Aún alumbraba la luna el viejo camino. Techado por la infinita pléyade estelar de astros brillantes; y libre del continuo paso de animales, personas transitando tanto a pie como a lomo de sus mulas, borricos y algunos que otros carros, con el fruto del trabajo realizado o material para ejecutarlo, así como también de carretas vacías.
Vía principal de comunicación para entrar o salir de tan singular núcleo poblacional, donde las principales viviendas eran cuevas.
Situado casi al final de la pendiente del cerro, cerca de la unión de las vaguadas, que guiaban en tiempos de lluvia un río; convertido en riachuelo con agua estancada, mientras la tierra seca dividía en porciones, el serpenteante discurrir de la convergencia de aguas venidas de las tierras altas.
Empezaba la jornada para aquellos que, principalmente, debían sacar y llevar a los animales hacia las zonas de vegetación para su alimentación.
Situado casi al final de la pendiente del cerro, cerca de la unión de las vaguadas, que guiaban en tiempos de lluvia un río; convertido en riachuelo con agua estancada, mientras la tierra seca dividía en porciones, el serpenteante discurrir de la convergencia de aguas venidas de las tierras altas.
Empezaba la jornada para aquellos que, principalmente, debían sacar y llevar a los animales hacia las zonas de vegetación para su alimentación.
Ya se oía el trasiego en los corrales, el movimiento de las ovejas y cabras con el característico campanilleo, alertando de la inminente puesta en marcha hacia los pastos.
Sobre la polea del pozo se desplazaba la cuerda, que sujetando la cubeta metálica, sacaba el agua para consumo y aseo de Juanillo, que se encargaba de llevar al rebaño hacia el lugar donde se encontraba la pastura.
También se hallaba con la cabeza gacha y comiendo los restos de la noche anterior, junto al recipiente del agua, Sultán; el perro guía del rebaño. Un pastor alemán que con tanta diligencia y empeño dirigía a los animales, manteniendo los márgenes que Juanillo le marcaba.
A pesar del diminutivo de su nombre, Juanillo ya era un hombre maduro, tanto como para no tener que ser identificado como un chiquillo, al nombrarle en cualquier conversación en la que alguien no le conociera.
Vivía sólo en la cueva que daba al camino, junto al pequeño barranco que desembocaba en el río.
La vereda de acceso a la cueva la limitaban un corral y un pequeño huerto con dos almendros, protegidos ambos por setos de espino.
El huerto lindaba con un espacio cerca de la cueva, donde había un poyete junto al pozo, y otro pequeño corral, con aperos y lugar de residencia de Cascote, una vieja tortuga que tenía Juanillo desde su infancia. En el lado opuesto del poyete, se encontraba la puerta de entrada a la cueva.
Aquél lugar, estaba definido por la cavidad en el interior del cerro, donde toda la elevación del terreno estaba horadado, conformando un entramado de ramificaciones en las cuales vivían familias pobres y una notable población de etnia gitana.
Dicho asentamiento del pueblo, los mantenía alejados de la posibilidad de ocupar viviendas dignas, dada su condicion monetaria y marginal.
Aun con las dificultades obvias de la falta de servicios elementales para una convivencia plena, las cuevas según su amplitud, constaban de las básicas estancias para la habitabilidad mínima y confortable, según las necesidades familiares, que no siempre se adecuaban a las exigencias de ocupación.
Con una temperatura estable, hacía del verano un lugar ideal para huir del calor y en invierno, el sitio adecuado para protegerse del frío, junto a la chimenea que la mayoría de ellas poseían.
El ganado estaba en distintas cuevas acondicionadas para esa circunstancia y por regla general, eran compartidas entre varios propietarios o encargados de su custodia, y según el número de animales del rebaño, hacía posible guardarlas en sitios con mas capacidad que las utilizadas para viviendas.
Se dirigía Juanillo junto al perro, camino a la nave donde tenía encerrado el rebaño que cuidaba; cuando subiendo por la carretera hacia las primeras viviendas que delimitaban la urbe, se encontró con "el torero", un gitano que por su afición a las corridas de toros y otras características que le definían, le habían puesto ese apodo.
Eran muy conocidos, pues la amistad se desperdigaba muy fácilmente en según qué situaciones, y ellos no tenían la complicidad exigible a una relación amistosa, más sí el continuo contacto, que hacía compartir la vida en común, al ser desde pequeños parte del mismo hábitat. Juande, que así se llamaba el gitano, se dirigía a postularse entre los comerciantes que tomaban parte de los puestos que se montaban en el mercado. Participaba en el trabajo que se requería en aquél singular teatro, semanalmente representado.
