelta en la quimera de la imaginación. Al vuelo recogio, para llevarlo consigo, la aproximación de su niño, que sigilosamente aparecio en las imágenes retrospectivas del momento más dulce de la inocencia, aquél donde la sublimación de los afectos, se veían involucrados con la pureza de los gestos, dando como resultado, una imparable catarata de emociones, entusiastas alegorías del futuro y de un inquebrantable poder sobre todo proposito, favorecido por la maravillosa conjetura de la invención y la ternura arrolladora que iluminó el cándido beso robado, dado entre simbólicos y entrañables halagos, recogidos en una expresión insólita y desconcertante, dentro del caudal de percepciones inéditas que fueron apreciadas en aquél momento. Todo quedaba muy lejos, como si no hubiese pasado. Allí se quedaban la alegría, la tristeza, la amistad y todas las huellas de su vida, agazapadas tras las nubes de golosinas, engullidas por el olvido y acorraladas por el desaliento que las impidió progresar por el cauce de la evocación. De ese modo QQel tiempo volvía a vencer. Demostraba la inconsistencia etérea de las sensaciones emotivas que soportaba el espíritu, la frágil estabilidad donde se balanceaban las voluntades, la debilidad manifiesta de la pasión, que no podía resistir el entusiasmo de los sentidos, aturdidos ante tantos indicios turbadores de la conciencia. Así se manifestaba el señor del tiempo, apartando de un plumazo la visión de un pasado no tan lejano, destruido por el abandono. Los sonidos, el olor característico de la estación de trenes, y los colores adyacentes del entorno, la situaban en otra magnitud de la reflexión, abstrayendola en diferentes consideraciones ante la inminencia de la marcha y que la introducían en cuestiones relacionadas con el viaje. El espesor de la tiniebla se mezclaba con la atmósfera especial y protectora que cubría a María en su entrada al vestíbulo. Caminaba con seguridad en el porte, con la cabeza alta, la vista observaba y controlaba, considerando en cada persona un mundo, adjudicando las particularidades innatas en cada una de las más próximas que abstraídas con los quehaceres personales, inventaban otro universo donde sólo tenían cabida los intérpretes de su creación, aun afectando a las distintas trayectorias que se entrecruzaban, mezclándose e influyendo en la propia corriente que nada o poco podían hacer por impedirlo. Luego, la contemplación estaba inmersa en los sujetos que se movían en el escenario de partida, que sin quererlo ni desearlo, encauzaban la expansión de vibraciones, distribuyéndolas en esa atmósfera que todos respiraban y de la que nadie podía prescindir, pues era la que orientaba todas las actuaciones del procedimiento aleatorio y caprichoso, dando lugar a acontecimientos insospechados, mas no por ello, queridos por el raciocinio. Intentaba ponerse en el lugar y las circunstancias de los individuos a quienes mira, preguntandose y respondiendo a la vez de una forma automática, demostrándose que en la realidad, no difería á en mucho unas vidas de otras; la suya en particular, pudiera ser la de cualquier viajero que allí se encontraba. Imaginando, interpretaba los pensamientos, desarrollando varias posturas que la situarían en el inicio de la argumentación, ya que el postulado se basaba en el comportamiento de la condición humana, y siendo genérico para todos, podría estar en la piel de cualquiera. Tal vez la incomodó el cambio de asiento que efectuó con otra pasajera que solícitamente se lo había pedido, pero no en grado sumo como para que ese gesto, lo contemplara como una interferencia en sus cavilaciones. El viaje estaba iniciado y la atención requería otras consideraciones en las que poder descargar toda la tensión que el cerebro irradiaba, en menor o mayor medida, según los pormenores a los que se había visto sometida hasta dar con el cuerpo en aquél sitio del vagón. Sentía como una liberación al descansar el cuerpo, se acomodó junto a la ventana comprobando la ganancia con el cambio. Pretendía distraerse con algún artículo de ocio de los que disponía. Se colocó unos auriculares para escuchar el transistor, y fue ojeando unas revistas de distinta temática, que había adquirido en el puesto de prensa de la estación. No consiguió centrar la atención en la lectura, ni en sus imágenes; alcanzando su interés, las páginas del periódico que la informaban de la crisis internacional ocasionado por el desarme iraquí, así como las noticias relacionadas con los accidentes de circulación ocasionados a raíz de la vuelta de las vacaciones navideñas. Lectura ésta, que la causó un desaliento