Continúa para no acabar, pues parece que aún con la edad que nos otorga el paso del tiempo, seguimos jugando con el niño o adolescente, y el joven que han pasado por nuestros sentidos formando nuestra personalidad y características que nos hacen tomarnos las situaciones de una u otra manera, y así nunca dejaremos de jugar, aunque sea a torear la madurez que se nos supone en distintas decisiones que debemos tomar para el normal o anormal acontecer del camino elegido. Es curioso, que solo una distinta decisión o viraje en cualquier esquina para un sentido u otro nos puede cambiar la vida de una manera positiva o negativa, que ya nos dirá el final o bifurcación del camino si fue acertada o no el giro que nos hizo tomar esa decisión y sin embargo, no somos conscientes de la importancia que tienen esas decisiones. Y con catorce o quince años, estábamos todavía pelando la pava y al salir del colegio las oportunidades no eran muchas, los estudios que ampliaran los conocimientos no eran fáciles de seguir pues en poblaciones tan numerosas, aunque la oferta estaba en consonancia con el número de alumnos que dejábamos los colegios, a la continuacion de los estudios no ayudaba la costumbre de empezar a trabajar nada más dejar la e.g.b. En nuestro barrio edificaron un instituto de referencia para las poblaciones mas cercanas, de algunos alumnos que venían de otros sitios del sur (casos excepcionales) y claro para los alumnos que salíamos de los colegios cercanos. Se inauguró coincidiendo con la apertura de un centro cultural enfrente y en la misma plaza, a casi la misma distancia que tenía del colegio pero en dirección opuesta. Fue el no va mas. No podían haberlo hecho con otra intención, que la de agradarnos y para regocijo de la muchachada. Antes de la apertura, en la entrega del mobiliario dió la casualidad que nuestro grupo rondaba precisamente por los alrededores y llegó un camión con las mesas y sillas para las aulas reclutándonos el camionero con nuestro beneplácito y previo pago de 500 leandras por cabeza, para descargar e introducir el material en las aulas. Fue duro, pues no éramos muchos y las sillas con mesas a bordo de la caja del camión, parecían que no iban a agotarse nunca. Pero salió "de lolás", nosotros mas felices que unas castañuelas. Me fui corriendo a casa a darle el dinero a mi madre, mi primer sueldo; con catorce años. El insti y el centro de cultura aledaño guardan historias dignas de novelas de suspense, policíaco y hasta de género indeterminado, pero eso será para otra ocasión. Hoy el instituto se ha convertido en una biblioteca, centro cívico Santiago Amón, y la casa de la cultura mencionada, desapareció de la plaza.
Al fondo el colegio, a la derecha del coche los billares, mi casa detrás del fotógrafo.
Por aquellas fechas, rondaba la navidad con su número premiado de la lotería, el normal bullicio de tan señalada fecha plasmaba la alegría en los rostros que con mas o menos posibilidades económicas, siempre hacían variar la actitud con respecto a otras épocas del año. La adaptación, tanto a la vivienda por estrenar, como al nuevo barrio y ciudad, así como a las personas que lo habitaban; no fue muy difícil, pues el común trasiego diario hizo que el conocimiento y la habitual rutina, diera como resultado la integración mas o menos paulatina entre una población en su mayoría emigrante de Extremadura y en menor medida no muy lejana, andaluces como éramos nosotros. El tiempo vacacional que proporcionaba el colegio, facilitó que la muchachada anduviera en la calle continuamente, haciendo posible que el acercamiento a cualquier grupo de los que se formaban, fuese mas factible a la hora de hacer amigos. Y como siempre, fue la pelota la que entró en juego para hacerme partícipe de la comunicación con otros chavales, pues allí ya no había zagales. Casualidades de la vida, hicieron que mis primeros amigos fueran extremeños, y uno de ellos de Jarandilla de la Vera, donde posteriormente, al cabo de los años sería zona de peregrinaje, idas y venidas, y lugar de largas estancias. También hizo la casualidad que ellos fueran a otro colegio diferente al que iba a ir yo, lo que posibilitó después que mi grupo de amigos aumentara en mayor proporción, pues todos eran del barrio pero no pertenecían al mismo grupo de amigos y así me hice con un amplio núcleo de conocidos que hizo mi adaptación mas rápida de lo que hubiera esperado. Aunque mi temprana edad, en febrero del 73 cumplí 11 años; no me impidió rondar unos billares que estaban situados en la acera de enfrente del colegio a poco mas de cincuenta metros de mi casa en la misma calle, como hecho a posta para que uno no tuviera dudas de cómo debía emplear su tiempo libre, esos billares y otros situados en diferentes barrios, marcaron la adolescencia y juventud de toda la muchachada al ser referente de encuentros, juegos, risas, quedadas, música, peleas, y todo lo que cabe en un lugar como ese. La finalización de las vacaciones navideñas, dieron paso a mi incorporación al colegio cercano a la casa donde mi vida circulaba por otra estación, Marqués de Leganés se llama, cabe destacar que entré en una clase que juntaba dos cursos, el de procedencia mío 4º, y también 5º; en una estancia apartada del núcleo de clases donde supongo iban juntando a las nuevas incorporaciones que no tenían cabida en las clases de alumnos, ya establecidas en su capacidad y normal funcionamiento. A partir de ahí, también desapareció la palabra " macuala", siendo sustituida por la de "novillos". El profesor que teníamos, Pedro se llamaba; me impactó al no tener mucho parecido o casi ninguno al tipo estándar que en esa fechas era un maestro. Joven, seguro que recién salido de la universidad, alto, bien parecido con el pelo largo recogido en una coleta y con una labia que a unos críos como lo éramos a esa edad, nos encandilaba nada más abrir la boca. A mí me sorprendió desde el primer momento por la distinta percepción que él tenía de la enseñanza, comparada con la que traía del pueblo; aunque éste profesor era una excepción que confirmaba la regla del aprendizaje en esos años, y en ese colegio también, pues el adoctrinamiento franquista era común y su estricto cumplimiento, norma, aún resonaba en las filas hechas para entrar a clase el cantado "cara al sol" con collejas al pasar para dentro del edificio; siendo el resto de profesores modelos representativos de la educación establecida, aunque con las personalidades distintas que hacían de su práctica en la enseñanza, distintos métodos y más acorde con los tiempos que avanzaban. Eso sí, si había que soltar la mano, era muy fácil que saliera a pasear con frecuencia. Otra diferencia, y además muy sorprendente; era que en esa clase