Hubo un tiempo en el que la preocupación del adolescente se basaba únicamente en poder pasar de todo y no querer saber nada de rollos ajenos que no le afectaran directamente, (supongo que no habrá cambiado mucho la historia) y reírse de todo cuanto pudiera y cuanto mas tiempo mejor. Pues esa era la consigna generalizada imperante por aquellos años que cercaban el fin de la dictadura con la muerte del fallecidísimo. Aún andábamos en la adquisición y construcción de unas buenas bases que potenciaran todas nuestras facultades relacionadas con el cachondeo, el viva la virgen y la madre que la parió, así como los factores que desarrollarían posteriormente y en concordancia con el aumento de las experiencias que nos harían ser más intrépidos y desvergonzados, acarreando la falta de respeto a según qué cosas, situaciones o personas. El colegio en su último curso de estudio, coincidió con aquél 20 de noviembre del 75. Lógicamente el revuelo social así como el normal desarrollo diario de actividades, cambiaron y, o fueron suspendidas. No hubo clase al ir al colegio y a mí me salvó de algo perjudicial para el normal acontecer académico al que con regularidad tenía encarrilado con más o menos dificultad, pero en una línea aceptable. Ese dia, un trabajo sin hacer debía ser expuesto en la gran cátedra de las risas y el cachondeo cuando uno se quedaba con la boca abierta sin decir nada, o pegado con la mano agarrando la tiza en un punto de la pizarra, del cual era imposible despegarse si no era por el impulso que te acarreaba el hostión que con la mano abierta recibías en la colleja, golpeando la base de escritura o echándote para abajo con el peligro de besar la tarima del maltratador. Bueno, en esas estábamos cuando me libré de tal oportunidad de ser agraciado también con la posibilidad de recibir una dosis de jarabe de palo, viniéndome a huevo la suspensión de toda actividad escolar. Diferentes actitudes entre el personal adulto acompañó a la desaparición del innombrable, siendo la postura oficial la reinante y avasalladora respecto a las proclamas de alegría que fueron realizadas en privado y sin destacarse mucho, salvo las excepciones normales que hacen por lo menos, sacar a la luz la oposición al régimen político que imperaba y ahogaba las libertades. Nosotros, el chavalerío en general con los escolares a la cabeza, lo único que hicimos fue servir de monigotes representativos de la aflicción que imperaba entre el profesorado y centros escolares, que como instituciones públicas eran afines al régimen, manejándonos como muñecos y parte de las movidas organizadas para encumbrar y velar la memoria del régimen establecido que acababa de poner punto y final con la pérdida del dictador. Aparte de los más involucrados, que a nuestra edad eran dos contados con un dedo; la repercusión entre el alumnado se circunscribió a leer el último discurso del fallecido que imprimieron repartiéndolo por todos los estamentos oficiales y haciéndonos a nosotros partícipes de tan histórico documento. Como el normal desarrollo escolar, con el tropezón relatado de este episodio histórico, no cabe resaltar alguna anécdota que haga más destacado el relato de lo que se pretende. Paso a paso, las vivencias encadenan situaciones que seguiré plasmando según vengan los recuerdos y las percepciones de uno mismo sobre el tiempo pasado.
El paso de los días, acumulaba las semanas haciendo que la aclimatación al entorno, así como a los grupos del chavalerío, fuese integradora y facilitando el inicio de las relaciones personales; al ser una ciudad considerablemente poblada, pues ya en esos años en las ciudades circundantes a Madrid era muy numerosa su población, aumentando progresivamente el incremento de ciudadanos con ampliaciones urbanísticas, llamando a éstas "ciudades dormitorio", por la mano de obra que principalmente surtían a los polígonos en expansión y a la propia capital. La normal convivencia estabilizó los sentimientos, haciendo comparaciones con las distintas situaciones, y los diferentes descubrimientos de unas vivencias distintas superaron la inicial pesadumbre de lo que se dejaba atrás. El colegio fue el núcleo de todo movimiento y situaciones que relacionadas con las actividades y acciones que como críos que éramos, hacían que el paso del tiempo nos introdujera en una adolescencia llena de inquietudes y nuevas experiencias que nos despertaba de la modorra en la que manteníamos nuestra inocencia. Las risas continuaron la normal desenvoltura que nos hacía perder la vergüenza en todas y cada una de las situaciones que o bien provocamos o nos introducían en las mas variadas que por inesperadas se resolvían o dejaban un poso de disgusto, pues a esa edad la incertidumbre del comportamiento propio dejaba muchas dudas. Los cursos avanzaban con el tiempo cumpliendo años y la consolidación familiar al ritmo de vida, junto al fortalecimiento del grupo de amigos, conjugó las bases para que de una forma metafórica, perdiera el miedo a subir las escaleras hasta llegar a casa. Al igual que en el pueblo, estos años fueron mágicos también, felices, sin contratiempos que hicieran buscar cobijo en medidas distintas a las que la vida planteaba normalmente. Entre las distintas actividades del colegio, formaba parte del equipo de fútbol; la pelota, dichoso balón que no paraba de rodar y siempre pegado al pie. No se porqué ni cómo , pero en los juegos entre colegios, éramos de los mas cualificados y nos divertíamos bastante participando en las competiciones que se realizaban, disputándose también en varias modalidades deportivas, baloncesto, balonmano, atletismo. No recuerdo el año exactamente, pero sería con trece o catorce años cuando el ayuntamiento a través de un gimnasio municipal, organizó un equipo de balonmano en el que tras unas pruebas de los chavales de los colegios, entré a formar parte de él. Y ahora con el paso del tiempo, nunca podré olvidar esa experiencia por los compañeros que tuve y principalmente por el entrenador y un chaval con el que hice buena amistad. Jugaba con nosotros de portero en sus inicios por su envergadura de brazos y gran altura, pero luego profesionalmente jugó como lateral, quizá algún seguidor de éste deporte le recuerde, se llama Juan Pedro Muñoz, creo que era del colegio Juan de Austria o de San Pablo, no recuerdo bien; pero su nombre como profesional era el de "Papitu", jugó en el Barcelona, Atl. Madrid, Teka, Ciudad Real, siendo tambien baluarte de la selección. Y el joven entrenador, supongo que casi recién terminados los estudios y nuestro equipo de los primeros que entrenaría, era el actual seleccionador de España, Manolo Cadenas. No recuerdo la competición que jugamos, pero los partidos donde lo hicimos fueron en Madrid además de los de Leganés, sobre todos los que jugamos tengo memorizados; uno en un colegio de Chamberí y otro en el campo de atletismo de Vallehermoso, que tenía un campo de balonmano. Formamos un gran equipo, pero yo duré un año, creo; y no se los motivos por los que dejé el equipo, (supongo que coincidiría con el hostión con la bici en mi pueblo) ni tengo mas datos que añadir al respecto, por la memoria que no me hace el favor de complacerme en éste marcado tiempo. Y así, otra etapa colegial determina mi paso existencial por la vida, que transcurrió felizmente en Leganés.
El camión parado enfrente del portal, auguraba una circunstancia fuera de lo normal. Hacía unos dias que se sabía de tan pronta decisión, había sido tan inesperada que aún no se tenía conciencia, ni la asimilación de tal situación se interpretaba como inminente, aunque los hechos eran diferentes y según corrían los días, avanzaba el momento de tan incrédulo acontecimiento, deseando que la verdad escondiera otra realidad distinta, postergando la venida de tan inexorable desenlace. Las maniobras para el llenado de la caja del camión fue algo imprevisto y rápido pues aunque real la situación; las cajas y utensilios para cargar ya habían sido preparados y estaban a disposición de su portabilidad para ser introducidas en el camión. La tarde llegaba a su ocaso con todos los enseres dentro del camión, acarreando toda la identidad del hogar en el que tantas vivencias y recuerdos acumulados se iban con el porte dentro del vehículo. Todo acomodado como fiel rompecabezas que encajaba sus piezas sin alterar la composición que pudiera dar al traste con una combinación que estructurara fatalmente la óptima ubicación de los enseres. A punto estaba de cerrarse la compuerta trasera del remolque que tendía a encajonar todas las pertenencias que saldrían amotinadas a otro lugar, allá en los confines del mas lejano lugar, donde ni la imaginación pudiera situar, ni el mapa augurar unas pistas con las que poder orientar, pues el pueblo fue la frontera de cualquier lugar, por muy cercano que se pretenda situar; éste pueblo, en éste barrio, donde la casa hincaba sus entrañas en la tierra, había sido donde se formó toda fantasía e ilusión definiendo el mundo cercano a la realidad, cubriendo toda linde sin capacidad para soñar con otras tierras o con otro lugar. La luz del atardecer pronto se oscureció, el invierno atrapó la claridad tan pronto como el frío y helado viento acompañaba la aparición de la tímida luna que iba apareciendo entre estiradas y finas nubes anunciando el final diurno que acongojado se fue escondiendo entre lomas ,dejando escapar tenues luces anaranjadas encubridoras de los colores que representaría en el otro lado terrestre que presto estaría a iluminar. Los últimos besos, los definitivos abrazos que inútilmente se aferraban para no soltar esas cadenas que difícilmente harían olvidar los momentos pasados junto a la dicha por disfrutar la compañía entrañable y que habría que superar; ojos humedecidos por lágrimas de sentimientos compartidos de alegría y separados por la distancia que a punto estaban de otorgar el camino que presto se iba a comenzar.
Partido por el dolor, la pena, la incertidumbre; pero también por una esperanza que comience con los sueños inmaduros, recién surgidos, ilusorios de una vida mejor, o por lo menos, mas accesible a las normales pretensiones de supervivencia. Arrancó el camión con las miradas puestas en los que contemplaban la marcha. Incrédulas miradas de congoja ante la incertidumbre de un viaje sin pretensiones, de abandono, de inquietud, desasosiego, de indecisión ante lo desconocido. Lenta marcha y augurios lejanos de una nocturnidad fria y ruda, como el camino emprendido entre campos en la llanura de la duda. Entre la noche encubridora de los caminos, las plantaciones de cereales, las vides, los olivares siniestros, confabuladores del desconsuelo, la tristeza y el desaliento por tan agradables sentidos perdidos, abandonados sin remisión, en cada loma cruzada, en los pasos por poblaciones desconocidas, tenebrosas en la oscuridad, escondidas tras los muros de un amargo sentimientos de aislamiento y deserción. La gasolinera entre molinos de viento, pausa el trayecto, con un frío glaciar, congelando las lágrimas por el recuerdo perdido y la negativa de un regreso imposible de otorgar, confabulando la tiniebla el inmenso desamparo de una desilusión apesadumbrada. El trayecto cansino, amodorra los sentidos, anulando la percepción de los colores que poco a poco van clareando las intenciones de un viaje deseoso de llegar a su fin. A cada cambio de rasante, el alumbrado que se divisa, apuntala la ilusión de la llegada con el destino final que encumbra el ansiado desenlace. Otra percepción engaña el pensamiento, pues los núcleos poblados se hacen comunes y la proximidad del fin del trayecto, aparece cada vez que sus luces descubren otra población, decepcionando la espera, pues no es el destino esperado, confundiendo la razón y abatiendo el deseo que encumbre una esperada situación. El abandono de una vía general, introduce el vehículo entre parques y calles que auguran la localización del lugar donde presto esta el camión a parar. Craso error, se trata de una equivocación, que hace volver a deshacer el camino recorrido, para a la siguiente pista entrar a la via adecuada, que tomando otras desviaciones y calles entre señales indicadoras, preguntando a lugareños y acertando con las calles por donde entrar, llegamos a una esquina del cruce donde las obras de edificios están en su inicial actividad, dada la hora de llegada a tan singular barrio, que su construcción está empezando a germinar. Leganés, crece a golpe de familias extremeñas, andaluzas y madrileños, buscando precios de viviendas que en su ciudad no pueden pagar. En la esquina donde se sitúa el edificio que nuestra vivienda ocupa la cuarta planta, está mi padre esperando, mientras nosotros bajamos del camión, tomando posesión del terreno que sería nuestra mansión. .
Ya no podía hacer nada que resolviera la situación. Algo que pudiera parar el tiempo, y volviera al momento en el que cambiaría los hechos que ocurrieron, por otros que no tuvieran el fatal desenlace con el que la tarde se apagó. Una vez cometida la barbaridad que ocasionó, vino la conciencia pidiendo explicaciones. Entre dudas y excusas inútiles, juzgó y condenó los hechos, sin necesidad de testigos ni pruebas, que eximieran de la culpabilidad del hecho llevado a cabo. No sabía cómo había tenido tan mala y despreciable voluntad para causar tanto daño, ni qué odioso pensamiento turbó su cabeza, o cómo había llegado a destrozar la vida de las personas mas cercanas a él. Qué circunstancia y quien osó a empujarle para cometer tamaña crueldad sobre su propia familia. Pensaba en Juana, su hermana; la cuál estaría ahora destrozada. Ella se encontraba junto a su hijo, en la habitación del hospital donde había sido operado el chico, de las heridas producidas tras recibir un brutal hachazo, debatiéndose entre la vida y la muerte, cubierto de dolor y las lágrimas de padres y hermanos. En un momento de locura, la percepción de la realidad se volvió trágica. Falsas nociones de una impresión ilusoria creada por una discusión descontrolada y la aparición de una atrocidad sin límites, arrastrada por la pérdida de los elementales sentidos de cordura; abocaron a las insidias y desprecios causados en un torrente de violencia. Su sobrino Juan, aquél que cuando era niño, subía a cuestas y con él a la espalda, corría simulando un caballo, jugando como si lo hiciera con un hijo suyo, ese chico que durante toda su adolescencia y parte de la juventud, estuvo aprendiendo de sus enseñanzas prácticas, mostrándole las destrezas que debería aplicar en la buena cosecha de las tierras de labor, de las que se ocupaba en el cometido de la administración y por las que habían llevado a desencadenar tamaña desgracia. Ahora Juan estaba postrado con la parca, guadaña en ristre y rondando por si fuesen requeridos sus servicios, combatiendo duramente por un último suspiro. Recogieron al chico, inconsciente y sangrando tendido en la huerta, mientras el agresor corría sin rumbo en busca del lugar donde se ocultan los cobardes. Protegido por la oscuridad, su vago caminar no le ahuyentó de su maldita canallada, perseguido por el acecho constante de la culpa, revoloteando machaconamente, cual rapaz sobre su presa despreocupada.
No encontró consuelo ni descanso, pues tampoco en busca de ellos fue, mas una rabia desesperante se inoculó en su pensamiento, lleno de arrepentimiento, un juicio sensato que le hizo ver a su Juan, entre borbotones de sangre, caer como un guiñapo sobre la hierba crepuscular de la tarde, junto a la rampa que causó la disputa por la propiedad de la linde separadora de tierras. Llorando amargamente y fijando la vista en sus grandes y fuertes manos abiertas, fue consciente de la desgraciada actitud con la que había golpeado a todo su clan. Se derrumbó cayendo de rodillas, y golpeando con violentos movimientos de los puños sobre la tierra y maldiciendo entre gritos el momento en que atacó a su sobrino con la violencia empleada. Se incorporó apesadumbrado y abatido, decidido a asumir los tremendos errores que inició con la violenta discusión. En la noche encubridora, encontró a su captora. Su propia conciencia, que anteriormente le hizo ver su sangriento acto, y originó la aparición de la amarga sensación culpable de la furia empleada y la evidente superioridad física con la que se produjo el incidente, llevándole a un estado indolente y borrando cualquier sensación de dignidad. Anduvo hacia donde la luz emitía señales de vida, hacia el pueblo; a entregarse a su hermana.
El día se levantó sin pereza alguna, dibujando pausadamente todos los colores, de las estáticas siluetas de una mañana primaveral, reluciente, muy luminosa; con la estrella diurna queriendo abarcar hasta la sombra mas oculta del erial; traspasando una brisa venida del litoral, balanceando el mar de cereal, la floreada cúpula de los almendros y el plumaje del águila al planear.
Los rayos solares palpitaban excitados, clavándose como aguijones en toda flor que abriendo sus brazos acogían la sonrisa estelar.
El colorido expuesto, representaba la primera función diurna del maravilloso teatro universal, con un escenario difícil de igualar ni con el mejor lienzo soñado por pintar.
Avanzaba entre clamores de ánimo la estimable compañía del tiempo, cuando ya daban brincos de alegría la ingenuidad, la excitación y la aventura.
La concentración estaba a punto de germinar, entre hermosos lilos que esperaban junto a olmos, la llegada del primer aventurero para reunir a los demás. Deseosos de comenzar, ultimaban los últimos detalles en sus casas con los objetos para llevar.
El lugar de destino y la ruta establecida por recorrer, ya esperaban con inquietud la llegada del plantel.
El grupo se fue formando sin dilación. La hora de reunión estaba clara y salvo alguno que llegó con el pan untado en aceite en la mano, dándole bocaos sin control para hacerlo desaparecer rápidamente; no hubo problema de espera, ni mosqueo por tal circunstancia, sólo el Pepe faltó a la cita, mas la decepción dio paso a la alegría por el comienzo de la excursión.
Emprendieron el camino sin mas demora que la creada por las risas, el entusiasmo y el juego, que entretenidos los tenían.
Abandonaron el pueblo yendo por la carretera y tomando el camino del olivar cercano al colegio Natalio Rivas, donde a las zagalas les daban clase para aprovechar el estudio que con esfuerzo había que aprobar.
La marcha era apresurada porque entre la ilusión que proporcionaban las carreras y piques mostrando la diversión y las ocurrencias de algunos para descubrir en cada chiquillo su grado de implicación, desafiando a cada momento con una invención, y haciendo del camino una travesía del mejor cuento.
La polvareda levantada en el camino, desaparecía tan pronto los pasos se incaban en los terrones de los frutales. Las incursiones en todas direcciones y sin control, se producían según el fruto del árbol y la agilidad visual del descubridor de tan jugoso manjar. Se optaba por mordisquearlo o por efectuar una pequeña recolecta del fruto en cuestión para guardar y repartidlo después, una vez que el destino hubiese puesto el final de trayecto a la caminata.
Aunque el mediodía esperaba sosegado y algo alejado, el calor acariciaba los cuerpos de los chiquillos, corriendo sobre la tierra o subiendo a algún árbol frutal, advirtiendo el sudor, del comienzo de una pausa en el alboroto general. El camino allanó la moderación de los gestos y la recuperación del ritmo vascular. Las palabras tornaron melódicas y el tono agradable de escuchar, haciendo de la vereda el sitio para conversar.
Entre charlas banales y con pláticas generalizadas sobre el baño que se iban a dar, rondaban la ribera de una alameda encubridora del río que próximos y prestos estaban a cruzar.
La llegada a los andurriales ribereños, abrió el campo de visión escenificando otro paisaje que con una amplia perspectiva, situó a los personajes en la orilla bañada por una lenta corriente de tan preciado caudal.
De improvisto, unas impetuosas voces violentaron el plácido drama de la diversión, con demandas de abandono del lugar y amenazantes por su cercanía al sitio por donde pretendían cruzar y estaban dispuestas las ramas de liria para algún pajarillo atrapar; encaminando dichas palabras altisonantes, a dos gitanos que con impetuosos gestos pretendían controlar la situación.
Ante la sorpresa y los continuos ademanes de recriminación, el grupo se vio paralizado y preocupado por la posible entrada en un conflicto del que ni deseaban ni estaban preparados para ello, aunque el número superior de elementos les concedía una superioridad manifiesta.
Según avanzaban los gitanos hacia ellos, iba desapareciendo la congoja y la inquietud, pues los rostros se hicieron reconocibles y la abrupta declamación inicial se fue acomodando a una apaciguada charla que arreglaron con diferentes chanzas entre unos y otros.
Jesús y Raimundo, eran compañeros de clase en el edificio de la O.J.E. donde, todos participaban si no en los mismos juegos, sí de los mismos recreos donde el contacto era común entre todos los zagales, además de compañeros en clase de Aurelio, Salva y Fernando.
-Salva y los toros, muuuu.
Fue la coletilla de despedida que hizo Jesús mientras el grupo cruzaba el río dando saltos por encima de los canchos que sobresalían del agua.
La referencia al día que hicieron macuala, Mirón y Salva; se hizo generalizada entre los conocidos y cada vez que se encontraban era motivo para hacerlo resaltar entre risas y bromas. Y entre los gitanos se hizo mas popular la guasa saliendo a relucir en cualquier momento, como cuando iba a ver a sus abuelos a las cuevas y se cruzaban saludándose con el consiguiente soniquete.
El tránsito hasta el nacimiento de agua embalsada, fue mas entretenido a causa de la anécdota que les ocurrió, siendo comentada entre risas y bromas por tal situación.
El baño se hizo eterno, la alegría compañera y sujetando la amistad, el cómplice señuelo de la querencia, que entre chapoteos, risas y bromas dio calidad a la reunión.
Estuvo el tiempo, avisando de la llegada del término de la mañana, rebosado ya el mediodía.
Pasó como un rayo, aunque nadie prestó atención; y metidos en el agua, se percataron del aviso lejano que en su momento les dejó señalado el reloj, saliendo con prisas del manantial y corriendo sin pausa hasta llegar al hogar, con la bronca montada por tardar y no consumir junto al clan familiar, lo preparado para yantar.
Los años que transcurrieron desde mi llegada de Huéscar hasta que surgieron todas las movidas políticas; huelgas, manifestación, palos y carreras; fueron dentro de una escolarización normal e integradora, pues tanto alumnos como amigos del barrio, teníamos igual procedencia y si no, la chavalería indígena era sociable e integradora. Con la muerte del dictador, todo cambió. El proletariado se echó a la calle, los estudiantes exigieron cambios educativos, y los derechos cercenados reclamaron su protagonismo, dando todo ello como resultado la ocupación represiva por parte de los maderos, con las lecheras ocupando espacios y llenandolas de personal en desacuerdo con las libertades restringidas. No teníamos margen para otras cosas que para seguir con la tontería de la edad del pavo, dejándonos influenciar por la juventud que sí estaba en otras historias y nos arrastraba por inercia y protagonismo. La salida del colegio y sin perspectivas de trabajo a esa edad, coincidió con la apertura del instituto de bachillerato en el barrio. Fue como la guardería para ociosos y desocupados, dándonos la alternativa de pasar un año sabático dentro del cocido que empezaba a bullir entre los movimientos estudiantiles, auspiciados por grupos comunistas y revolucionarios, haciéndonos partícipes a todos aquellos que o bien pasábamos de estudiar, o nos sentíamos representados con las reivindicaciones estudiantiles. Ese año del 76 nos hizo creernos el centro del mundo. El vacile con las niñas, el cigarrito, los grupos influyentes e influenciables, la supremacía de las personalidades en aumento, la hegemonía de la fuerza física y tantas movidas que a flor de acné suelen supurar, nos catapultó a otro estado emocional. Como digo, el año de instituto fue una transición de críos mayores con la estima por los aires y con la creencia de que dejar tras de sí el colegio, daba un plus en la madurez como para sentirnos unos hombres hechos y derechos, pero bajo la cobertura de las alas maternas que nos eximia de cualquier responsabilidad. Sirvió para que una minoría tomara ya conciencia de sus responsabilidades; no tanto la mayoría que seguíamos con la tontería. Creación de asociaciones juveniles de estudiantes reivindicando mejoras estudiantiles, así como políticas, grupos de actividades, etc; descubrimientos de la psicodelia, de las sustancias estupefacientes, del sexo; bueno de todo aquello que tan reprimido estaba. Pasa el tiempo entre movidas sin provecho y termino en el año 77, ingresando en el internado del Ejercito, en I.P.E, nº 1, en Carabanchel. Pero esa etapa merece mención aparte por todo lo que supuso en mi desarrollo personal y moral, caracterizando mi personalidad basada en la disciplina y responsabilidad ante mi toma de conciencia de donde me había metido. Tres años hasta la mayoría de edad en el año 80, que la movida madrileña musical se encargó de pasar un tanto de largo, pues nuestra preferencias musicales eran otras y nuestro caudal dineral no daba para frecuentar las salas pijas donde se fraguaba todo el tomate de los pudientes madrileños. Con la mayoría de edad recién cumplida y comiéndonos la vida a bocaos, saltando de flor en flor como las abejas, recogiendo todo lo que íbamos descubriendo de la coincidencia entre la llegada de las libertades políticas con el crecimiento personal, tanto físico como mental; y despertando de la tontería que teníamos encima, así como de la enseñanza que se nos impartió; "llegamos aquí : - Una isla de caramelo, con montañas de turrón; ríos de leche, cataratas de licor, bosques de fresas". Ya por entonces, con métodos empleados de diferentes maneras a lo largo de la ya empezada transición?, (esa es otra discusión que merecería una valoración fuera de lo tratado ahora), la sociedad abrió caminos por donde reconducir muchas y variadas sensibilidades sociales, políticas y de convivencia; que la juventud, trató de aprovechar al máximo. Unos y otros, tomamos decisiones y caminos, que en mi caso ya parecía que se estaba encauzado o tomando la dirección que me llevara a determinar mi futuro. Al igual que en mi infancia, la amistad fue la clave de mi realidad social y de convivencia con el resto de las personas que me rodearon en el momento al que me refiero. Haciendo resaltar la normal convivencia familiar bajo un entorno que hacía posible una buena relación y ayudándome en todos los aspectos necesarios para que mi transito fuera mas presumible a la circunstancias que se dieron, teniendo a mis hermanos (Carmen y Pedrito, principalmente, con los que convivía) como garantes de mi estabilidad tanto monetaria como de apoyo emocional. Las posibilidades que me surgieron entre la gran cantidad de compañeros en el internado, haciendo amistades perdurables, como son todas las que tienen en común el contacto total diario; y los que ya lo eran desde el colegio en Leganés, con iguales características, pero sin las comidas y la noche en común, hicieron que mi tránsito fuera casi pletórico por no pecar y ser tachado de pedante. Solo debo reconocer la nostalgia infantil de aquellos con los que no compartí convivencia posteriormente, pero siempre serán considerados como los primeros y mas puros, pues su amistad procede de la inocencia, donde la alegría busca consuelo. Los años desde mi llegada como paleto a la urbe ciudadana fue de integración rápida, pues casi toda la población que habitaba las nuevas construcciones, lo eran por el hecho de la llegada masiva de mano de obra barata para el circulo industrial madrileño; en su mayoría eran exiliados de tierras extremeñas y en menor medida aunque también importante de andaluces, como era nuestro caso. Hay muchos cuentos, relatos y vivencias destacables de aquellos años, por todos los sitios donde nos movíamos, la de risas que surgían en cualquier ocasión o como consecuencia de situaciones que solo bastaba una mirada para partirse el bullaca; en esos billares donde se agitaba y aparecía la picaresca cervantina de Rinconete y Cortadillo. La entrada del "Sandokan", ya era claro aviso de atención, por el vacile que representaba y sus puestas en escena jugando al billar, eran dignos del mayor interés, estando al loro de cualquier movimiento que hiciese flotar cachondeo en cada pequeño rincón de la pequeña estancia. Resaltaba la vestimenta, pues llevaba pantalones sin cintura de campana (a la moda macarrera), marcando paquete y cuando le tocaba tirar a las bolas con el taco sobre el tapete, lo primero que hacía era poner las suyas sobre la mesa (en determinadas posiciones mas alejadas), sopesando e intentando averiguar cuáles eran mas grandes, las suyas o las de la mesa (suposición nuestra); haciéndonos partir de la risa a todos los críos que estabamos pendiente de la movida y en complot para el divertimento. Como muestra sirva ésta anécdota como botón de muestra, con otras historias que se quedan en el recuerdo sin definir importancia ni oportunidad, sino que al no poder memorizar toda nuestra vida, éstas tienen el honor de pasar a la posteridad.
Huéscar, plaza de toros. Años 70. - Puerta del sol
conocelasfiestasdehuescar.blogspot.com.es/
La cartera cogida por las asas se balanceaba lentamente al compás de los pasos. Salva miraba en todas direcciones intentando localizar a algún amigo, con quien pudiera recorrer el camino hasta las clases, donde los habían situado el año anterior, alojando los cursos de 2º y 3º, en el edificio de la O.J.E.
Lo mas peculiar y novedoso de allí, era el espacio dedicado al recreo, que contaba con un campo de balonmano, el cuál también era empleado para jugar el hockey sobre patines, que de vez en cuando practicaban jóvenes, que se suponía eran del instituto, o de la organización juvenil que tenía su sede allí. De éste deporte poco conocimiento se tenía de él en aquellos lares y menos a esa edad infantil donde saliendo del futbol, no era muy habitual encontrar acomodo en otros juegos de equipo. La gran casa señorial, habilitada para la ocupación por la asociación juvenil del régimen y como centro escolar, estaba situada junto a la carretera de Granada, donde comenzaba haciendo intersección la via a Castríl. Al lado de ésta calzada estaba situado el campo de fútbol, que tenía las dos porterías ocupadas con sendos grupos de chiquillos disputando la posesión de una pelota, en el suelo los libros y otras carteras; debajo de la arboleda de la carretera, junto a la acequia tras una portería, estaban otros niños sentados intercambiando cromos, ajenos a cualquier bulla que pudiera alterar la concentración que requería tal negocio. La escandalera del juego, alborotaba la escenificación teatral representada en todo lo largo y ancho del terreno dedicado al futbol y empleado como antesala al patio del colegio que tan próximo estaba. Las niñas en grupos, ya se acercaban caminando entre sonrisas y cuchicheos, unas correteando detrás de otras, solas iban algunas hasta su colegio, que tan cerca del otro estaba. También se saltaba a la comba, siendo los últimos saltos, rápidos y continuos; una detrás de otra saliendo corriendo según se abandonaba la cuerda. Salva se había juntado con Mirón, que rondaba la puerta del colegio sin definir su entrada, merodeando las proximidades, yendo de un ciprés a otro, recogiendo las pequeñas piñas redondas que al alcance de la mano tenía de árboles tan estilizados. -¿No has traído los libros?. Preguntó Salva nada mas verle, tirando piñas contra objetos en el suelo. - Que va, no pienso subir a la escuela. - ¿Y te vas a quedar aquí?- - No, me voy p'al río, ¿te quieres venir?. - Ostias zagal, no me atrevo, si se entera mi padre... - No se enteran, el maestro no dice nada. - Joer que no, vive junto a mi casa y como se le ocurra decírselo, no veas la que se lía. Cogían los dos, pequeños frutos de los alargados árboles; que tras tomar diferentes marcas o sitios donde apuntar, tiraban con clara intención de acertar más veces que el otro, acabando escondiéndose y tomándose ambos como objetivo entre risas y correrías, que tras unos tímidos lanzamientos y viendo que el momento de entrada a clase se acercaba, dieron por finalizado el enfrentamiento. Mirón le comentó a su amigo la conveniencia de irse y pasar la tarde recorriendo caminos y jugando. Las proximidades del centro escolar ya estaban poblándose de zagales según avanzaba el tiempo, y sin casi margen de respuesta, Mirón conminó a su amigo a seguirlo mientras se alejaba lentamente haciéndole ver su marcha. En un rápido movimiento de respuesta al envite de su amigo, el Salva salió corriendo detrás de él, haciendo de ésta reacción una carrera hacia un lateral de la carretera con dirección al parque, donde buscarían cobijo bajo la arboleda. Fugaz fue la entrada al ajardinado espacio entre las risas nerviosas y la gran excitación causada por tamaña osadía cubierta de arrojo y determinación, fuera de la habitual conducta de los dos. Dentro del parque entretuvieron el tiempo haciendo correrías entre el laberíntico jardín y escondiéndose con sutileza para evitar las miradas de los paseantes y alumnos del instituto cercano, que también pululaban por allí en el edificio próximo al cuartel de la guardia civil. Jugaban y se entretenían sentados en los polletes de la pérgola que cruzaba en anchura la longitud del vergel, separando un parterre floreado y con distintos tipos de árboles representativos de la zona; de otro sector mas ajardinado con setos altos cercando a diferentes especies formando una majestuosa arboleda donde la altura y gran follaje, envolvian una plaza central con kiosco, palomar y zona de juegos. Próxima a los columpios, se podia ver entre las serpenteantes sendas que escondían los setos, la efigie labrada en piedra de una cabra postrada, compañera inseparable y representativa de la historia del parque. El tiempo parecía no pasar hasta que determinaron abandonar la idílica estancia, que entre correrías y sigilosas escondidas para evitar el oteo de algún cazador susceptible de llamar la atención a dos niños fuera de su hábitat en horario colegial, llegaron a la escalinata que daba acceso al arco amurallado de la Torre del Homenaje, y tras cruzarle llegaron a la puerta de la plaza de toros, que por algún motivo desconocido se encontraba abierta, posibilitando el paso hacia el interior que sin miramientos ni vergüenza realizaron con rapidez y sigilo. La nula visión de persona alguna que les hiciese retroceder en sus pasos, les envalentonó hasta bajar al coso de la plaza que tras un salto desde la grada, de la que su pared vertical hacía de barrera del ruedo, en la que habían otras protectoras de situación para los diestros con salida de escape. La ilusión era desbordante, el juego se hizo imaginario y fantasioso, acrecentado con el hallazgo de una cornamenta de toro que redondeó la escapada y le dió sentido a los pases de muleta que comenzaron con la fascinación y encantamiento de una experiencia ilusoria, desarrollada con todas las artes que intervinieron en la corrida de toros de aquella tarde inolvidable que incluso tuvo una salida a hombros; aunque simulada y figurada, pues la cruda realidad les hizo salir corriendo velozmente por uno de los vomitorios de la barrera mas cercana, al verse descubiertos por los responsables de la custodia de la plaza que a voz en grito le recriminaron su estancia en dicho lugar. Llegaron rápidamente a la puerta de salida, como el espontáneo que huye de sus captores cuando intenta hacer una faena, faena que ellos sí hicieron y finalizaron con las dos orejas y el rabo de un toro fantástico, fabuloso en su comportamiento ante los envites de la muleta. La huida imprevista de la plaza y el tiempo transcurrido, les hizo coincidir con el normal tránsito de la salida del colegio, que veìa a los niños marchar hacia sus casas o entre juegos disfrutando de la libertad colegial; coincidiendo con la apertura de establecimientos junto a la rutina diaria de la población que hacía camuflar la aparición con el resto, naturalizando su presencia en el entorno creado. Pletóricos de felicidad, se despidieron en el mismo lugar donde se encontraron, entre alegres sonrisas y exultantes de regocijo junto a los cipreses. Salva corría agitando la cartera al ritmo de las veloces pisadas, en la que se escuchaba el violento desplazamiento del plumier, de los libros y el bloc de escritura, donde seguro haría una reseña de tan estupenda tarde de macuala... y novillos.
Ésta fotografía salió publicada en el diario Ideal de Granada, no recuerdo la fecha, pero rondaría primavera-verano de 1970 ?. Con ocasión del triunfo del equipo en la liga local infantil de Huéscar.
La alineación es: - Luis León, Pepe Bueno, Aniceto Romero, Sola Vera, Pedro (mi hermano), Sandalio Fuentes, J. Domingo Casanova. Abajo: Pepe Fernandez, Salvador (yo) , Angel (Cucano), Jesús Chillón Fuentes (Chules), Manuel García Breau, Miguel Angel. Ya que hago mención a los jugadores, me gustaría hacerlo tambien con nuestro entrenador, presidente, representante y guía futbolístico, D. José Fernandez Motos, también padre de nuestro amigo y jugador Pepe, a mi lado y con el balón.
Hace poco, escuché decir : - "La patria de uno, es su infancia". Y no hay mayor sentimiento que aquél creado en la infancia, por mucho que nos hagan sentir aquellos que tenemos de adultos. En el barrio La Paz, tengo guardadas todas las sensaciones que formaron mi personalidad, por mis padres, hermanos, familiares y amigos. También se suele decir, "que uno es como son sus amigos", y creo que no le falta razón.
La sucesión de acontecimientos donde las percepciones se acrecentaban en cada momento, y se desarrollaban experiencias gratificantes, ya fueran nuevas o continuadoras de las ya vividas; para resaltar que los días escolares estaban llenos de anécdotas de todo tipo y relacionadas con las diferentes actividades que surgían. El desarrollo escolar no es completo si la faceta donde los juegos son protagonistas y hacen surgir la risa, diversión y entretenimiento, no aparecen.
Con cada patada dada a un balón, en la escuela, en la era, de la que nos separaba la carretera a Castilléjar, o en el campo de fútbol, donde ahora está el centro de salud y polideportivo; se proyectaban las alegrías e ilusiones que no nos dejaban ver mas allá de la trayectoria del lanzamiento de la pelota. Por regla general, era la calle lisa del barrio la Paz, donde la textura del suelo nos hacía emplearla para todo tipo de juegos, en la que los partidillos o lanzamientos a portería o cualquier variable del juego, empleábamos con más asiduidad por comodidad sobre todo; con el inconveniente de las roturas de los cristales, debido al gran número de ventanas y grandes cristaleras que había. La plazoletilla del mismo barrio, que hacía de estadio con semi-gradas protegido por las viviendas alrededor, dirimía los enfrentamientos entre los grupos de distintas zonas del barrio o calles. Dicha plazoleta central del barrio, unía las calles, sirviendo éstas de rectángulos aptos para la práctica futbolística (cualquier lugar es idóneo cuando de una pelota se trata), facilitada también por la colocación de columnas que hacían de porterías, en los frentes de las viviendas y de acceso a los patios interiores donde había cuatro casas, con una pequeña fuente con o sin agua en el centro, dependiendo de su estado.
El caso es que el diseño de los bloques de viviendas, y el barrio en su conjunto, parecía hecho a medida para el divertimento, disfrute, reunión y hermanamiento tanto de la muchachada como de las familias, debido a la facilidad de comunicación e interacción posibilitada por su distribución. En la fotografía superior que acompaña el artículo, se aprecia el barrio y el lateral de los bloques (en el de color blanco, se aprecian las columnas y el porche de acceso al patio interior, donde los días lluviosos eran ideales para cualquier juego por su amplitud), de forma cuadrangular y ocho viviendas en cada edificio. Detrás de Sandalio (el más alto), está la que fue mi casa, frente a los árboles, junto a los bancos de un pequeño jardín con lílos, de donde arrancábamos las hojas y dibujábamos con ellas sobre el granito de los bancos para jugar a las tres en raya; a los cromos, a las cartas, etc.
En primavera o verano, a la llegada del buen tiempo y la noche, todos los alrededores de las puertas de las llamadas casas chicas (por menor habitabilidad) eran ocupadas por grupos de sillas, vecinos juntos y revueltos, y aquellos que ocupaban las viviendas con porche, o se quedaban en él o se reunían en los bancos cercanos, con pequeñas zonas ajardinadas; y de nosotros los zagales, se podría dar la circunstancia de estar cenando y jugando en la calle, casi casi a la misma vez. En párvulos tenía una maestra, Dña. Carmen; que aunque autoritaria, nos trataba muy bien y por su cercanía de casa con la escuela, fácil era que de vez en cuando hiciéramos algún desplazamiento en pos de un recado para ella. Cosa de uso común era la utilización del alumnado como emisarios o botones del profesorado. El maestro de segundo curso, D. Antonio se llamaba, que precisamente mandaba a los de cursos superiores a casa a por su desayuno; y que en los días de lluvia alguna que otra vez, los emisarios portadores del tazón de leche, situaban en los chorros de algún canalón y las sopas no eran ya solo de leche. O copaban el negocio escolar, como D. José, maestro de 8ª curso que vendía en su clase los lápices, gomas, cuadernos y demás utensilios necesarios para su posterior uso allí. Al poco de empezar 2º, nos cambiaron de local, llevándonos al edificio que ocupaba la O.J.E., cerca del barrio, en la carretera de Granada, edificio que también era usado como vestuario cuando había partido de fútbol entre los equipos de la competición regional senior. En aquél lugar, nos pusieron a un maestro que llegó de fuera, madrileño creo recordar que era, joven y bueno con nosotros, dándonos las clases de una manera que no se estilaba por allí, y además no nos pegaba. D. Melchor era su nombre. Tengo la impresión que nos trasladaron allí para integrar y dar clase a los niños de etnia gitana que vivían en las casas cueva del barrio de Las Santas, pues fueron compañeros nuestros cuando no lo eran en las clases del colegio Cervantes de la calle Mayor, de donde procedíamos. La corta edad que tenía en ese tiempo, no me permite mencionar muchos detalles dignos de resaltar, pero continuaré; porque así, forzaré la memoria y dejaré reflejadas las buenas sensaciones que renacen cada vez que me acuerdo del niño que fuí.