emotivo que la hizo cerrar las páginas del periódico y reflexionar sobre la fugaz estancia de la vida. Procuró seguir las imágenes del televisor oyendo su radio, sin conseguirlo al tratarse de una película y ver ésta sin sonido no la atrajo. Desistió de la ocurrencia por inviable y optó por ir a la cafetería para descargarse del aburrimiento que la ocasionaba la monótona singladura que el tren desplegaba entre los anónimos ocupantes. Mientras consumía el refresco de cola que había pedido, buscó acomodo en un taburete, contemplando el paisaje por el amplio ventanal que invitaba a la reflexión, ausentandose momentáneamente del escenario donde actuaba y protagonizaba una escena que hasta ese instante se desarrollaba según el guión establecido. El campo llano y fértil de la huerta, le iluminaba los ojos de colores, difuminados por la fría tarde de un cielo grisáceo, que ya aventuraba su retorno a la oscuridad empujando lentamente a la luz. Mientras que ya se veía inmersa en la ruta hacia lo desconocido, afrontaba de una manera más acentuada, el vacío que iba dejando el primer indicio de la soledad. Una separación consciente y sensata del entorno, que llevaba como premisa la aflicción de los sentimientos, la incipiente nostalgia del pasado y la evocación inequívoca de los seres queridos, de la tierra; que se iban quedando rezagados en la carrera progresiva de las ambiciones. Entendia la marcha como algo natural en el devenir de las circunstancias, queriendo comprender la duda ocasionada en el círculo familiar y de amistad, que no veían motivos suficientemente claros para ésta despedida. Tras de sí, dejaba un mundo de cariño y buenas intenciones, que laboriosamente podría sustituir por otras más enriquecedoras; pero el alma inquieta exigía descubrir nuevas distancias, luchas ajenas, también derrotas, nuevos encuentros de valor, de osadía, un nuevo estímulo que la hiciera levantarse de los templos ya construidos. Necesitaba darle impulso al corazón anquilosado por la costumbre de una situación cómoda, redundante en la satisfacción anodina, sin atractivo. Con el imparable avance del gran gusano metálico por las sólidas guías de acero, progresaba el objetivo deseado, al alcance de la convicción mostrada en el empeño del cambio. Se trasladaba hasta su asiento en el vagón asignado y percibía, cómo perezosamente se alejaban los últimos destellos de la luz tras las nubes, robando la claridad del día. Pisaba la oscuridad a la cola del tren, aunque no intervenía en el estado anímico de la concurrencia, por la iluminación de la luz artificial que les hacía falta para sentirse confiados y entregados en sus actividades. La televisión seguía mostrando imágenes sin voz, que algunos pasajeros observaban con atención enganchados a los auriculares. Dos aparentes ejecutivos manejaban datos y pulsaban constantemente un ordenador portátil, como si estuvieran todavía en la oficina; un niño pequeño enredaba con su madre para intentar suprimir el cansancio que al menor le ocasionaba el viaje, con palmadas, le mostraba juguetes y distraía su atención con algún objeto llamativo, sacando de la imaginación cualquier ocurrencia para que no alborotara y molestase. Se escuchaba la conversación de dos señoras hablando sobre los motivos de su viaje, una de ellas era la mujer que anteriormente permutó su asiento con María. Apareció el interventor de improviso y mecánicamente fue objeto de la atención mayoritaria de los presentes, forzando en éstos, la búsqueda del resguardo que les situaban allí donde estaban. Rápidamente se dejaban ver las carteras de documentación, tarjetas de identidad, monetarias. Las cremalleras corrían velozmente; la actividad que antes dormía plácida, despertó a los viajeros, que verificaban el lugar escondido o próximo donde había guardado tan preciado boleto que otorgaba un número y un servicio. El agraciado uniforme del operario ferroviario causó en la chica una muestra de simpatía, proporcionando una moderada templanza al flujo de designios que alborotaban las ideas. Aceptadas las características del empleo donde iba a ejercer sus aptitudes, y considerando que la vivienda se la ofrecía su hermano, precisamente cercana al lugar de trabajo donde iba a iniciar el recorrido de todo lo nuevo que acontecería. Esencialmente, eso es lo que ella quería. Otras historias en distinto lugar. No veía el por qué le iba a ir mal. Confirmando la experiencia adquirida en la profesión que desempeñaría, y la aceptable responsabilidad que otorgaba a cada caso en que la había tenido que aplicar, se veía ejerciendo satisfactoriamente. Joven, bien parecida, empleando un término modesto para no alterar el ego; que ante nuevas situaciones precisaba tranquilidad y reposo, por lo que pudiera pasar. Y simpática. Eso no se lo negaba. A fin de cuentas, no debía faltar ni sobrar para que el resultado fuera justo, porque si no; la operación traería como consecuencia un error y el remordimiento aparecería, recriminando los hechos, regañando el intelecto por tan poca consideración con una misma, causando malformaciones ilusorias que darían al traste con la proyección de los deseos que se intentaban conseguir. Aunque la verdad mostraba que la realidad era eso, una malformación de todas sus ilusiones. Llevaba una esperanza prendida del corazón. La seducía sobremanera, la emancipación física de las personas, y del entorno urbano; que la retenían instintivamente a una vida regalada, pero en absoluto querida; y estableciendo una paridad, no estaba dispuesta a verse enquistada en un mundo donde todo aquello en lo que ella soñaba, lo iban alcanzando otras personas, limitándose sencillamente a observar cómo lo hacían. Eran claras las intenciones y disponía una predisposición favorable que reunía las circunstancias que facilitaban y alentaban a su vez la marcha de casa, pues la realidad no daba más de sí. No importaba que fuese cautelar la autonomía a la que iba a acceder. Necesitaba el apoyo de Juan y en él se recostaría, junto a la mano tendida de una sonrisa. Acercándose estaba el revisor, comprobando el billetaje de las dos señoras, que seguían sin pausa el relato iniciado al emprender el viaje. -Buen viaje. – Dijo el hombre uniformado. Estrepitosamente, un ruido ensordecedor precedió al desorden que ocasionaron los saltos y golpes involuntarios que los ocupantes sufrieron por la fuerza con la que se expresaron la gravidez junto a la velocidad. Nada se pensaba. No había lugar para el entendimiento. El sentido abandonó la conciencia y donde antes campaba la armoniosa sintonía de la quietud, ahora ocupaba su lugar el grito desgarrador, el quejido aullado, el dolor que emergió de cuerpos quebrados, violentados por la atronadora convergencia de factores dañinos causantes del accidente. Apareció la incredulidad brincando de rostro en rostro, todos desencajados, ensangrentados la mayoría, rotos, semblantes anonadados, estupefactos e inconscientes; caras desposeídas de la alegría, fatalmente desamparadas por el gozo, desgraciadamente conducidas hacia el dominio del infortunio, donde suele habitar el desastre, jactándose de su enorme poder. El caos tejió una gran tela de araña, recogiendo la disposición de personas, objetos y maquinaria; lanzados cual símil del juego con cubilote y dados, proporcionando una trágica visión a quien pudiera alzar la vista. Las nefastas consecuencias eran reales, aunque la imaginación trataba de engañar a la conciencia, mostrando alucinaciones y delirios inconexos, rocambolescos e inconcebibles. María no se ubicaba con respecto al lugar donde antes se encontraba. La sangre manaba de la cabeza pintándole con lágrimas rojas una parte de la cara. Un brazo magullado y más dolorido estaba con los huesos rotos, bailándole la mano incongruentemente. El terrible impacto dejó en su cuerpo fuertes e inaguantables dolores, con gran dificultad intentaba sentarse en el suelo, apoyándose en un objeto que no reconocía, a su lado vio una tarjeta de identidad con la foto de la mujer con la que había cambiado el asiento; la cuál, yacía junto a su amiga, las dos fallecidas, entre el amasijo de metales causado por la catástrofe. Ignorando tal hecho, se congratuló de seguir con vida, alentando en su corazón el deseo de que el suceso hubiese sido lo menos pernicioso posible para el resto de viajeros. Observó y contempló, cómo a su alrededor danzaba con total desparpajo la desolación, esparciendo sobre todas y cada una de las personas allí presentes, la inquina de la calamidad. Pobres rostros, desdichados cuerpos, infelices miradas; que no lograron acertar la pregunta ante la visión de esos ojos obnubilados que ofrecían tan devastadora contingencia. Pobres lágrimas, desdichadas heridas, infelices anhelos; destrozados por el inoportuno cruce de voluntades nefastas y desgarradoras, que aparecieron sin aviso de llegada y una presentación aunque conocida por su brusquedad y efectos, nada deseable. Pobres sonrisas, desdichados lamentos, infelices venturas; ahogadas por la sinrazón de lo previsible. Cubriéndose el rostro, lloraba desconsoladamente, intentando comprender la jugada del destino que sin explicación alguna y por sorpresa, pretendió terminar la partida en su primer movimiento, dando jaque mate.
