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Hubo un tiempo en el que la preocupación del adolescente se basaba únicamente en poder pasar de todo y no querer saber nada de rollos ajenos que no le afectaran directamente, (supongo que no habrá cambiado mucho la historia) y reírse de todo cuanto pudiera y cuanto mas tiempo mejor. Pues esa era la consigna generalizada imperante por aquellos años que cercaban el fin de la dictadura con la muerte del fallecidísimo.
Aún andábamos en la adquisición y construcción de unas buenas bases que potenciaran todas nuestras facultades relacionadas con el cachondeo, el viva la virgen y la madre que la parió, así como los factores que desarrollarían posteriormente y en concordancia con el aumento de las experiencias que nos harían ser más intrépidos y desvergonzados, acarreando la falta de respeto a según qué cosas, situaciones o personas.
El colegio en su último curso de estudio, coincidió con aquél 20 de noviembre del 75. Lógicamente el revuelo social así como el normal desarrollo diario de actividades, cambiaron y, o fueron suspendidas. No hubo clase al ir al colegio y a mí me salvó de algo perjudicial para el normal acontecer académico al que con regularidad tenía encarrilado con más o menos dificultad, pero en una línea aceptable. Ese dia, un trabajo sin hacer debía ser expuesto en la gran cátedra de las risas y el cachondeo cuando uno se quedaba con la boca abierta sin decir nada, o pegado con la mano agarrando la tiza en un punto de la pizarra, del cual era imposible despegarse si no era por el impulso que te acarreaba el hostión que con la mano abierta recibías en la colleja, golpeando la base de escritura o echándote para abajo con el peligro de besar la tarima del maltratador. Bueno, en esas estábamos cuando me libré de tal oportunidad de ser agraciado también con la posibilidad de recibir una dosis de jarabe de palo, viniéndome a huevo la suspensión de toda actividad escolar.
Diferentes actitudes entre el personal adulto acompañó a la desaparición del innombrable, siendo la postura oficial la reinante y avasalladora respecto a las proclamas de alegría que fueron realizadas en privado y sin destacarse mucho, salvo las excepciones normales que hacen por lo menos, sacar a la luz la oposición al régimen político que imperaba y ahogaba las libertades. Nosotros, el chavalerío en general con los escolares a la cabeza, lo único que hicimos fue servir de monigotes representativos de la aflicción que imperaba entre el profesorado y centros escolares, que como instituciones públicas eran afines al régimen, manejándonos como muñecos y parte de las movidas organizadas para encumbrar y velar la memoria del régimen establecido que acababa de poner punto y final con la pérdida del dictador.
Aparte de los más involucrados, que a nuestra edad eran dos contados con un dedo; la repercusión entre el alumnado se circunscribió a leer el último discurso del fallecido que imprimieron repartiéndolo por todos los estamentos oficiales y haciéndonos a nosotros partícipes de tan histórico documento.
Como el normal desarrollo escolar, con el tropezón relatado de este episodio histórico, no cabe resaltar alguna anécdota que haga más destacado el relato de lo que se pretende.
Paso a paso, las vivencias encadenan situaciones que seguiré plasmando según vengan los recuerdos y las percepciones de uno mismo sobre el tiempo pasado.

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