El mercado se formaba en una plazoleta y calles adyacentes del pueblo, al que venía gente de toda la comarca a comprar y vender productos de la zona.
Se despidieron en la plaza, pues la nave del ganado que Juanillo debía transportar estaba situada en la carretera opuesta con destino al suroeste y de allí debía subirlo cerca de las primeras lomas que iniciaba la sierra que parapetaba el flanco de aquella parte del pueblo.
Cuando llegó a la era, junto a la nave que guardaba las ovejas, Julia ya las tenía fuera, esperando su llegada. La mujer habitaba una casa junto a la nave que había compartido con su marido, ya fallecido; y se encargaba de las labores que en el eral debían hacerse, las propias del cereal y demás temas relacionados con la vida en el campo.
Vivía sola Julia, pues sus hijos ya emancipados, hacían uso de sus vidas con las familias propias en otros lugares del pueblo y fuera de él; disponiendo aquella de una vida libre de ataduras y obligaciones que no tuvieran que ver con sus normales quehaceres diarios. Lo cuál la llevaba a disponer de una predisposición a entregarse, sexualmente hablando, a Juanillo cuando así lo convinieran ambos.
Le tenía preparado el atillo con la comida y una bota de vino, que agradecido, éste recogía con una sonrisa de complicidad y que tras mantener una pequeña conversación sobre los planes diarios sobre el lugar donde llevaría al ganado se despedían deseándose buen día.
En el mercado que ya estaba levantando sus puestos, el ambiente se iba animando y dando el colorido clásico por cada producto en venta; tenderetes, personal variopinto, los animales que transportaban pequeñas cargas, los vehículos que traían a todo tipo de personas y mercancías. El pueblo empezaba a bullir con la puesta en escena tan singular instalada en sus calles y plazas, haciendo salir a la gente a romper rutinas y monótonas actitudes, convirtiendo los encuentros en felices momentos, para empatizar aun mas y establecer vínculos que incluso en distintas circunstancias no se daban.
Juande ya estaba manos a la obra, dado el conocimiento que tenía con la mayoría de comerciantes, no tenía problemas a la hora de emplearse en distintos puestos, para según qué ocupación se le requería. Además de un buen jornal para llevar a la familia, también conseguía distintas prebendas en especie que valoraban su trabajo y simpatía con los empleadores.
La mañana pasaba según los cánones rutinarios establecidos, donde los encuentros en bares y establecimientos contiguos o cercanos al mercado, otorgaba una gran sensación festiva y alegre, aún cuando las relaciones mayoritariamente eran comerciales, la bulla creada mostraba la plenitud de las acciones por las que Juande el torero, se levantaba todas las mañanas para buscarse la vida en las distintas oportunidades que se le ofrecían, ya fuera allí en el mercado, o en distintos puestos que el ayuntamiento se encargaba de ofrecer algunos días a los menos favorecidos.
Según avanzaba el día, un soleado mes primaveral que otorgaba un colorido distinto, que los diferentes visitantes de la comarca, de los cortijos y de la propia población local, que cambiaban o añadían a su vestimenta alguna prenda o accesorio, que diferenciara la común puesta en escena diaria, dando a entender que el día de mercado podría ser comparado al domingo sin misa, donde el horario matinal era el empleado en el aumento de la socialización de relaciones, que con tan buen empeño se empleaba todo aquél que rondaba los bares o comercios aledaños al lugar donde se centraba toda aquella actividad y bullicio.
Mientras, Juanillo mantenía conversaciones ficticias con el ganado o le hacía diferentes apuestas a Sultán, proponiéndole algunas operaciones de aptitud con los animales en custodia, cosa que el perro tenía bien aprendido y ganaba las afrentas con gran facilidad.
Sobre la polea del pozo se desplazaba la cuerda, que sujetando la cubeta metálica, sacaba el agua para consumo y aseo de Juanillo, que se encargaba de llevar al rebaño hacia el lugar donde se encontraba la pastura.
También se hallaba con la cabeza gacha y comiendo los restos de la noche anterior, junto al recipiente del agua, Sultán; el perro guía del rebaño. Un pastor alemán que con tanta diligencia y empeño dirigía a los animales, manteniendo los márgenes que Juanillo le marcaba.
A pesar del diminutivo de su nombre, Juanillo ya era un hombre maduro, tanto como para no tener que ser identificado como un chiquillo, al nombrarle en cualquier conversación en la que alguien no le conociera.
Vivía sólo en la cueva que daba al camino, junto al pequeño barranco que desembocaba en el río.
La vereda de acceso a la cueva la limitaban un corral y un pequeño huerto con dos almendros, protegidos ambos por setos de espino.