Parque megalítico de Gorafe. comarca de Guadix. Granada. fpjuliovisconti.com
Saliendo de la oscuridad, intentas dar pasos que te conduzcan hacia la luz, sin resultado alguno. La tiniebla no te abandona por mas claridad que busques, y muy difícil es encontrar un tono que aunque desees teñir con vagas pinceladas de originalidad, muy posiblemente verás reflejados brochazos de amargura, al no conseguir el ansiado boceto propuesto con el sentido de la vida que te lleva y arrastra a una dimensión que no es deseable, haciéndote dudar del parecer que se da a una determinada forma de vida, si al final nada de lo que hagas o dejes de hacer, tendrá los resultados queridos. Según los días avanzan, no hay conciencia del tiempo pasado en éste año. En Mayo casi pisamos ya las flores, que a punto están de recogerse para ofrecer en las romerías, y a las efigies poder implorarle, la salud que nos falta y los parabienes que deseamos se cumplan para dicha nuestra y de nuestros allegados familiares y amistades mas afines. El tiempo vuela y acaba con las pretensiones del dia mas largo, aquél que nos haga soñar con la perdurable supervivencia que olvide la terrible obviedad de nuestra existencia, que no es otra que la desaparición perpetua de nuestra figura ambulante del mundo que nos movemos. Somos carne de cañón, que alimenta ilusiones vanas, sin sentido, alternativa impulsada por el ansia de alcanzar la supremacía de la vida, cuando sabemos que el final se acerca en el momento menos deseable, y con más ganas por sobrevivir a todas las inoportunas circunstancias alcanzadas que con tanto esfuerzo se han superado. Mierda de existencia, creándote vanas ilusiones de esperanza, sabiendo a ciencia cierta cuán próximo está el fin. Deambulando sin encontrar respuestas, vagamos sin preocupación. No nos importa el mañana al no ver tan próximo el día en el que de respirar dejemos, sin darle importancia a tantas cuestiones que vamos dejando pasar, pues de su solución dependen asuntos banales y sin importancia debido a la espera que puede soportar ese nimio asunto. Pero cuando el tiempo diga la hora, dejará de ser pequeño, convirtiendo la escasez de importancia en un asunto prioritario, porque a los que mas queremos, siempre los dejamos para el final, pensando que las discrepancias se resolverán solas, o con un toque todo quedará arreglado, cuando vivir en el engaño nos hace percibir las sensaciones equivocadamente, pues la cercanía de tan nefasto desenlace hace replantearte cantidad de dogmas que creías acertados y en verdad, no lo son. Se va la alegría, dejando sola una tristeza que inunda el corazón, desparramando lágrimas de dolor que borbotean bañando cualquier ilusión, y ahogando las pretensiones de un mejor estado en las mejores previsiones que uno va haciendo, relacionado con la futura visión personal. Cuando mejor crees encontrarte, la tristeza se adueña de ti, posicionándote lejos del pensamiento más alegre que puedas crear, haciendo de ti la persona más gris y apagada que en nada se parece a quien eras, dejándote consumir por la mas clara muestra de la oscuridad que te introduce en lo mas bajo de la estima personal.
Ya no podía hacer nada que resolviera la situación. Algo que pudiera parar el tiempo, y volviera al momento en el que cambiaría los hechos que ocurrieron, por otros que no tuvieran el fatal desenlace con el que la tarde se apagó. Una vez cometida la barbaridad que ocasionó, vino la conciencia pidiendo explicaciones. Entre dudas y excusas inútiles, juzgó y condenó los hechos, sin necesidad de testigos ni pruebas, que eximieran de la culpabilidad del hecho llevado a cabo. No sabía cómo había tenido tan mala y despreciable voluntad para causar tanto daño, ni qué odioso pensamiento turbó su cabeza, o cómo había llegado a destrozar la vida de las personas mas cercanas a él. Qué circunstancia y quien osó a empujarle para cometer tamaña crueldad sobre su propia familia. Pensaba en Juana, su hermana; la cuál estaría ahora destrozada. Ella se encontraba junto a su hijo, en la habitación del hospital donde había sido operado el chico, de las heridas producidas tras recibir un brutal hachazo, debatiéndose entre la vida y la muerte, cubierto de dolor y las lágrimas de padres y hermanos. En un momento de locura, la percepción de la realidad se volvió trágica. Falsas nociones de una impresión ilusoria creada por una discusión descontrolada y la aparición de una atrocidad sin límites, arrastrada por la pérdida de los elementales sentidos de cordura; abocaron a las insidias y desprecios causados en un torrente de violencia. Su sobrino Juan, aquél que cuando era niño, subía a cuestas y con él a la espalda, corría simulando un caballo, jugando como si lo hiciera con un hijo suyo, ese chico que durante toda su adolescencia y parte de la juventud, estuvo aprendiendo de sus enseñanzas prácticas, mostrándole las destrezas que debería aplicar en la buena cosecha de las tierras de labor, de las que se ocupaba en el cometido de la administración y por las que habían llevado a desencadenar tamaña desgracia. Ahora Juan estaba postrado con la parca, guadaña en ristre y rondando por si fuesen requeridos sus servicios, combatiendo duramente por un último suspiro. Recogieron al chico, inconsciente y sangrando tendido en la huerta, mientras el agresor corría sin rumbo en busca del lugar donde se ocultan los cobardes. Protegido por la oscuridad, su vago caminar no le ahuyentó de su maldita canallada, perseguido por el acecho constante de la culpa, revoloteando machaconamente, cual rapaz sobre su presa despreocupada.
No encontró consuelo ni descanso, pues tampoco en busca de ellos fue, mas una rabia desesperante se inoculó en su pensamiento, lleno de arrepentimiento, un juicio sensato que le hizo ver a su Juan, entre borbotones de sangre, caer como un guiñapo sobre la hierba crepuscular de la tarde, junto a la rampa que causó la disputa por la propiedad de la linde separadora de tierras. Llorando amargamente y fijando la vista en sus grandes y fuertes manos abiertas, fue consciente de la desgraciada actitud con la que había golpeado a todo su clan. Se derrumbó cayendo de rodillas, y golpeando con violentos movimientos de los puños sobre la tierra y maldiciendo entre gritos el momento en que atacó a su sobrino con la violencia empleada. Se incorporó apesadumbrado y abatido, decidido a asumir los tremendos errores que inició con la violenta discusión. En la noche encubridora, encontró a su captora. Su propia conciencia, que anteriormente le hizo ver su sangriento acto, y originó la aparición de la amarga sensación culpable de la furia empleada y la evidente superioridad física con la que se produjo el incidente, llevándole a un estado indolente y borrando cualquier sensación de dignidad. Anduvo hacia donde la luz emitía señales de vida, hacia el pueblo; a entregarse a su hermana.
Ya tengo tinta en el ordenador y puedo escribir de nuevo. No pensaba que fuera tan difícil conseguir recargas de tinta para el pc. Además de costarme un güevo y parte del otro, la tardanza del servicio de reponedores, parece ser que no funciona como en el super, tan dispuestos siempre a complacer cualquier requerimiento del cliente. Si tuviera jefe, seguro que me habría dado boleto a la primera palabra que hubiese dejado de encontrar, pero como la propiedad tanto intelectual como física es mía, no pasa ná. Pues con la tontería, éste párrafo que da por iniciado su camino mas o menos corto, ha sido borrado cuatro veces, dada su incapacidad para desarrollar la bola que explique la sucesión de acontecimientos surgidos en el cabezón de una mente perturbada por una fantasía irreal e inalcanzable. Casi corto la andadura del parágrafo con un punto, yéndome al lateral izquierdo para tirar el córner, pero he pensado que debería darle mas longitud, aunque sin sentido consentido. Ahora sí; me voy a explicar sin mas dilación. Las ideas surgen en un tris, sin pensarlas acaso, sin proponertelas, paseando por la pelota y ahí se quedan, hasta verlas ponerse en pie, manteniendo la vertical caminando, o abandonadas por su nulo efecto en la psique. Es el ingenio en su desarrollo, lo que hace posible la originalidad puesta para ser catalogada de viable, pues al ser todos tan dinámicos a la hora de buscarnos la vida con cualquier movida que le pueda interesar a alguien, la idea nos controla y califica para determinar nuestra posición en la carrera de la creación. Porque en la creación vale todo; sea bueno, malo o regular. Solo importa hacerlo. Hasta que la idea no aparece por ningún lado, buscándola con desesperación y ahínco me empeño en la labor sin resultado alguno, dejándome con la actitud natural y responsable de esperarla sentado. Así hago mientras nada surge durante un tiempo prudente, y ante la nula existencia de signos esclarecedores de tan negro futuro, decido pararme. Quizá me he parado mucho tiempo. No importa, si la luz refleja de nuevo letras negras. Lo que sea, será. El caso es escribir, ya sea una opinión, un enrolle sobre la claridad del color negro, un relatito aunque sea malo tendrá cabida en mi corazón. El estado de ánimo, las circunstancias que nos rayan otra marca en el rostro, influyen de manera inequívoca a la hora de extender la pintura sobre el lienzo y parece que los colores menos luminosos dominan la paleta. Ojalá durmiera en una cama de libros para arroparme con sus hojas escritas y llenarme de historias para contarlas.
Grito al descubrir mi rostro sobre un reflejo que exhibe la verdad de mis miserias. No sé por dónde, ni hacia qué lugar dirigir mis pasos, escondiéndome en un manto de infortunio, con el que pretendo ocultar mi desdicha, que exhibe la verdad de mis miserias.
La confusión ocasionada por tan desgraciada revelación de la mirada, origina una cascada de interrogantes sin respuesta, trastornando el juicio y empequeñeciendo cualquier sentido orgulloso de serlo.
Trato de razonar y no comprendo.
Las manos atienden con cansina servidumbre, la triste solicitud emitida desde una lejana invocación de soberbia, intentando recomponer la integridad perdida. rodeándome con los brazos, el cuerpo derrotado y hundido, buscando la compasión de las caricias.
Procuro sin fortuna reprimir el llanto, que solícito, empuja los sentimientos heridos, despedazados por tan nítida muestra de la realidad, y destapándome cruelmente, la inutilidad del engaño, al querer escapar sin espacio para ello.
Me aturden las sensaciones que experimento, creándome una conciencia irreal, aparente; agudizando la gravedad de mi fatalidad, que lleva al razonamiento por derroteros que me conducen inexorablemente hacia una paranoia dañina, que solo la insinuación de óptima ilusión deseada, podrá superar.
Al recurrir con gran esfuerzo a un pensamiento positivo, real y práctico para verme elevado entre nubes de deseos, acude la esperanza; enseñándome veredas posibles a transitar donde las perspectivas auguran signos esclarecedores de la percepción inicial, resolviendo preguntas y aclarando dudas. El alma me duele, sin sentido me tiene. Escribe sobre mi pecho partiéndome el corazón, hasta que una palabra llega desparramándose con intención; oculta y traslada el dolor, colmando de colores mi ilusión, cubriendo todo el rostro, haciendo del narrador todos y cada uno de los personajes que se multiplican por el escritorio.
Hallé múltiples caminos por los que transitar, cuando los pasos me llevaron a descubrir, todo aquello que el pensamiento reclamaba. Las inquietudes, preguntas y certezas, agitaron las dudas que hacían retener escondida la voluntad.
El viento sopló planeando sobre verdes terrenos escarchados, brillantes por el resplandor del rocío. Algunas tierras formadas por superficies escarpadas, alternaron con paisajes de planicies luminosas, cubiertas por laboriosos campos de labranza. La brisa siguió el itinerario marcado por ríos serpenteantes de aguas bravas, y sinuosos arroyos de mansa corriente también.
Crucé por la dehesa, vadeando largas cañadas cubiertas de sol, rozando el encinar, el ganado entre alcornoques, dulce llanura coloreada por la jara.
Anduve hasta verdes praderas junto a lomas arbóreas, durmiendo al raso con grandes rebaños de estrellas.
Busqué distintas rutas ideadas por la ilusión, fantaseando con la aventura, y acatando la aplastante versión de la realidad, que hacía de la travesía, una apuesta por recorrer. Encontré vivencias por donde la imaginación pudiera interpretar la historia que escribiera mi proceder, recogiendo enseñanzas de cada detalle que una nueva alborada mostraba, y llenando el zurrón de diversas flores que adornaron la ruta. No todos los pasos que di, por la linde siguieron, mas los que llegaron encauzados, no sin desbordamientos previos de incertidumbre y confusión lo hicieron, alterando así la dirección del itinerario, ocasionando el giro de rumbo que la razón recomendaba. Mi orientación cambió como los vientos, danzando entre copas de altos abetos y sobre los perfiles de distintos arbustos, vislumbrando paisajes despejados y coloridos, como los nublados y grises tambien. Fui dejando vivencias fortuitas, que la casualidad convirtió en rutinas entrañables y sentimientos difíciles de ignorar. De igual manera, aparecieron emociones distintas en complejas circunstancias que hicieron mella en la compresión de los afectos establecidos. Mas no por lejanas en el tiempo las he de echar en el olvido. Y ahora, a mi recuerdo asoman, enredados entre caricias, aquellos besos que nunca di, al sortear los senderos que nunca pude pisar; quebrados, partidos y llenos de dolor, por la discutible elección del albedrío; lloran desconsolados por tal desprecio, pidiéndome cuentas. Sí, lo recuerdo. Unas miradas. Unos gestos, unas sonrisas, unas palabras cariñosas, un abrazo, y una ilusión. Recuerdo una mano tendida y una canción. Quizás la añoranza del tiempo que antaño pasó, en nada supere a aquél que no logró traspasar las barreras para que sucedieran las circunstancias que pudieron ser, de otra manera.
La calificación que hacemos de todo lo que en nuestra vida influye, llegó a pronosticar el día de ayer, como el día más triste del año. No se en qué se basa esa percepción, ni las valoraciones, así como los criterios que se han tomado para evaluar la nota dada a tan desdichado día. Pobre lunes, que seguro fue el mas feliz para incontables respiradores de oxigeno. ¿Cómo se puede catalogar a un día como el mas triste del año?. No sé, hasta qué punto debemos remover las ideas de los mas creativos para sacar a la luz tales ocurrencias. Y el caso es que da resultado, porque a mí me ha puesto las pilas y estoy escribiendo sobre ello, preguntándome cosas relacionadas con mi vida, que sí ha tenido su día mas triste muy cerca, pero sin ser el de ayer, si lo hizo como acompañante de los que arrastro desde hace unos cuantos. Por suerte para mí, el proclamado como el mas triste, ha dado paso a uno venidero como el de hoy, donde la esperanza se ha juntado a mi vera dándome posibilidades que creía agotadas. ¿Puede ser que un día 13 del mes, que coincida con el martes y las noticias recibidas las relaciones con la superstición?. Vamos, esa coincidencia es para que te apuntes a todos los grupos de quiromancia, tarot, adivinadores, curanderos y demás asociaciones encargadas de administrar el libre albedrío, y las percepciones extrasensoriales. Claro es, que la higiene mental, su fortaleza, junto al bajo descenso neuronal o no tan elevado como para hacerte perder los papeles, proporciona una claridad de pensamiento que evita caer en situaciones de pánico y descontrol que haría romper la estabilidad emocional de uno mismo, así como la de los que te arropan todas las noches y cuidan de tus sueños. Gracias por hacerlo.