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martes, 20 de septiembre de 2016

AL OTRO LADO.

                                         
     Huéscar, casas cueva. Archivo "Huéscar en el recuerdo", pagina de facebok.                                      




Aún alumbraba la luna el viejo camino. Techado por la infinita pléyade estelar de astros brillantes; y libre del continuo paso de animales, personas transitando tanto a pie como a lomo de sus mulas, borricos y algunos que otros carros, con el fruto del trabajo realizado o material para ejecutarlo, así como también de carretas vacías. 
Vía principal de comunicación para entrar o salir de tan singular núcleo poblacional, donde las principales viviendas eran cuevas.
Situado casi al final de la pendiente del cerro, cerca de la unión de las vaguadas, que guiaban en tiempos de lluvia un río; convertido en riachuelo con agua estancada, mientras la tierra seca dividía en porciones, el serpenteante discurrir de la convergencia de aguas venidas de las tierras altas.
Empezaba la jornada para aquellos que, principalmente, debían sacar y llevar a los animales hacia las zonas de vegetación para su alimentación. 
Ya se oía el trasiego en los corrales, el movimiento de las ovejas y cabras con el característico campanilleo, alertando de la inminente puesta en marcha hacia los pastos.
Sobre la polea del pozo se desplazaba la cuerda, que sujetando la cubeta metálica, sacaba el agua para consumo y aseo de Juanillo, que se encargaba de llevar al rebaño hacia el lugar donde se encontraba la pastura.
También se hallaba con la cabeza gacha y comiendo los restos de la noche anterior, junto al recipiente del agua, Sultán; el perro guía del rebaño. Un pastor alemán que con tanta diligencia y empeño dirigía a los animales, manteniendo los márgenes que Juanillo le marcaba.
A pesar del diminutivo de su nombre, Juanillo ya era un hombre maduro, tanto como para no tener que ser identificado como un chiquillo, al nombrarle en cualquier conversación en la que alguien no le conociera.
Vivía sólo en la cueva que daba al camino, junto al pequeño barranco que desembocaba en el río.
La vereda de acceso a la cueva la limitaban un corral y un pequeño huerto con dos almendros, protegidos ambos por setos de espino.
El huerto lindaba con un espacio cerca de la cueva, donde había un poyete junto al pozo, y otro pequeño corral, con aperos y lugar de residencia de Cascote, una vieja tortuga que tenía Juanillo desde su infancia. En el lado opuesto del poyete, se encontraba la puerta de entrada a la cueva. 
Aquél lugar, estaba definido por la cavidad en el interior del cerro, donde toda la elevación del terreno estaba horadado, conformando un entramado de ramificaciones  en las cuales vivían familias pobres y una notable población de etnia gitana.
Dicho asentamiento del pueblo, los mantenía alejados de la posibilidad de ocupar viviendas dignas, dada su condicion monetaria y marginal. 
Aun con las dificultades obvias de la falta de servicios elementales para una convivencia plena, las cuevas según su amplitud, constaban de las básicas estancias para la habitabilidad mínima y confortable, según las necesidades familiares, que no siempre se adecuaban a las exigencias de ocupación.
Con una temperatura estable, hacía del verano un lugar ideal para huir del calor y en invierno, el sitio adecuado para protegerse del frío, junto a la chimenea que la mayoría de ellas poseían.
El ganado estaba en distintas cuevas acondicionadas para esa circunstancia y por regla general, eran compartidas entre varios propietarios o encargados de su custodia, y según el número de animales del rebaño, hacía posible guardarlas en sitios con mas capacidad que las utilizadas para viviendas.
Se dirigía Juanillo junto al perro, camino a la nave donde tenía encerrado el rebaño que cuidaba; cuando subiendo por la carretera hacia las primeras viviendas que delimitaban la urbe, se encontró con "el torero", un gitano que por su afición a las corridas de toros y otras características que le definían, le habían puesto ese apodo.
Eran muy conocidos, pues la amistad se desperdigaba muy fácilmente en según qué situaciones, y ellos no tenían la complicidad exigible a una relación amistosa, más sí el continuo contacto, que hacía compartir la vida en común, al ser desde pequeños parte del mismo hábitat. Juande, que así se llamaba el gitano, se dirigía a postularse entre los comerciantes que tomaban parte de los puestos que se montaban en el mercado. Participaba en el trabajo que se requería en aquél singular teatro, semanalmente representado.
El mercado se formaba en una plazoleta y calles adyacentes del pueblo, al que venía gente de toda la comarca a comprar y vender productos de la zona.
Se despidieron en la plaza, pues la nave del ganado que Juanillo debía transportar estaba situada en la carretera opuesta con destino al suroeste y de allí debía subirlo cerca de las primeras lomas que iniciaba la sierra que parapetaba el flanco de aquella parte del pueblo.
Cuando llegó a la era, junto a la nave que guardaba las ovejas, Julia ya las tenía fuera, esperando su llegada. La mujer habitaba una casa junto a la nave que había compartido con su marido, ya fallecido; y se encargaba de las labores que en el eral debían hacerse, las propias del cereal y demás temas relacionados con la vida en el campo.