El huerto lindaba con un espacio cerca de la cueva, donde había un poyete junto al pozo, y otro pequeño corral, con aperos y lugar de residencia de Cascote, una vieja tortuga que tenía Juanillo desde su infancia. En el lado opuesto del poyete, se encontraba la puerta de entrada a la cueva.
Aquél lugar, estaba definido por la cavidad en el interior del cerro, donde toda la elevación del terreno estaba horadado, conformando un entramado de ramificaciones en las cuales vivían familias pobres y una notable población de etnia gitana.
Dicho asentamiento del pueblo, los mantenía alejados de la posibilidad de ocupar viviendas dignas, dada su condicion monetaria y marginal.
Aun con las dificultades obvias de la falta de servicios elementales para una convivencia plena, las cuevas según su amplitud, constaban de las básicas estancias para la habitabilidad mínima y confortable, según las necesidades familiares, que no siempre se adecuaban a las exigencias de ocupación.
Con una temperatura estable, hacía del verano un lugar ideal para huir del calor y en invierno, el sitio adecuado para protegerse del frío, junto a la chimenea que la mayoría de ellas poseían.
El ganado estaba en distintas cuevas acondicionadas para esa circunstancia y por regla general, eran compartidas entre varios propietarios o encargados de su custodia, y según el número de animales del rebaño, hacía posible guardarlas en sitios con mas capacidad que las utilizadas para viviendas.
Se dirigía Juanillo junto al perro, camino a la nave donde tenía encerrado el rebaño que cuidaba; cuando subiendo por la carretera hacia las primeras viviendas que delimitaban la urbe, se encontró con "el torero", un gitano que por su afición a las corridas de toros y otras características que le definían, le habían puesto ese apodo.
Eran muy conocidos, pues la amistad se desperdigaba muy fácilmente en según qué situaciones, y ellos no tenían la complicidad exigible a una relación amistosa, más sí el continuo contacto, que hacía compartir la vida en común, al ser desde pequeños parte del mismo hábitat. Juande, que así se llamaba el gitano, se dirigía a postularse entre los comerciantes que tomaban parte de los puestos que se montaban en el mercado. Participaba en el trabajo que se requería en aquél singular teatro, semanalmente representado.
El mercado se formaba en una plazoleta y calles adyacentes del pueblo, al que venía gente de toda la comarca a comprar y vender productos de la zona.
Se despidieron en la plaza, pues la nave del ganado que Juanillo debía transportar estaba situada en la carretera opuesta con destino al suroeste y de allí debía subirlo cerca de las primeras lomas que iniciaba la sierra que parapetaba el flanco de aquella parte del pueblo.
Cuando llegó a la era, junto a la nave que guardaba las ovejas, Julia ya las tenía fuera, esperando su llegada. La mujer habitaba una casa junto a la nave que había compartido con su marido, ya fallecido; y se encargaba de las labores que en el eral debían hacerse, las propias del cereal y demás temas relacionados con la vida en el campo.
Vivía sola Julia, pues sus hijos ya emancipados, hacían uso de sus vidas con las familias propias en otros lugares del pueblo y fuera de él; disponiendo aquella de una vida libre de ataduras y obligaciones que no tuvieran que ver con sus normales quehaceres diarios. Lo cuál la llevaba a disponer de una predisposición a entregarse, sexualmente hablando, a Juanillo cuando así lo convinieran ambos.
Le tenía preparado el atillo con la comida y una bota de vino, que agradecido, éste recogía con una sonrisa de complicidad y que tras mantener una pequeña conversación sobre los planes diarios sobre el lugar donde llevaría al ganado se despedían deseándose buen día.
En el mercado que ya estaba levantando sus puestos, el ambiente se iba animando y dando el colorido clásico por cada producto en venta; tenderetes, personal variopinto, los animales que transportaban pequeñas cargas, los vehículos que traían a todo tipo de personas y mercancías. El pueblo empezaba a bullir con la puesta en escena tan singular instalada en sus calles y plazas, haciendo salir a la gente a romper rutinas y monótonas actitudes, convirtiendo los encuentros en felices momentos, para empatizar aun mas y establecer vínculos que incluso en distintas circunstancias no se daban.
Juande ya estaba manos a la obra, dado el conocimiento que tenía con la mayoría de comerciantes, no tenía problemas a la hora de emplearse en distintos puestos, para según qué ocupación se le requería. Además de un buen jornal para llevar a la familia, también conseguía distintas prebendas en especie que valoraban su trabajo y simpatía con los empleadores.