estábamos juntos niños y niñas, cuando en el colegio había un edificio separado por el patio para cada grupo representado por el sexo. Y claro, la novedad hizo alarde de suposiciones fantasiosas, enamoramientos tempranos y frustrados, amistades poco usuales dadas las características de la extraña experiencia de juntar ambos sexos en una misma clase, y la clásica valentía para sorprender o también la común timidez para encubrir. Cabe aclarar que a lo largo de los años posteriores como estudiante, jamás volví a compartir aulas con chicas. Así fueron los primeros pasos nada mas llegar a Leganés, resaltando que fuimos los primeros vecinos en habitar el conjunto de viviendas que conformaban el edificio, nueve en total mas el piso piloto que aún estaba como muestra de los compradores; y esa circunstancia de ser los únicos que vivíamos y ademas en la última planta, la cuarta; hizo que por las noches al subir a casa lo hiciera con la impresión del seguimiento por parte de alguien o la espera en cualquier descansillo del mas temible atracador o yo que sé, qué tipo de persona; pero hasta que se hizo rutina y pasó mucho tiempo, junto a la venida de nuevos vecinos, subía a casa a toda velocidad y jiñao por lo que pudiera pasar.
Una alborada rara, nada usual, extrema y extraña para acomodarla a la visión normal coloreada de unos tonos claros, limpios de elementos ajenos al descubrimiento de la luz, acostumbrada al verde ajardinado y a la esmeralda arbórea, los añejos tejados cerámicos y al ocre deslumbrante del cereal, la nula presencia de la polución criminal. Despuntando el dia irrumpía la luz natural, entre luciérnagas de faros en movimiento y gases tenebrosos, encubridores de la claridad que pretendía asomar. Acaparaban la ciudad todos los brillos escondidos entre bloques de hormigón, que dejaban atisbar una velada confluencia de lineas cromáticas difusas salidas de una densa amalgama vaporosa que difuminando la llegada estrepitosa, entremezclada por las multitudinaria actividad que a tan pronto instante, recibía al transporte, en el barrio de ese arrabal. Plantándose frente al portal donde la vivienda estática, esperando ser habitada, cumplía la incógnita del destino. El ruido era seña de actividad, voces tempranas pidiendo material, encarrilando paneles, vigas y ladrillos a desempaquetar. Maquinaria transportando, bajando, subiendo todo lo necesario para trabajar. Cubriendo y cerrando los bloques encofrados, plantados entre forja y cemento, representando el auge de la urbanización, destinados a cambiar el panorama del paisaje que entre cereales y verduras daban a los colores matices que el ladrillo iba a borrar. Resolviendo planos dibujados para ordenar la estructura principal; abriendo calles, desplazando la huerta convertida en escombrera, cuadrando parcelas para ajardinar y esbozando los sueños de quien iba a habitar tan creciente expansión de la ciudad, de las variadas construcciones que en ese momento se elevaban por los cuatro costados de la población y de ellos, habían ido a parar a esa barriada, tan común y significativa como el entorno que las circundaba. Ocupadas algunas viviendas ya, asomaban unos propietarios las cabezas para ver, a quien acababa de llegar; las primeras salidas para cumplir las tareas encomendadas, las correrías para llegar a los lejanos colegios que algunos debían asistir, aún teniendo en la misma calle el que cobijará al recién llegado con plaza concertada con anterioridad, el movimiento del personal despierta la barriada, sonando las puertas de comercios, transportes de reparto y las voces anunciadoras del normal tránsito que determina el despertar de la ciudad. Dispuestos los enseres para desembalar las ilusiones, los recelos y las inquietudes; para poner en funcionamiento todo el entramado y ocupar donde se iban a alojar, la curiosidad morbosa campando por el ensanche de aquella ciudad, abría camino a todo tipo de cuchicheos, comentarios y sonrisas acogedoras, tan necesitadas de compañía. El pueblo queda atrás, solo el recuerdo lo hace vibrar y la nostalgia comienza su caminar, añorando nada mas llegar, la dulce salida del alborear.
El camión parado enfrente del portal, auguraba una circunstancia fuera de lo normal. Hacía unos dias que se sabía de tan pronta decisión, había sido tan inesperada que aún no se tenía conciencia, ni la asimilación de tal situación se interpretaba como inminente, aunque los hechos eran diferentes y según corrían los días, avanzaba el momento de tan incrédulo acontecimiento, deseando que la verdad escondiera otra realidad distinta, postergando la venida de tan inexorable desenlace. Las maniobras para el llenado de la caja del camión fue algo imprevisto y rápido pues aunque real la situación; las cajas y utensilios para cargar ya habían sido preparados y estaban a disposición de su portabilidad para ser introducidas en el camión. La tarde llegaba a su ocaso con todos los enseres dentro del camión, acarreando toda la identidad del hogar en el que tantas vivencias y recuerdos acumulados se iban con el porte dentro del vehículo. Todo acomodado como fiel rompecabezas que encajaba sus piezas sin alterar la composición que pudiera dar al traste con una combinación que estructurara fatalmente la óptima ubicación de los enseres. A punto estaba de cerrarse la compuerta trasera del remolque que tendía a encajonar todas las pertenencias que saldrían amotinadas a otro lugar, allá en los confines del mas lejano lugar, donde ni la imaginación pudiera situar, ni el mapa augurar unas pistas con las que poder orientar, pues el pueblo fue la frontera de cualquier lugar, por muy cercano que se pretenda situar; éste pueblo, en éste barrio, donde la casa hincaba sus entrañas en la tierra, había sido donde se formó toda fantasía e ilusión definiendo el mundo cercano a la realidad, cubriendo toda linde sin capacidad para soñar con otras tierras o con otro lugar. La luz del atardecer pronto se oscureció, el invierno atrapó la claridad tan pronto como el frío y helado viento acompañaba la aparición de la tímida luna que iba apareciendo entre estiradas y finas nubes anunciando el final diurno que acongojado se fue escondiendo entre lomas ,dejando escapar tenues luces anaranjadas encubridoras de los colores que representaría en el otro lado terrestre que presto estaría a iluminar. Los últimos besos, los definitivos abrazos que inútilmente se aferraban para no soltar esas cadenas que difícilmente harían olvidar los momentos pasados junto a la dicha por disfrutar la compañía entrañable y que habría que superar; ojos humedecidos por lágrimas de sentimientos compartidos de alegría y separados por la distancia que a punto estaban de otorgar el camino que presto se iba a comenzar.
Partido por el dolor, la pena, la incertidumbre; pero también por una esperanza que comience con los sueños inmaduros, recién surgidos, ilusorios de una vida mejor, o por lo menos, mas accesible a las normales pretensiones de supervivencia. Arrancó el camión con las miradas puestas en los que contemplaban la marcha. Incrédulas miradas de congoja ante la incertidumbre de un viaje sin pretensiones, de abandono, de inquietud, desasosiego, de indecisión ante lo desconocido. Lenta marcha y augurios lejanos de una nocturnidad fria y ruda, como el camino emprendido entre campos en la llanura de la duda. Entre la noche encubridora de los caminos, las plantaciones de cereales, las vides, los olivares siniestros, confabuladores del desconsuelo, la tristeza y el desaliento por tan agradables sentidos perdidos, abandonados sin remisión, en cada loma cruzada, en los pasos por poblaciones desconocidas, tenebrosas en la oscuridad, escondidas tras los muros de un amargo sentimientos de aislamiento y deserción. La gasolinera entre molinos de viento, pausa el trayecto, con un frío glaciar, congelando las lágrimas por el recuerdo perdido y la negativa de un regreso imposible de otorgar, confabulando la tiniebla el inmenso desamparo de una desilusión apesadumbrada. El trayecto cansino, amodorra los sentidos, anulando la percepción de los colores que poco a poco van clareando las intenciones de un viaje deseoso de llegar a su fin. A cada cambio de rasante, el alumbrado que se divisa, apuntala la ilusión de la llegada con el destino final que encumbra el ansiado desenlace. Otra percepción engaña el pensamiento, pues los núcleos poblados se hacen comunes y la proximidad del fin del trayecto, aparece cada vez que sus luces descubren otra población, decepcionando la espera, pues no es el destino esperado, confundiendo la razón y abatiendo el deseo que encumbre una esperada situación. El abandono de una vía general, introduce el vehículo entre parques y calles que auguran la localización del lugar donde presto esta el camión a parar. Craso error, se trata de una equivocación, que hace volver a deshacer el camino recorrido, para a la siguiente pista entrar a la via adecuada, que tomando otras desviaciones y calles entre señales indicadoras, preguntando a lugareños y acertando con las calles por donde entrar, llegamos a una esquina del cruce donde las obras de edificios están en su inicial actividad, dada la hora de llegada a tan singular barrio, que su construcción está empezando a germinar. Leganés, crece a golpe de familias extremeñas, andaluzas y madrileños, buscando precios de viviendas que en su ciudad no pueden pagar. En la esquina donde se sitúa el edificio que nuestra vivienda ocupa la cuarta planta, está mi padre esperando, mientras nosotros bajamos del camión, tomando posesión del terreno que sería nuestra mansión. .
Dando vueltas sin parar, el bloque de viviendas era el circuito perfecto, la acera cubría la vía, la calle lisa prolongaba la carrera, diversificando la amplitud y dando alternativas para incluir otros bloques como parte del recorrido.
No importaba el horario, los triciclos, patinetes y demás velocípedos encuadrados en la franja adecuada a la edad de los benjamines, era apta para la competición. En el barrio se agitaba la emoción, palpitaban los corazones en cada puerta, en cada patio, todo jardín tenia una flor, tenia una sonrisa y una ilusión, de la fiesta, que en ese día hacia su aparición. Cuántas correrías por los adoquines, cuánta goma desgastada, cuánta caída de unas rodillas desolladas, de unos codos magullados, de manillares desencajados, de llantos desesperados, de risas alborotadas y abrazos sinceros, palmadas entrañables con las miradas inocentes de la amistad verdadera, sin maldad, sin inquina, llena de querencia y orgullo. Ya estaban a flor de piel todas las inquietudes, generadas por la intranquilidad, que causaba la incertidumbre de la competición, por tan esperada entre todos los infantes corredores, del peculiar elemento de tres ruedas que tan famoso y generalizado era, entre todo el chavalerío deseoso de la carrera. La plaza engalanada de farolillos y banderas, adornaba las trayectorias entre los arboles que cubrían las distancias, embelleciendo las alturas del circuito. El triciclo salió del portal de casa, con toda el deseo cargado sobre el sillín. Nada hacía prever un incidente, que pudiera dar al traste con las esperanzas depositadas, sobre esas tres ruedas del pequeño velocípedo. Ya estaba trillao, y la falta de mantenimiento, no era una preocupación de cara a la competición, pues su periodicidad no era habitual por la falta de averías. La estructura estaba forjada a base de pedaleadas sin planificación, pedaleadas sin control, con la única obsesión de una posición en lo alto del cajón, donde la tarima encumbraba a el campeón. Se acercaba la hora de la competición, ya todos los corredores se aproximaban sin dilación hacia la plaza donde se formaba el circuito para deleite de la afición, el trayecto se hacía eterno por las ganas del comienzo de tan ilustre acontecimiento; mas en el transcurso de la aproximación al evento, una inoportuna rotura en el pedal de giro que impulsaba el desplazamiento de tan preciada maquinaria campeona, daba al traste con los sueños depositados para la obtención del galardón que en juego se disputaba. Los ánimos abatidos, dejaban una percepción amarga, frustrante y enojada, por tan fatal desenlace, sin motivación que superara el trance las cabezas gachas y las lágrimas cayendo sin control por el rostro decepcionado, no dieron opción a observar la fiesta que a punto estaba de comenzar. Mas una solución se apareció entre tanta desdicha colectiva, apareciendo la idea de reparar con soldadura el elemento estropeado para que así pudiera de nuevo ser girado. El taller mecánico del niño del martillo se encontraba a dos carreras que con voluntad de una gacela, se hizo en una. Las prisas y la espera hicieron que la carrera diera tiempo al comienzo hasta la llegada de la maquina reparada. Todo surgió con el compañerismo del participante, la empatia de los aficionados y la alegría del corredor desahuciado, que con ésta maniobra, vió su orgullo aumentado, capaz de realizar con esperanza la carrera que con tanto ímpetu había preparado. El triciclo arribó con el pedal soldado a su eje para ser revolucionado, la carrera comenzó, las vueltas girando al circuito fueron todo un clamor y espectáculo, vibrando la afición con su líder mas añorado para recibir el galardón mas preciado. Gran carrera, mejor resultado; todos contentos pues su objetivo logrado al ofrecer a todos una recompensa por el esfuerzo mostrado. Todos han participado y todos han ganado, contentos con su banda sobre el pecho, todos animados por tan agradable momento que en el recuerdo habrán guardado como seña de tan grato momento. El triciclo siguió dando vueltas al barrio y girando las ruedas, hasta que la bicicleta lo desplazó, arrinconándolo en el hueco de la escalera.
El día se levantó sin pereza alguna, dibujando pausadamente todos los colores, de las estáticas siluetas de una mañana primaveral, reluciente, muy luminosa; con la estrella diurna queriendo abarcar hasta la sombra mas oculta del erial; traspasando una brisa venida del litoral, balanceando el mar de cereal, la floreada cúpula de los almendros y el plumaje del águila al planear.
Los rayos solares palpitaban excitados, clavándose como aguijones en toda flor que abriendo sus brazos acogían la sonrisa estelar.
El colorido expuesto, representaba la primera función diurna del maravilloso teatro universal, con un escenario difícil de igualar ni con el mejor lienzo soñado por pintar.
Avanzaba entre clamores de ánimo la estimable compañía del tiempo, cuando ya daban brincos de alegría la ingenuidad, la excitación y la aventura.
La concentración estaba a punto de germinar, entre hermosos lilos que esperaban junto a olmos, la llegada del primer aventurero para reunir a los demás. Deseosos de comenzar, ultimaban los últimos detalles en sus casas con los objetos para llevar.
El lugar de destino y la ruta establecida por recorrer, ya esperaban con inquietud la llegada del plantel.
El grupo se fue formando sin dilación. La hora de reunión estaba clara y salvo alguno que llegó con el pan untado en aceite en la mano, dándole bocaos sin control para hacerlo desaparecer rápidamente; no hubo problema de espera, ni mosqueo por tal circunstancia, sólo el Pepe faltó a la cita, mas la decepción dio paso a la alegría por el comienzo de la excursión.
Emprendieron el camino sin mas demora que la creada por las risas, el entusiasmo y el juego, que entretenidos los tenían.
Abandonaron el pueblo yendo por la carretera y tomando el camino del olivar cercano al colegio Natalio Rivas, donde a las zagalas les daban clase para aprovechar el estudio que con esfuerzo había que aprobar.
La marcha era apresurada porque entre la ilusión que proporcionaban las carreras y piques mostrando la diversión y las ocurrencias de algunos para descubrir en cada chiquillo su grado de implicación, desafiando a cada momento con una invención, y haciendo del camino una travesía del mejor cuento.
La polvareda levantada en el camino, desaparecía tan pronto los pasos se incaban en los terrones de los frutales. Las incursiones en todas direcciones y sin control, se producían según el fruto del árbol y la agilidad visual del descubridor de tan jugoso manjar. Se optaba por mordisquearlo o por efectuar una pequeña recolecta del fruto en cuestión para guardar y repartidlo después, una vez que el destino hubiese puesto el final de trayecto a la caminata.
Aunque el mediodía esperaba sosegado y algo alejado, el calor acariciaba los cuerpos de los chiquillos, corriendo sobre la tierra o subiendo a algún árbol frutal, advirtiendo el sudor, del comienzo de una pausa en el alboroto general. El camino allanó la moderación de los gestos y la recuperación del ritmo vascular. Las palabras tornaron melódicas y el tono agradable de escuchar, haciendo de la vereda el sitio para conversar.
Entre charlas banales y con pláticas generalizadas sobre el baño que se iban a dar, rondaban la ribera de una alameda encubridora del río que próximos y prestos estaban a cruzar.
La llegada a los andurriales ribereños, abrió el campo de visión escenificando otro paisaje que con una amplia perspectiva, situó a los personajes en la orilla bañada por una lenta corriente de tan preciado caudal.
De improvisto, unas impetuosas voces violentaron el plácido drama de la diversión, con demandas de abandono del lugar y amenazantes por su cercanía al sitio por donde pretendían cruzar y estaban dispuestas las ramas de liria para algún pajarillo atrapar; encaminando dichas palabras altisonantes, a dos gitanos que con impetuosos gestos pretendían controlar la situación.
Ante la sorpresa y los continuos ademanes de recriminación, el grupo se vio paralizado y preocupado por la posible entrada en un conflicto del que ni deseaban ni estaban preparados para ello, aunque el número superior de elementos les concedía una superioridad manifiesta.
Según avanzaban los gitanos hacia ellos, iba desapareciendo la congoja y la inquietud, pues los rostros se hicieron reconocibles y la abrupta declamación inicial se fue acomodando a una apaciguada charla que arreglaron con diferentes chanzas entre unos y otros.
Jesús y Raimundo, eran compañeros de clase en el edificio de la O.J.E. donde, todos participaban si no en los mismos juegos, sí de los mismos recreos donde el contacto era común entre todos los zagales, además de compañeros en clase de Aurelio, Salva y Fernando.
-Salva y los toros, muuuu.
Fue la coletilla de despedida que hizo Jesús mientras el grupo cruzaba el río dando saltos por encima de los canchos que sobresalían del agua.
La referencia al día que hicieron macuala, Mirón y Salva; se hizo generalizada entre los conocidos y cada vez que se encontraban era motivo para hacerlo resaltar entre risas y bromas. Y entre los gitanos se hizo mas popular la guasa saliendo a relucir en cualquier momento, como cuando iba a ver a sus abuelos a las cuevas y se cruzaban saludándose con el consiguiente soniquete.
El tránsito hasta el nacimiento de agua embalsada, fue mas entretenido a causa de la anécdota que les ocurrió, siendo comentada entre risas y bromas por tal situación.
El baño se hizo eterno, la alegría compañera y sujetando la amistad, el cómplice señuelo de la querencia, que entre chapoteos, risas y bromas dio calidad a la reunión.
Estuvo el tiempo, avisando de la llegada del término de la mañana, rebosado ya el mediodía.
Pasó como un rayo, aunque nadie prestó atención; y metidos en el agua, se percataron del aviso lejano que en su momento les dejó señalado el reloj, saliendo con prisas del manantial y corriendo sin pausa hasta llegar al hogar, con la bronca montada por tardar y no consumir junto al clan familiar, lo preparado para yantar.
Los años que transcurrieron desde mi llegada de Huéscar hasta que surgieron todas las movidas políticas; huelgas, manifestación, palos y carreras; fueron dentro de una escolarización normal e integradora, pues tanto alumnos como amigos del barrio, teníamos igual procedencia y si no, la chavalería indígena era sociable e integradora. Con la muerte del dictador, todo cambió. El proletariado se echó a la calle, los estudiantes exigieron cambios educativos, y los derechos cercenados reclamaron su protagonismo, dando todo ello como resultado la ocupación represiva por parte de los maderos, con las lecheras ocupando espacios y llenandolas de personal en desacuerdo con las libertades restringidas. No teníamos margen para otras cosas que para seguir con la tontería de la edad del pavo, dejándonos influenciar por la juventud que sí estaba en otras historias y nos arrastraba por inercia y protagonismo. La salida del colegio y sin perspectivas de trabajo a esa edad, coincidió con la apertura del instituto de bachillerato en el barrio. Fue como la guardería para ociosos y desocupados, dándonos la alternativa de pasar un año sabático dentro del cocido que empezaba a bullir entre los movimientos estudiantiles, auspiciados por grupos comunistas y revolucionarios, haciéndonos partícipes a todos aquellos que o bien pasábamos de estudiar, o nos sentíamos representados con las reivindicaciones estudiantiles. Ese año del 76 nos hizo creernos el centro del mundo. El vacile con las niñas, el cigarrito, los grupos influyentes e influenciables, la supremacía de las personalidades en aumento, la hegemonía de la fuerza física y tantas movidas que a flor de acné suelen supurar, nos catapultó a otro estado emocional. Como digo, el año de instituto fue una transición de críos mayores con la estima por los aires y con la creencia de que dejar tras de sí el colegio, daba un plus en la madurez como para sentirnos unos hombres hechos y derechos, pero bajo la cobertura de las alas maternas que nos eximia de cualquier responsabilidad. Sirvió para que una minoría tomara ya conciencia de sus responsabilidades; no tanto la mayoría que seguíamos con la tontería. Creación de asociaciones juveniles de estudiantes reivindicando mejoras estudiantiles, así como políticas, grupos de actividades, etc; descubrimientos de la psicodelia, de las sustancias estupefacientes, del sexo; bueno de todo aquello que tan reprimido estaba. Pasa el tiempo entre movidas sin provecho y termino en el año 77, ingresando en el internado del Ejercito, en I.P.E, nº 1, en Carabanchel. Pero esa etapa merece mención aparte por todo lo que supuso en mi desarrollo personal y moral, caracterizando mi personalidad basada en la disciplina y responsabilidad ante mi toma de conciencia de donde me había metido. Tres años hasta la mayoría de edad en el año 80, que la movida madrileña musical se encargó de pasar un tanto de largo, pues nuestra preferencias musicales eran otras y nuestro caudal dineral no daba para frecuentar las salas pijas donde se fraguaba todo el tomate de los pudientes madrileños. Con la mayoría de edad recién cumplida y comiéndonos la vida a bocaos, saltando de flor en flor como las abejas, recogiendo todo lo que íbamos descubriendo de la coincidencia entre la llegada de las libertades políticas con el crecimiento personal, tanto físico como mental; y despertando de la tontería que teníamos encima, así como de la enseñanza que se nos impartió; "llegamos aquí : - Una isla de caramelo, con montañas de turrón; ríos de leche, cataratas de licor, bosques de fresas". Ya por entonces, con métodos empleados de diferentes maneras a lo largo de la ya empezada transición?, (esa es otra discusión que merecería una valoración fuera de lo tratado ahora), la sociedad abrió caminos por donde reconducir muchas y variadas sensibilidades sociales, políticas y de convivencia; que la juventud, trató de aprovechar al máximo. Unos y otros, tomamos decisiones y caminos, que en mi caso ya parecía que se estaba encauzado o tomando la dirección que me llevara a determinar mi futuro. Al igual que en mi infancia, la amistad fue la clave de mi realidad social y de convivencia con el resto de las personas que me rodearon en el momento al que me refiero. Haciendo resaltar la normal convivencia familiar bajo un entorno que hacía posible una buena relación y ayudándome en todos los aspectos necesarios para que mi transito fuera mas presumible a la circunstancias que se dieron, teniendo a mis hermanos (Carmen y Pedrito, principalmente, con los que convivía) como garantes de mi estabilidad tanto monetaria como de apoyo emocional. Las posibilidades que me surgieron entre la gran cantidad de compañeros en el internado, haciendo amistades perdurables, como son todas las que tienen en común el contacto total diario; y los que ya lo eran desde el colegio en Leganés, con iguales características, pero sin las comidas y la noche en común, hicieron que mi tránsito fuera casi pletórico por no pecar y ser tachado de pedante. Solo debo reconocer la nostalgia infantil de aquellos con los que no compartí convivencia posteriormente, pero siempre serán considerados como los primeros y mas puros, pues su amistad procede de la inocencia, donde la alegría busca consuelo. Los años desde mi llegada como paleto a la urbe ciudadana fue de integración rápida, pues casi toda la población que habitaba las nuevas construcciones, lo eran por el hecho de la llegada masiva de mano de obra barata para el circulo industrial madrileño; en su mayoría eran exiliados de tierras extremeñas y en menor medida aunque también importante de andaluces, como era nuestro caso. Hay muchos cuentos, relatos y vivencias destacables de aquellos años, por todos los sitios donde nos movíamos, la de risas que surgían en cualquier ocasión o como consecuencia de situaciones que solo bastaba una mirada para partirse el bullaca; en esos billares donde se agitaba y aparecía la picaresca cervantina de Rinconete y Cortadillo. La entrada del "Sandokan", ya era claro aviso de atención, por el vacile que representaba y sus puestas en escena jugando al billar, eran dignos del mayor interés, estando al loro de cualquier movimiento que hiciese flotar cachondeo en cada pequeño rincón de la pequeña estancia. Resaltaba la vestimenta, pues llevaba pantalones sin cintura de campana (a la moda macarrera), marcando paquete y cuando le tocaba tirar a las bolas con el taco sobre el tapete, lo primero que hacía era poner las suyas sobre la mesa (en determinadas posiciones mas alejadas), sopesando e intentando averiguar cuáles eran mas grandes, las suyas o las de la mesa (suposición nuestra); haciéndonos partir de la risa a todos los críos que estabamos pendiente de la movida y en complot para el divertimento. Como muestra sirva ésta anécdota como botón de muestra, con otras historias que se quedan en el recuerdo sin definir importancia ni oportunidad, sino que al no poder memorizar toda nuestra vida, éstas tienen el honor de pasar a la posteridad.
No soy consciente de haber asistido anteriormente a un concierto de rock de algún grupo español diferente al que fui con mis amigos del barrio a ver a Leño. Además, lo recuerdo como la primera vez; al igual que sucede con todo lo que tiene ese honor de encabezar la sucesión de repeticiones a lo largo de la vida y se queda en la memoria, por eso precisamente. Lo que no sé, es el número de conciertos de Leño como grupo hasta ese momento, pero no debió dar muchos antes. No logro situar la fecha con exactitud, pero documentando la situación y el lugar, así como el equipo técnico y demás logística que acompaña a un evento de tal envergadura, deduzco a grosso modo que sería primavera-verano del 78 del siglo pasado. En éste vídeo de "La nana", se puede apreciar la calidad de imagen y escasa parafernalia sobre el escenario, así como iluminación y equipo técnico. Mas o menos así fue como lo recordaba, pero con luz solar del atardecer.
En el lugar que plantaron el escenario, hoy existe una urbanización de pisos que bordea el parque de los Frailes en Leganés, y nos reunimos la muchachada rockera con ganas de pasarlo bien, algunos sin conocimiento del grupo. A quien mas recuerdo es a Chiqui Mariscal, precisamente porque "la nana" me impresionó sobremanera.
Las entradas brillan por su ausencia para certificar mi asistencia a cualquier concierto de Leño, pero en la web, he encontrado ésta del año 82, pero anteriormente en el campo de fútbol del Lega, los vi creo que presentando el primer disco, pues la indumentaria que llevaban era la de la portada de dicho disco, actuando junto a Cucharada. En otra ocasión, no se la fecha exacta, junto a Trafalgar dieron un concierto en el cine Ideal (convertido ya en supermercado) de Leganés, todos los espectadores en pie entre las butacas. Menuda movida.
Leño marcó a mucha parte de la juventud principalmente madrileña que transmitía sus inquietudes a través del rock, siendo el grupo referente de esos años transitorios políticamente, así como en el ámbito social, mostrando sus letras una imagen de la situación en la que se vivía.
Los tiempos que nos tocaron vivir a nuestra generación, sobre todo en esa edad donde se aprende y acumulan experiencias enriquecedoras tanto emocionales como de comportamiento y actitud ante la vida, por todos los acontecimientos sociales y políticos que nos hizo madurar de una manera instantánea sin conocimiento casi de la situación; siendo la música la que contribuyó sobremanera a ir aclarando nuestras posiciones respecto a los acontecimientos vividos.
Y Leño, Asfalto, Burning, Topo, Bloque. Obús, Barón Rojo, Cucharada..., y tantos mas, colorearon nuestra imaginación.
De nuevo con la movida chundareta. A propósito de la música. En la primera publicación referente al mismo tema que aquí se trata, le concedí al inventor de tan imprescindible expresión artística, un valor máximo. Con éste reconocimiento paso a relatarles cómo se produjo la primera nota cantada: - Estaba un hombre con su hijo llamado Pachín, esperando el autobús, bajo una marquesina. Ya habían pasado tres autobuses llenos de viajeros y no había parado ninguno. Al ver el hijo que se acercaba otro bus a la parada le preguntó con energía:
-¿Parará papá?.
Respondiendo el progenitor:
-¡Parará Pachín!. El hijo, nervioso; le preguntó de nuevo lo mismo y el padre también respondió igual que lo hizo anteriormente. Repitiéndose sucesivamente la misma conversación:
-¡Parará papá!
-¡Parará Pachín!
-¡Parará papá!
-¡Pararà Pachín!.... y así sucesivamente hasta que el padre le puso música, tarareando con asombro y gran alegría.
Al rollo del Manzanares. Antes de la movida, ya sonaban todos los grupos por fiestas, belenes y demás algarabías montadas con cualquier motivo para que se tocasen instrumentos musicales y allí siempre había peña deseosa de tales acontecimientos que disfrutábamos todos con gran devoción.
www.recordstoreday.es
Que conste la intención de hacerles notar la importancia musical que han tenido todos los grupos rockeros madrileños en mi formación cultural, aportando un vocabulario rico principalmente en el vacile. La exposición de grupos que se ve aquí registrada es nimia, pero sí representativa del poder entre el público. Tampoco el enrolle sobre la información de ellos es significativa, porque el-la interesad@ puede acceder en cualquier página a tal efecto creada. Así que no seré cansino.
www.expose.org
Fue mucha la diversión y risas que proporcionaron los momentos compartidos por los mismos gustos musicales a toda la banda del moco: "Feos y pocos". Las fiestas navideñas, las reuniones con el loro, comiendo pipas en el parque; los movidones en los desplazamientos por el cinturón sur, las pocas discorockeras que teníamos al alcance del bolsillo y cercanas, propensas a ser visitadas.
Siendo niño, el tiempo parece que nunca va a acabar. Sucediéndose el último lanzamiento a puerta, con la siguiente falta no señalada, la zancadilla traicionera, con el pase que me das para marcar. Antes de comer y tras haber salido de la escuela, dejando todo en casa y corriendo para ocupar la zona de juego, llega el poseedor del mejor balón o pelota. El encargado de sacarla para continuar, lo que en el patio del colegio se quedó sin finalizar, la prórroga del partido que los perdedores desean poder igualar, para sentarse a la mesa de casa con el sentimiento del deber cumplido y comer en paz, sin remordimientos por no haber hecho lo que estaba a su alcance. Diez, quince, podemos apurar hasta veinte minutos, sin que nadie abandone el terreno de juego y luchar en iguales condiciones para desempatar, para arrollar, para correr; para reír. -¡¡¡FERNANDO!!!, a comer. No te lo digo otra vez. Ha sonado el pitido final, apurando la jugada para marcar, limpiándose el sudor para entrar. La estampida es general, cada casa recoge a su zagal. A la tarde, la historia es igual. Solo cambia el sitio para jugar. Hoy, la era es el campo ideal. Sobre la paja, empezamos por pelear, y el jersey quitado se prepara para señalar, la zona de gol por donde el balón debe pasar. El calentamiento requiere un esfuerzo especial, después de la lucha entre la caña del cereal, pues la trilladora es el castillo que hay que asaltar. Nada hay mas serio que el juego de un chaval, si se pusiera la atención que requiere cualquier tema a tratar, de igual manera que se emplea el niño cuando la pelota se ha de patear, las responsabilidades de los actos, asumiríamos sin pestañear. El fin de semana se acerca, se prepara el partido crucial; en casa de Pepe, está el material. Su padre en la barbería, al cortarnos el pelo, nos infunde moral, la teoría técnica nos dicta sin el peine y la tijera soltar, indicándonos las copas de Europa del Madrid que por su audacia en el juego, consiguieron; en una gran fotografía enmarcada que en la pared se muestra como un altar. Veneradas copas de Europa que en sangre nos hicieron grabar, aumentando nuestras ilusiones para que jugando con nobleza pudiéramos ganar. Santuario del futbol era visitar la peluquería de don José (Mansueto), cada vez que el pelo nos teníamos que cortar, en la añorada calle de las campanas, donde mis recuerdos empezaron a jugar. Llega el día de partido, y temprano aparecemos con la inquietud y la alegría de jugar otra final, como es cada competición que tenemos para celebrar. La manteca sobre el cuero, extendida y casi seca ya está, recogemos las camisetas que algunas de varias tallas mas grandes son, las redes que hay que colocar, el yeso para las lineas pintar, todos juntos preparamos la fiesta que entre risas y saltos está presta a comenzar. La afición, rodea lentamente el rectángulo de juego, y mis hermanos ya están dando vueltas y charlando con los amigos, la hora temprana de comienzo, hace que la vestimenta ya sea la de paseo para después de la misa de 12. El desarrollo del partido, colma las expectativas por el que fue iniciado, cada pelota jugada se disputa como si anunciara el final, no importa el terreno empedrado, los charcos donde nadar, ni la nieve para resbalar, pues entre profesionales del futbol, nada importa ni debe molestar. Mi recuerdo con Jesús, que tan pronto nos dejó (D.E.P.) Aún le veo en mi memoria con su traje del Barcelona, junto a mí, con el del Madrid que me mandaron mis hermanas; y todos nos repartíamos echando a pies entre ambos colores para formar los equipos para jugar el disputado partido. Sirva él para generalizar a todos los amigos que allí dejé, en Huéscar, en el barrio de la paz; y que tanto echo en falta y añoro. La foto me la envió al poco de emigrar yo a Leganés, me contaba que se la hizo junto a la ermita de las santas, en la romería. Cuando jugábamos a todo siendo profesionales.
Ésta fotografía salió publicada en el diario Ideal de Granada, no recuerdo la fecha, pero rondaría primavera-verano de 1970 ?. Con ocasión del triunfo del equipo en la liga local infantil de Huéscar.
La alineación es: - Luis León, Pepe Bueno, Aniceto Romero, Sola Vera, Pedro (mi hermano), Sandalio Fuentes, J. Domingo Casanova. Abajo: Pepe Fernandez, Salvador (yo) , Angel (Cucano), Jesús Chillón Fuentes (Chules), Manuel García Breau, Miguel Angel. Ya que hago mención a los jugadores, me gustaría hacerlo tambien con nuestro entrenador, presidente, representante y guía futbolístico, D. José Fernandez Motos, también padre de nuestro amigo y jugador Pepe, a mi lado y con el balón.
Hace poco, escuché decir : - "La patria de uno, es su infancia". Y no hay mayor sentimiento que aquél creado en la infancia, por mucho que nos hagan sentir aquellos que tenemos de adultos. En el barrio La Paz, tengo guardadas todas las sensaciones que formaron mi personalidad, por mis padres, hermanos, familiares y amigos. También se suele decir, "que uno es como son sus amigos", y creo que no le falta razón.
La sucesión de acontecimientos donde las percepciones se acrecentaban en cada momento, y se desarrollaban experiencias gratificantes, ya fueran nuevas o continuadoras de las ya vividas; para resaltar que los días escolares estaban llenos de anécdotas de todo tipo y relacionadas con las diferentes actividades que surgían. El desarrollo escolar no es completo si la faceta donde los juegos son protagonistas y hacen surgir la risa, diversión y entretenimiento, no aparecen.
Con cada patada dada a un balón, en la escuela, en la era, de la que nos separaba la carretera a Castilléjar, o en el campo de fútbol, donde ahora está el centro de salud y polideportivo; se proyectaban las alegrías e ilusiones que no nos dejaban ver mas allá de la trayectoria del lanzamiento de la pelota. Por regla general, era la calle lisa del barrio la Paz, donde la textura del suelo nos hacía emplearla para todo tipo de juegos, en la que los partidillos o lanzamientos a portería o cualquier variable del juego, empleábamos con más asiduidad por comodidad sobre todo; con el inconveniente de las roturas de los cristales, debido al gran número de ventanas y grandes cristaleras que había. La plazoletilla del mismo barrio, que hacía de estadio con semi-gradas protegido por las viviendas alrededor, dirimía los enfrentamientos entre los grupos de distintas zonas del barrio o calles. Dicha plazoleta central del barrio, unía las calles, sirviendo éstas de rectángulos aptos para la práctica futbolística (cualquier lugar es idóneo cuando de una pelota se trata), facilitada también por la colocación de columnas que hacían de porterías, en los frentes de las viviendas y de acceso a los patios interiores donde había cuatro casas, con una pequeña fuente con o sin agua en el centro, dependiendo de su estado.
El caso es que el diseño de los bloques de viviendas, y el barrio en su conjunto, parecía hecho a medida para el divertimento, disfrute, reunión y hermanamiento tanto de la muchachada como de las familias, debido a la facilidad de comunicación e interacción posibilitada por su distribución. En la fotografía superior que acompaña el artículo, se aprecia el barrio y el lateral de los bloques (en el de color blanco, se aprecian las columnas y el porche de acceso al patio interior, donde los días lluviosos eran ideales para cualquier juego por su amplitud), de forma cuadrangular y ocho viviendas en cada edificio. Detrás de Sandalio (el más alto), está la que fue mi casa, frente a los árboles, junto a los bancos de un pequeño jardín con lílos, de donde arrancábamos las hojas y dibujábamos con ellas sobre el granito de los bancos para jugar a las tres en raya; a los cromos, a las cartas, etc.
En primavera o verano, a la llegada del buen tiempo y la noche, todos los alrededores de las puertas de las llamadas casas chicas (por menor habitabilidad) eran ocupadas por grupos de sillas, vecinos juntos y revueltos, y aquellos que ocupaban las viviendas con porche, o se quedaban en él o se reunían en los bancos cercanos, con pequeñas zonas ajardinadas; y de nosotros los zagales, se podría dar la circunstancia de estar cenando y jugando en la calle, casi casi a la misma vez. En párvulos tenía una maestra, Dña. Carmen; que aunque autoritaria, nos trataba muy bien y por su cercanía de casa con la escuela, fácil era que de vez en cuando hiciéramos algún desplazamiento en pos de un recado para ella. Cosa de uso común era la utilización del alumnado como emisarios o botones del profesorado. El maestro de segundo curso, D. Antonio se llamaba, que precisamente mandaba a los de cursos superiores a casa a por su desayuno; y que en los días de lluvia alguna que otra vez, los emisarios portadores del tazón de leche, situaban en los chorros de algún canalón y las sopas no eran ya solo de leche. O copaban el negocio escolar, como D. José, maestro de 8ª curso que vendía en su clase los lápices, gomas, cuadernos y demás utensilios necesarios para su posterior uso allí. Al poco de empezar 2º, nos cambiaron de local, llevándonos al edificio que ocupaba la O.J.E., cerca del barrio, en la carretera de Granada, edificio que también era usado como vestuario cuando había partido de fútbol entre los equipos de la competición regional senior. En aquél lugar, nos pusieron a un maestro que llegó de fuera, madrileño creo recordar que era, joven y bueno con nosotros, dándonos las clases de una manera que no se estilaba por allí, y además no nos pegaba. D. Melchor era su nombre. Tengo la impresión que nos trasladaron allí para integrar y dar clase a los niños de etnia gitana que vivían en las casas cueva del barrio de Las Santas, pues fueron compañeros nuestros cuando no lo eran en las clases del colegio Cervantes de la calle Mayor, de donde procedíamos. La corta edad que tenía en ese tiempo, no me permite mencionar muchos detalles dignos de resaltar, pero continuaré; porque así, forzaré la memoria y dejaré reflejadas las buenas sensaciones que renacen cada vez que me acuerdo del niño que fuí.