Vivía sola Julia, pues sus hijos ya emancipados, hacían uso de sus vidas con las familias propias en otros lugares del pueblo y fuera de él; disponiendo aquella de una vida libre de ataduras y obligaciones que no tuvieran que ver con sus normales quehaceres diarios. Lo cuál la llevaba a disponer de una predisposición a entregarse, sexualmente hablando, a Juanillo cuando así lo convinieran ambos.
Le tenía preparado el atillo con la comida y una bota de vino, que agradecido, éste recogía con una sonrisa de complicidad y que tras mantener una pequeña conversación sobre los planes diarios sobre el lugar donde llevaría al ganado se despedían deseándose buen día.
En el mercado que ya estaba levantando sus puestos, el ambiente se iba animando y dando el colorido clásico por cada producto en venta; tenderetes, personal variopinto, los animales que transportaban pequeñas cargas, los vehículos que traían a todo tipo de personas y mercancías. El pueblo empezaba a bullir con la puesta en escena tan singular instalada en sus calles y plazas, haciendo salir a la gente a romper rutinas y monótonas actitudes, convirtiendo los encuentros en felices momentos, para empatizar aun mas y establecer vínculos que incluso en distintas circunstancias no se daban.
Juande ya estaba manos a la obra, dado el conocimiento que tenía con la mayoría de comerciantes, no tenía problemas a la hora de emplearse en distintos puestos, para según qué ocupación se le requería. Además de un buen jornal para llevar a la familia, también conseguía distintas prebendas en especie que valoraban su trabajo y simpatía con los empleadores.
La mañana pasaba según los cánones rutinarios establecidos, donde los encuentros en bares y establecimientos contiguos o cercanos al mercado, otorgaba una gran sensación festiva y alegre, aún cuando las relaciones mayoritariamente eran comerciales, la bulla creada mostraba la plenitud de las acciones por las que Juande el torero, se levantaba todas las mañanas para buscarse la vida en las distintas oportunidades que se le ofrecían, ya fuera allí en el mercado, o en distintos puestos que el ayuntamiento se encargaba de ofrecer algunos días a los menos favorecidos. 
Según avanzaba el día, un soleado mes primaveral que otorgaba un colorido distinto, que los diferentes visitantes de la comarca, de los cortijos y de la propia población local, que cambiaban o añadían a su vestimenta alguna prenda o accesorio, que diferenciara la común puesta en escena diaria, dando a entender que el día de mercado podría ser comparado al domingo sin misa, donde el horario matinal era el empleado en el aumento de la socialización de relaciones, que con tan buen empeño se empleaba todo aquél que rondaba los bares o comercios aledaños al lugar donde se centraba toda aquella actividad y bullicio.
Mientras, Juanillo mantenía conversaciones ficticias con el ganado o le hacía diferentes apuestas a Sultán, proponiéndole algunas operaciones de aptitud con los animales en custodia, cosa que el perro tenía bien aprendido y ganaba las afrentas con gran facilidad. 
No participaba del desarrollo comercial que en el pueblo se mantenía, pues su actividad le alejaba de cualquier acontecimiento que tuviese lugar cuando se dedicaba a cuidar de los animales. Su plácida convivencia con los animales le hacía mantener hábitos de entretenimiento y conocimiento de la flora y fauna por los distintos sitios donde se movía, llevando documentación sobre las materias que le interesaban para la recolección de hierbas y hongos que después vendía entre sus vecinos y conocidos, adquiriendo la fama de clásico curandero, aunque sin llegar a proponerse tal posición respecto a sus congéneres.
La tarde caminaba al ritmo que marcaban los pasos del ganado dirigido por Sultán, bajando de los cerros donde ya habían dado cuenta de la hierba capaz de alimentar sus estómagos, y por donde los riachuelos y manantiales habían servido para saciar a la vez su sed.
Una vez hecha la despedida de Julia, tras pasar un rato de charla y encerrado el ganado, Juanillo pasó a tomar un vaso de vino al bar donde tenía por costumbre hacerlo.
Allí se encontraba el torero, gitano de alto porte y simpatía, que nada más ver entrar al pastor, fue hacia él con la alegría natural de quien ve por primera vez después de mucho tiempo a un hermano, pues el respeto que se profesaban hacía que la dignidad de su trato confiriera la cordialidad que mostraban al verse.
Tomaron el vino juntos contándose las vicisitudes que principalmente había protagonizado el gitano durante su jornada fructífera, dados los beneficios adquiridos y que con tanta ilusión llevaba a la cueva para darle el sustento a su familia. Era un hombre de bien y honraba al prójimo como le habían enseñado a hacer y él pretendía inculcar a sus hijos.
Salieron juntos del bar tras saborear un par de vinos. Cogieron sus enseres, se despidieron del personal presente, salieron como dos caballeros y tras darle la voz a Sultán para iniciar camino, tomaron la calle rumbo a la carretera que les acercaba a sus respectivas cuevas.
    


viernes, 24 de abril de 2015

CAMINO A FUENCALIENTE

                                        Fuencaliente. Huéscar, Granada. www.ideal.es

 
El día se levantó sin pereza alguna, dibujando pausadamente todos los colores, de las estáticas siluetas de una mañana primaveral, reluciente, muy luminosa; con la estrella diurna queriendo abarcar hasta la sombra mas oculta del erial; traspasando una brisa venida del litoral, balanceando el mar de cereal, la floreada cúpula de los almendros y el plumaje del águila al planear.
Los rayos solares palpitaban excitados, clavándose como aguijones en toda flor que abriendo sus brazos acogían la sonrisa estelar.
El colorido expuesto, representaba la primera función diurna del maravilloso teatro universal, con un escenario difícil de igualar ni con el mejor lienzo soñado por pintar.
Avanzaba entre clamores de ánimo la estimable compañía del tiempo, cuando ya daban brincos de alegría la ingenuidad, la excitación y la aventura.
La concentración estaba a punto de germinar, entre hermosos lilos que esperaban junto a olmos, la llegada del primer aventurero para reunir a los demás. Deseosos de comenzar, ultimaban los últimos detalles en sus casas con los objetos para llevar.
El lugar de destino y la ruta establecida por recorrer, ya esperaban con inquietud la llegada del plantel.
El grupo se fue formando sin dilación. La hora de reunión estaba clara y salvo alguno que llegó con el pan untado en aceite en la mano, dándole bocaos sin control para hacerlo desaparecer rápidamente; no hubo problema de espera, ni mosqueo por tal circunstancia, sólo el Pepe faltó a la cita, mas la decepción dio paso a la alegría por el comienzo de la excursión.
Emprendieron el camino sin mas demora que la creada por las risas, el entusiasmo y el juego, que entretenidos los tenían.
Abandonaron el pueblo yendo por la carretera y tomando el camino del olivar cercano al colegio Natalio Rivas, donde a las zagalas les daban clase para aprovechar el estudio que con esfuerzo había que aprobar.
La marcha era apresurada porque entre la ilusión que proporcionaban las carreras y piques mostrando la diversión y las ocurrencias de algunos para descubrir en cada chiquillo su grado de implicación, desafiando a cada momento con una invención, y haciendo del camino una travesía del mejor cuento.
La polvareda levantada en el camino, desaparecía tan pronto los pasos se incaban en los terrones de los frutales. Las incursiones en todas direcciones y sin control, se producían según el fruto del árbol y la agilidad visual del descubridor de tan jugoso manjar. Se optaba por mordisquearlo o por efectuar una pequeña recolecta del fruto en cuestión para guardar y repartidlo después, una vez que el destino hubiese puesto el final de trayecto a la caminata.
Aunque el mediodía esperaba sosegado y algo alejado, el calor acariciaba los cuerpos de los chiquillos,  corriendo sobre la tierra o subiendo a algún árbol  frutal, advirtiendo el sudor, del comienzo de una pausa en el alboroto general. El camino allanó la moderación de los gestos y la recuperación del ritmo vascular. Las palabras tornaron melódicas y el tono agradable de escuchar, haciendo de la vereda el sitio para conversar.
Entre charlas banales y con pláticas generalizadas sobre el baño que se iban a dar, rondaban la ribera de una alameda encubridora del río que próximos y prestos estaban a cruzar.
La llegada a los andurriales ribereños, abrió el campo de visión escenificando otro paisaje que con una amplia perspectiva, situó a los personajes en la orilla bañada por una lenta corriente de tan preciado caudal.
De improvisto, unas impetuosas voces violentaron el plácido drama de la diversión, con demandas de abandono del lugar y amenazantes por su cercanía al sitio por donde pretendían cruzar y estaban dispuestas las ramas de liria para algún pajarillo atrapar; encaminando dichas palabras altisonantes, a dos gitanos que con impetuosos gestos pretendían controlar la situación.
Ante la sorpresa y los continuos ademanes de recriminación, el grupo se vio paralizado y preocupado por la posible entrada en un conflicto del que ni deseaban ni estaban preparados para ello, aunque el número superior de elementos les concedía una superioridad manifiesta.
Según avanzaban los gitanos hacia ellos, iba desapareciendo la congoja y la inquietud, pues los rostros se hicieron reconocibles y la abrupta declamación inicial se fue acomodando a una apaciguada charla que arreglaron con diferentes chanzas entre unos y otros.
Jesús y Raimundo, eran compañeros de clase en el edificio de la O.J.E. donde, todos participaban si no en los mismos juegos, sí de los mismos recreos donde el contacto era común entre todos los zagales, además de compañeros en clase de Aurelio, Salva y Fernando.
-Salva y los toros, muuuu.
Fue la coletilla de despedida que hizo Jesús mientras el grupo cruzaba el río dando saltos por encima de los canchos que sobresalían del agua.
La referencia al día que hicieron macuala, Mirón y Salva; se hizo generalizada entre los conocidos y cada vez que se encontraban era motivo para hacerlo resaltar entre risas y bromas. Y entre los gitanos se hizo mas popular la guasa saliendo a relucir en cualquier momento, como cuando iba a ver a sus abuelos a las cuevas y se cruzaban saludándose con el consiguiente soniquete.
El tránsito hasta el nacimiento de agua embalsada, fue mas entretenido a causa de la anécdota que les ocurrió, siendo comentada entre risas y bromas por tal situación.
El baño se hizo eterno, la alegría compañera y sujetando la amistad, el cómplice  señuelo de la querencia, que entre chapoteos, risas y bromas dio calidad a la reunión.
Estuvo el tiempo, avisando de la llegada del término de la mañana, rebosado ya el mediodía.
Pasó como un rayo, aunque nadie prestó atención; y metidos en el agua, se percataron del aviso lejano que en su momento les dejó señalado el reloj, saliendo con prisas del manantial y corriendo sin pausa hasta llegar al hogar, con la bronca montada por tardar y no consumir junto al clan familiar, lo preparado para yantar.





lunes, 2 de febrero de 2015

EN EL BARRIO "LA PAZ"

 Ésta fotografía salió publicada en el diario Ideal de Granada, no recuerdo la fecha, pero rondaría primavera-verano de 1970 ?. Con ocasión del triunfo del equipo en la liga local infantil de Huéscar.
La alineación es: - Luis León, Pepe Bueno, Aniceto Romero, Sola Vera, Pedro (mi hermano), Sandalio Fuentes, J. Domingo Casanova. Abajo: Pepe Fernandez, Salvador (yo) , Angel (Cucano), Jesús Chillón Fuentes (Chules), Manuel García Breau, Miguel Angel. Ya que hago mención a los jugadores, me gustaría hacerlo tambien con nuestro entrenador, presidente, representante y guía futbolístico, D. José Fernandez Motos, también padre de nuestro amigo y jugador Pepe, a mi lado y con el balón.










Hace poco, escuché decir : 
- "La patria de uno, es su infancia".
Y no hay mayor sentimiento que aquél creado en la infancia, por mucho que nos hagan sentir aquellos que tenemos de adultos.  
En el barrio La Paz, tengo guardadas todas las sensaciones que formaron mi personalidad, por mis padres, hermanos, familiares y amigos. También se suele decir, "que uno es como son sus amigos", y creo que no le falta razón. 
                                


La sucesión de acontecimientos donde las percepciones se acrecentaban en cada momento, y se desarrollaban experiencias gratificantes, ya fueran nuevas o continuadoras de las ya vividas; para resaltar que los días escolares estaban llenos de anécdotas de todo tipo y relacionadas con las diferentes actividades que surgían. 
El desarrollo escolar no es completo si la faceta donde los juegos son protagonistas y hacen surgir la risa, diversión y entretenimiento, no aparecen.
                                  


Con cada patada dada a un balón, en la escuela, en la era, de la que nos separaba la carretera a Castilléjar, o en el campo de fútbol, donde ahora está el centro de salud y polideportivo; se proyectaban las alegrías e ilusiones que no nos dejaban ver mas allá de la trayectoria del lanzamiento de la pelota. Por regla general, era la calle lisa del barrio la Paz, donde la textura del suelo nos hacía emplearla para todo tipo de juegos, en la que los partidillos o lanzamientos a portería o cualquier variable del juego, empleábamos con más asiduidad por comodidad sobre todo; con el inconveniente de las roturas de los cristales, debido al gran número de ventanas y grandes cristaleras que había. La plazoletilla del mismo barrio, que hacía de estadio con semi-gradas protegido por las viviendas alrededor, dirimía los enfrentamientos entre los grupos de distintas zonas del barrio o calles. Dicha plazoleta central del barrio, unía las calles, sirviendo éstas de rectángulos aptos para la práctica futbolística (cualquier lugar es idóneo cuando de una pelota se trata), facilitada también por la colocación de columnas que hacían de porterías, en los frentes de las viviendas y de acceso a los patios interiores donde había cuatro casas, con una pequeña fuente con o sin agua en el centro, dependiendo de su estado.
                                

El caso es que el diseño de los bloques de viviendas, y el barrio en su conjunto, parecía hecho a medida para el divertimento, disfrute, reunión y hermanamiento tanto de la muchachada como de las familias, debido a la facilidad de comunicación e interacción posibilitada por su distribución. En la fotografía superior que acompaña el artículo, se aprecia el barrio y el lateral de los bloques (en el de color blanco, se aprecian las columnas y el porche de acceso al patio interior, donde los días lluviosos eran ideales para cualquier juego por su amplitud),  de forma cuadrangular y ocho viviendas en cada edificio. Detrás de Sandalio (el más alto), está la que fue mi casa, frente a los árboles, junto a los bancos de un pequeño jardín con lílos, de donde arrancábamos las hojas y dibujábamos con ellas sobre el granito de los bancos para jugar a las tres en raya; a los cromos, a las cartas, etc.
En primavera o verano, a la llegada del buen tiempo y la noche, todos los alrededores de las puertas de las llamadas casas chicas (por menor habitabilidad) eran ocupadas por grupos de sillas, vecinos juntos y revueltos, y aquellos que ocupaban las viviendas con porche, o se quedaban en él o se reunían en los bancos cercanos, con pequeñas zonas ajardinadas; y de nosotros los zagales, se podría dar la circunstancia de estar cenando y jugando en la calle, casi casi a la misma vez.
En párvulos tenía una maestra, Dña. Carmen; que aunque autoritaria, nos trataba muy bien y por su cercanía de casa con la escuela, fácil era que de vez en cuando hiciéramos algún desplazamiento en pos de un recado para ella. Cosa de uso común era la utilización del alumnado como emisarios o botones del profesorado. 
El maestro de segundo curso, D. Antonio se llamaba, que precisamente mandaba a los de cursos superiores a casa a por su desayuno; y que en los días de lluvia alguna que otra vez,  los emisarios portadores del tazón de leche, situaban en los chorros de algún canalón y las sopas no eran ya solo de leche.
O copaban el negocio escolar, como D. José, maestro de 8ª curso que vendía en su clase los lápices, gomas, cuadernos y demás utensilios necesarios para su posterior uso allí. 
Al poco de empezar 2º, nos cambiaron de local, llevándonos al edificio que ocupaba la O.J.E., cerca del barrio, en la carretera de Granada, edificio que también era usado como vestuario cuando había partido de fútbol entre los equipos de la competición regional senior.
 En aquél lugar, nos pusieron a un maestro que llegó de fuera, madrileño creo recordar que era, joven y bueno con nosotros, dándonos las clases de una manera que no se estilaba por allí, y además no nos pegaba. D. Melchor era su nombre.
Tengo la impresión que nos trasladaron allí para integrar y dar clase a los niños de etnia gitana que vivían en las casas cueva del barrio de Las Santas, pues fueron compañeros nuestros cuando no lo eran en las clases del colegio Cervantes de la calle Mayor, de donde procedíamos.
La corta edad que tenía en ese tiempo, no me permite mencionar muchos detalles dignos de resaltar, pero continuaré; porque así, forzaré la memoria y dejaré reflejadas las buenas sensaciones que renacen cada vez que me acuerdo del niño que fuí.