La mañana pasaba según los cánones rutinarios establecidos, donde los encuentros en bares y establecimientos contiguos o cercanos al mercado, otorgaba una gran sensación festiva y alegre, aún cuando las relaciones mayoritariamente eran comerciales, la bulla creada mostraba la plenitud de las acciones por las que Juande el torero, se levantaba todas las mañanas para buscarse la vida en las distintas oportunidades que se le ofrecían, ya fuera allí en el mercado, o en distintos puestos que el ayuntamiento se encargaba de ofrecer algunos días a los menos favorecidos.
Según avanzaba el día, un soleado mes primaveral que otorgaba un colorido distinto, que los diferentes visitantes de la comarca, de los cortijos y de la propia población local, que cambiaban o añadían a su vestimenta alguna prenda o accesorio, que diferenciara la común puesta en escena diaria, dando a entender que el día de mercado podría ser comparado al domingo sin misa, donde el horario matinal era el empleado en el aumento de la socialización de relaciones, que con tan buen empeño se empleaba todo aquél que rondaba los bares o comercios aledaños al lugar donde se centraba toda aquella actividad y bullicio.
Mientras, Juanillo mantenía conversaciones ficticias con el ganado o le hacía diferentes apuestas a Sultán, proponiéndole algunas operaciones de aptitud con los animales en custodia, cosa que el perro tenía bien aprendido y ganaba las afrentas con gran facilidad.
No participaba del desarrollo comercial que en el pueblo se mantenía, pues su actividad le alejaba de cualquier acontecimiento que tuviese lugar cuando se dedicaba a cuidar de los animales. Su plácida convivencia con los animales le hacía mantener hábitos de entretenimiento y conocimiento de la flora y fauna por los distintos sitios donde se movía, llevando documentación sobre las materias que le interesaban para la recolección de hierbas y hongos que después vendía entre sus vecinos y conocidos, adquiriendo la fama de clásico curandero, aunque sin llegar a proponerse tal posición respecto a sus congéneres.
La tarde caminaba al ritmo que marcaban los pasos del ganado dirigido por Sultán, bajando de los cerros donde ya habían dado cuenta de la hierba capaz de alimentar sus estómagos, y por donde los riachuelos y manantiales habían servido para saciar a la vez su sed.
Una vez hecha la despedida de Julia, tras pasar un rato de charla y encerrado el ganado, Juanillo pasó a tomar un vaso de vino al bar donde tenía por costumbre hacerlo.
Allí se encontraba el torero, gitano de alto porte y simpatía, que nada más ver entrar al pastor, fue hacia él con la alegría natural de quien ve por primera vez después de mucho tiempo a un hermano, pues el respeto que se profesaban hacía que la dignidad de su trato confiriera la cordialidad que mostraban al verse.
Tomaron el vino juntos contándose las vicisitudes que principalmente había protagonizado el gitano durante su jornada fructífera, dados los beneficios adquiridos y que con tanta ilusión llevaba a la cueva para darle el sustento a su familia. Era un hombre de bien y honraba al prójimo como le habían enseñado a hacer y él pretendía inculcar a sus hijos.
Salieron juntos del bar tras saborear un par de vinos. Cogieron sus enseres, se despidieron del personal presente, salieron como dos caballeros y tras darle la voz a Sultán para iniciar camino, tomaron la calle rumbo a la carretera que les acercaba a sus respectivas cuevas.
La tarde caminaba al ritmo que marcaban los pasos del ganado dirigido por Sultán, bajando de los cerros donde ya habían dado cuenta de la hierba capaz de alimentar sus estómagos, y por donde los riachuelos y manantiales habían servido para saciar a la vez su sed.
Una vez hecha la despedida de Julia, tras pasar un rato de charla y encerrado el ganado, Juanillo pasó a tomar un vaso de vino al bar donde tenía por costumbre hacerlo.
Allí se encontraba el torero, gitano de alto porte y simpatía, que nada más ver entrar al pastor, fue hacia él con la alegría natural de quien ve por primera vez después de mucho tiempo a un hermano, pues el respeto que se profesaban hacía que la dignidad de su trato confiriera la cordialidad que mostraban al verse.
Tomaron el vino juntos contándose las vicisitudes que principalmente había protagonizado el gitano durante su jornada fructífera, dados los beneficios adquiridos y que con tanta ilusión llevaba a la cueva para darle el sustento a su familia. Era un hombre de bien y honraba al prójimo como le habían enseñado a hacer y él pretendía inculcar a sus hijos.
Salieron juntos del bar tras saborear un par de vinos. Cogieron sus enseres, se despidieron del personal presente, salieron como dos caballeros y tras darle la voz a Sultán para iniciar camino, tomaron la calle rumbo a la carretera que les acercaba a sus respectivas cuevas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario